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27 de noviembre de 2012

Otro más

Mañana, 42 añitos. Qué chulo, y bonito. De regalo, firma de los papeles del divorcio. Tampoco está tan mal, sería el primer regalo en mis tres últimos cumpleaños... Es broma, mis padres y hermanos siempre han estado para suplir ese apartado.

Me hubiera gustado celebrarlo contigo, con un chin chin de coca light, en el jacuzzi de un buen amigo que lo alquila para eventos así ;)

Habré de conformarme con haber llegado hasta aquí con salud, trabajo, y el cariño de mis soles. Quizás no yendo a trabajar y dedicar el día a mirar el sol...
Mucha gente ni tan siquiera tiene esto ¿verdad?

Feliz cumpleaños!


(una canción que no viene a cuento, pero me gusta, así que ale ale...)

13 de agosto de 2012

Perseidas

¿Todo bien? Preguntó C en su tono habitual, el de siempre. -Claro, muy bien- respondió T como solía hacer para no preocuparla nunca. Aunque normalmente no había nada de qué preocuparse, la verdad. T era una persona enferma, crónica, intratable, incurable seguramente. Ya en ocasiones los médicos así se lo diagnosticaron y a ello se resignó para siempre. Y los dos lo sabían así que él la quería, y ella se dejaba querer.

Pero T se desangraba por dentro. Un chorro imposible de detener después de un par de curas que ya le hicieron durante su vida. C, incapaz de ver la herida bajo su ropa, caminaba con sus preocupaciones y ese andar peculiar suyo siempre comandado por una mente lúcida, privilegiada e inquieta que se preguntaba e intentaba responder con la misma soltura y entendimiento. Centrada en su vida, en su día a día y en ese futuro prometedor que ya le reclamaba su atención con guiños hacía algunos meses como ella contaba entre sus inquietudes.

T, otra noche más, subido a un montículo crecido entre las dunas de una playa salvaje del mediterráneo, de las que apenas quedan, ponía un vendaje nuevo sobre la enorme herida abierta. Tratando de taponarla. Bajo una luna menguando, observando su brillo reflejado en una estrecha franja de plata cosida a la superficie del agua. Acariciado por una cálida y mínima brisa que lo humedecía todo constantemente y perlaba gotas de sal en su rostro cansado. Intuyendo parejas ocultas bajo la noche, matándose de amor. Como a él le gustaría morir.
Estaba agotado. Terriblemente cansado. Por ese boquete en el corazón, lo había perdido todo.
Propuestas, declaraciones, principios, ofertas, deseos, anhelos.
Futuros, destinos, ambiciones.
Compartir, proteger, caminar, ayudar, disfrutar, viajar, estudiar, comer, sentir, vivir.
Soñar, respirar, caer, y de nuevo a caminar.
Ver las estrellas.
No le quedaba más que decir porque todo lo había dicho. Se había vaciado el alma por completo. Sólo le restaba repetir y reiterarse en lo ya hablado y escrito innumerables veces delante de su vista. Y esos ojos oscuros e insondables. Absolutamente todo se le había derramado desde allí dentro y en gran parte había caido sobre la arena de la playa, humedeciéndola un poquito para, un minuto después desaparecer en una cicatriz sobre la piel, sobre su mente fresca e inteligente colándose hasta ese anaquel de lo poco importante ¿o no? No sabía a ciencia cierta. Ella adolecía de una falta de expresividad peculiar. Y en el terreno de lo anímico y sentimental, esa comunicación ni tan siquiera existía. Lo echaba de menos, eso era seguro, porque lo había dicho, y sólo decía lo que sentía. Y sus manos siempre estaban para él. Pero no había más. A menudo perdida en su pensamiento olvidaba las respuestas. C jamás decía nada que no tuviese que decir, muy al contrario que él, que no se callaba nada. Menudo elemento disonante este hombre estúpido y arrogante.
En una ocasión, Brau le dijo, -si no hablo es porque no tengo nada que decir o porque lo que tengo que decir no te va a gustar y prefiero callarlo-. Quizás era una práctica extendida entre las personas inteligentes.
T, que en estos lares de los sentimientos siempre se había topado con el muro que ella había construido entre la mente y el corazón, se preguntaba cómo habría sido antes con otros. ¿Con qué asiduidad habría dicho esos -te quiero-? ¿Habría soltado alguna vez un, -te necesito todos y cada uno de mis días porque contigo se mueve mi mundo y tu aliento le da alas a mi vida y una sonrisa permanente a mi rostro-? (bueno vale, también sirve -eres mi vida y te necesito todos los días-).

Noche de calor enfermizo. Día de mierda el de ayer haciendo huecos en la casa para apilar las cajas con recuerdos transportados en una mudanza inmunda e interminable. Mejor hubiera sido echar todo al contenedor del portal. Seguramente al final, serán mis hijos quienes lo hagan.

De lágrimas también. Quería querer hasta que no cupiese más, y el bote está a punto de reventar. Así que las gotas se derraman por los ojos. T no tiene más que añadir y lo sabe. Se está haciendo un experto jugando al frontón desde que hace deporte. Lanza palabras y frases contra un muro semipermeable y la mayor parte rebotan, y de nuevo las vuelve a arrojar sobre esa pradera de hierba alta, fresca y hermosa para que sus briznas las acaricien y endulcen una pizca, a ver si así calan a través de la piel de C, tersa y dura, eludiendo el muro erigido allá adentro y cobijándose al abrigo de ese corazón vírgen.

Probablemente la respuesta a la inquietud de T es evidente y sencilla. Ya se lo dijo Brau. Pero es que este hombre es terco por naturaleza.

Lo último fue sacarse el corazón allí mismo sobre la arena fría de la playa, arrancándolo a través de la herida y dejándoselo a C sobre un papel virtual. Ahí, no hay viento que se lleve ninguna palabra.

Creo que va a ser difícil echarte más de menos, o simplemente quererte más.
Empieza a no caber.

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28 de noviembre de 2011

Gracias a todos.

Cuuumpleaaañosss feeeliz,
cuuummmpleaaañosss feeeeeliz,
te deseeeeo Antoooonio...
Cuuuuuumpleaaaaaños feeeeliz.

Hoy cumplo 41 años. Creo que si nada cambia y pienso que no va a ocurrir así, va a ser un día más triste aún que el del pasado año. Aunque será muy difícil de superar. Pero en mí, todo es posible.

Aprovecho la ocasión para agradecer a todos los que me leéis de vez en cuando y os pasáis por este rincón, aunque monótono y no excesivamente alegre. Gracias, totalmente sinceras.
Y a los que dejáis alguna palabra, doblemente agradecido porque siempre son ánimos y brisas de aliento y aunque seáis unos desconocidos, os siento como si os conociera de siempre y llevo dentro siempre muy presentes.

Un millón de gracias.

17 de noviembre de 2011

Hoy estoy harto de todo


 Sin venir a cuento de casi nada. 

Cansado de los que tengo a mi alrededor once horas al día, moviéndose como autómatas y sin hablar de absolutamente nada para no alterar al jefe cuando entra; del tiempo que no me deja dar un paseo sin llevar el abrigo gordo y sudando aunque no quiera; del trabajo que no sale porque no me dejan hacer lo que realmente habría que hacer para ver si con siete vueltas más sale mejor, pero que es imposible que sea así porque ya le he dado veinticinco; del ambiente enrarecido en mi casa; del tono meloso de la mujer que vive allí y que se dirige a mí con amabilidad suprema y estúpida, condescendiente hasta el límite, sabiendo que sé que me la pega con otro y ambos actuamos como si no pasara nada. 

Sólo me tranquiliza la risa de los niños cuando esta noche llegue a casa a las mil para retrasar el momento de ver a quien no quiero ver abriendo la puerta y sonriéndome de un modo tan falso que se me caerá el sombrajo a los pies. 

Necesito un abrazo anónimo y enorme de alguien que se sienta igual. 

Quizás el haber descubierto que efectivamente mi corazón está más solo que la una, sea el motivo. Hasta los mismísimos. De TODO.