Dentro de mí renació algo que creí caído en el olvido. Como una ola de fuego quemando desde las entrañas.
Y con las palabras colgadas de ese sentimiento me lancé a un océano de bálsamo de cremas como aguas, y olas de sedas y aceites perfumados.
Fueron un puñado de semanas gloriosas, increíbles, incontables, derrochadas entre ansias y ganas .
Mi mente se perdía entre la suya mezclando ingredientes de ternura mientras mi mundo se hundía arrastrando consigo lo poco edificado.
Lo abandoné todo por unos ojos, unas manos, unos gestos y un fondo al que no veía límites, y nunca me detuve a pensar ni a mirar atrás. Todo hacia adelante mientras me derretía sobre el calor de su regazo perdido en la cuna de sus brazos.
De pronto, tengo el presentimiento de que eso no pasó nunca. Pero no. Ocurrió porque todas las noches me sumerjo en tus aguas amansadas y sonrío mientras me como tus ojos con los míos.
Con la cobardía como vehículo, dejé pasar el tiempo pretendiendo así curar los cortes y las llagas del naufragio. Me he perdido en los vertiginosos remolinos de mi estropeada mente, he chocado contra los acantilados de la realidad hasta colocarme en el asiento del tren que tenía reservado en el tráfico de esta vida. Desperté de mi sueño con los golpes de los nudillos que la realidad me reclamaba para recolocarme en el sitio indicado, mientras mi remera se bajaba en la otra orilla y me abandonaba solo, bajo la cúpula estrellada que hace muy poco tiempo nos unió en un lazo de apenas un nudo y envió a surcar juntos, saltando de estrella en estrella.
Perdido en mi propia serie, incapaz de encontrar respuestas, imposible de discernir entre el bien y el mal. Caminando envuelto en un halo de melancolía y ofuscación. Callando embutido en una timidez cosida con hilos de nostalgia y jirones de desamor. Desapareciendo del mundo con una misoginia inherente a mi propia alma e incapaz de darle cura. Aplastando con el debes la piedra que tapaba mis equivocados anhelos.
He sangrado por dentro, he buscado respuestas y mi eco se ha perdido igual que la mirada lo hizo en los surcos de su bufanda, en los trazos de sus labios, en los quiebros de su voz y en los poros de su espalda.
Deseé morir y renacer sabiendo lo que sabía. Y esperar no cometer los mismos errores. Envidié a los que la clarividencia fue a visitar siendo muy jóvenes. A los que saben lo que es vivir amando y lo practican. A los que han comprendido desde siempre que vivir es dar sin esperar nada a cambio y reventar con el placer de los silencios adornados con una sonrisa cubierta por unos párpados perdidos en uno como respuestas.
Y sólo guardé deseos. Metí los pensamientos bajo la losa del ostracismo y para no volver a navegar me desnudé incluso de mi intimidad. Y empecé a trabajar de nuevo. A no hacer nada con el resto del tiempo excepto a ver crecer a los hijos de esta crisis. Y a preocuparme por ellos y disfrutar con su estar como único entretenimiento en mi vida.
Un día de noviembre, perdido inexorablemente en la crisis de los 40, regalé una de mis sinceras y raras sonrisas. Me perdía insuflando a los demás las ganas de querer que yo tenía guardadas cuando un escollo repentino me hizo otear el horizonte y encontré agua en el desierto.
Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien. Poseerte en la cocina, más que una hazaña bélica me supuso una sesión de magia sacada de un sombrero llamado deseo. Además, mientras nos relamíamos los dedos con los restos de tu mousse de chocolate, me mostraste tu libro de bitácora en el que al menos dos, navegábamos juntos, asidos al mismo remo y moviéndonos con idéntico sentido. Me enseñaste la misma película que yo había protagonizado y me arrancaste lágrimas de complicidad que rodaron hasta unirse con las tuyas creando pequeños charcos esencia de felicidad.
Mientras despierto a la vida que tímidamente me llama, se ha abierto una rendija bajo mi losa puerta del cuarto guardamuebles. Y te observo allí escondida, agazapada, llamándome con los gestos de tus dedos nerviosos.
Esta noche quiero estrechar tu mano y que ambos nos sentemos a ver, juntos, esa bóveda celeste que hasta hace poco tiempo sólo pensé que veía yo, pero que ambos navegamos hacia el mismo destino.