Me acompañan...

6 de mayo de 2013

Sensaciones

Eran dos extraños con un interés común. Habían llegado a la exposición cada uno por su lado y se habían encontrado en la enorme cola delante de la puerta. Ambos se conocieron a través de amigos de amigos, y el azar hizo el resto. Unidos, frente a frente, bajo el potente influjo de un sol de primavera enorme, radiante, calentándolo todo allí abajo. Una presentación breve, un par de sonrisas y el extraño vacío azulado como los iris de ella, silencio absoluto, a su alrededor, hizo girar a ambos como en un escenario atrapado en un tiovivo. Cogidos de las manos, dando vueltas en la mente de ambos, de puntillas, cogidos por las manos, alrededor de un punto crecido en el centro del abrazo.

Una vez atravesado el hall, sus ojos engrandecieron en busca del estímulo que la historia de una Pompeya arrasada bajo el manto de un volcán inmisericorde les ofrecía casi dos mil años después.

El sitio, oscurecido adrede para ofrecer ese halo de misterio en el que se guardan este tipo de acontecimientos. El brazo de ella, temeroso, súbitamente rodea el de él, en un giro dulce, lento, explorando la respuesta del joven que empezaba a acompañarla. Un escalofrío en la nuca de Javier, no esperando semejante osadía de aquella extraña desconocida. Aunque curiosamente deseada en el fondo de su mente inquieta y espesa en ese momento.

Demasiadas casualidades habían concurrido en su cita. Mismo día de cumpleaños, mismos sitios vividos para los dos. Idénticas historias de pareja. Vidas tan paralelas que llegaron a asustarse horas después mientras las compartían bajo un vino blanco dulce, acompañado de una simple y maravillosa lasaña de espinacas, piñones, albahacas y tomate seco… Recodos similares, vacaciones comunes, intereses caprichosamente parejos.

Escenario extraño, inédito, perfecto para sincronizar almas, relojes y miradas en búsqueda de ese poso de terciopelo que atenaza el corazón impidiéndole palpitar durante minutos. Reojos huidizos, buscando pestañas abiertas, labios separados susurrando deseos. Comentarios tontos y puntuales acerca de lo observado. Cómplices todos. Él, escuchando los susurros de ella. Victoria, sorprendida por todo lo que observaba mientras la mano de Javier se adueñaba de la suya en otra trayectoria vibrante, ataque valiente tanteando su reacción. De nuevo. Haciendo extrañas sumas de sentimientos y restas de realidades, a gran velocidad en una mente desacostumbrada al placer de las sensaciones junto a otra persona. Ella, perfumando los pasillos con la alegría desbordante de una mujer que no teme a nada, disfrutando de la vida en cada oportunidad que se le presentaba.

Una sala oscura, completamente en negro, escenificando el infierno bajo siete metros de lava volcánica. Una pareja adentrándose en un sendero carbonizado regalándose dedos entrecruzados, soplos en las mejillas al acercarse completamente pegados, a observar un pequeño resto de papiro derretido por unos cientos de grados. Caminando una docena de gallinas por el vello erizado de los dos si la mano de ella ascendía por la manga de la camisa de Javier. Rizos de seda dilatándose y haciendo cosquillas entre las rendijas del vientre, cuando las muñecas de él se ataban sobre la cintura de Victoria descansando sobre un blusa de gasa, ombligo provocador para una batalla de índices por alojarse en el.

Y delante de una proyección tan real como lo que ningún sobreviviente relató en aquella catástrofe, ojos de miel frente a soles de un azul interminable, deteniendo la película, el tiempo estirado en la negrura de la sala, fluyendo las palabras no dichas, ambos leyendo guiones en el alma, no escritos. Imán indescriptible, indeciso, negativo él aunque expectante, diciéndose a sí mismo que algo bueno debía de supurar, sonrisa franca y vitalidad como fuegos de artificio, en el positivo de ella. Y una melena dorada y lisa oscilando cual reloj de arena marcando el ritmo entre los dos. Intuir, descubrir, hallar...

Como si se conocieran de toda la vida.

Salieron paseando y el amanecer del día siguiente,
descubrió sonriendo aún sus manos unidas.

3 de abril de 2013

Villa Diamante, escrito por Boris Izaguirre


    Estuvieron otro siglo detenidos apenas a centímetros de volverse un solo cuerpo. No podían hablar, sólo mirarse y no permitir que sus ojos se cansaran. Alrededor crecían los ruidos del día, que serían los mismos de la tarde, de otro día y otra semana. Las guacharacas arremolinándose, desapareciendo y regresando para conciliar el sueño. La palmera, ya sembrada, empezando a crecer, cada centímetro recordándole algo a ambos. A Elisa una vida y, a Ponti, el amor que llevaba el nombre de ella. En sus pensamientos, Elisa sólo quería decirle que lamentaba estar rodeada de secretos. Él, por su parte, deseaba reconocerle que esos secretos habían hecho más fuerte su amor. Elisa quería explicarle que siempre se sintió detenida frente a un ventanal que la protegía y al mismo tiempo la apartaba de los demás. Sólo hoy, mirándole, sin poder besarle, agradecía ser distinta, porque tendría algo que contar, sobre todo algo por lo que seguir viviendo. No para ser guardiana, vigilante, como había dicho él, sino para eso que ahora sentían los dos. Que eran planetas incapaces de estallar el uno dentro del otro.
     Vieron la luz desaparecer, la comida enfriarse, la casa suspendida entre los dos. Ponti tomó el dibujo del ventanal y lo rompió.
    -Está en mi cabeza, Elisa. No quiero tener nada que me recuerde lo que fue vivir contigo. No quiero llevarme nada que me haga preguntarme algún día por qué no te besé…


    -No me dejas hablar, no me dejas tocarte, no me dejas decirte que estoy harta de pensar en ti como si fueras un secreto. Vivimos en el terror de esta ciudad, pero tú y yo más, porque nos mentimos. No nos atrevemos a decirnos qué somos.
-Soy un secreto. No me vuelvas otra cosa. Sobre todo, no me recuerdes nunca como otra cosa.
-Puedo amar, Ponti. Aunque sea la esposa de Hugo, aunque tenga que enfrentarme a diario a todo lo que me lo recuerda y tenga que salvar los obstáculos de esta ciudad. Si no llego a besarte y volver a pedir que me lleves contigo…
-No lo pidas Elisa, es una equivocación. Ya te fuiste una vez y encontraste a Hugo.
  -No quiero protección, sólo quiero tu amor.
   -No es protección como de una madre a un hijo. Es más que eso. Es protección contra la desgracia de la mediocridad. De gobiernos que pasan mientras la casa siempre quedará. De malos amores, enemigos, rencores y chismes que también pasarán. Y la casa, tu ventanal y tú delante de él, perdurará. Ésa es mi misión, ese es mi amor. Eso somos tú y yo, Elisa. –Ella sintió que la falta de palabras iba a convertirse en un torrente de lágrimas, las que no había permitido que escaparan nunca de sus ojos. Entonces Ponti besó sus manos y las colocó con las suyas alrededor de su cara-. No pidas más, Elisa, porque no existirá en tu vida otro deseo mejor que éste. Te ruego que me recuerdes aquí, a punto de anochecer, sujetando tu rostro, con tu casa en mi cabeza, su geografía planetaria invisible para los demás pero completamente sólida para nosotros. Ése es mi amor, el único que podemos darnos…



Me ha gustado tanto que no he podido resistir el impulso de recrearme en un par de sus párrafos copiándolos yo mismo y transcribiéndolos a éste, mi rincón.


25 de febrero de 2013

Recuerdos

Imposible deshacerse de ellos. Fundamental convivir con esos besos guardados en los bolsillos, que pesan, y te alargan la sombra proyectada por el abrigo. Abrazos que lastran el paso, amarrados sobre los hombros que añoran, gimotean, se rinden a lo que hubo y no regresó. Hay que abrigarse bien, te dicen. Y buscarse unos nuevos labios a los que quemar con la mirada, una espalda agradecida que se deje atrapar por las manos, huérfanas, perdidas entre la muchedumbre de rostros vacuos, penitentes, dolientes entre estos tiempos de malas caras. Pero es difícil, sobre todo si tu tiempo se cuela entre el sumidero de la soledad impuesta, que no buscada, porque su rostro alegre y feliz, siempre se te aparece en la retina del ordenador, en el vaho de las ventanas, escondida tras los visillos, jugando con mi boca, guiñándome la vida desde sus canicas oscuras, vivarachas, ensombradas por un flequillo inverosímil. Complicado respirar es, y no ahogarte con su perfume, nadar sin que sus manos se ahorquen a tu cuello y te inviten a bucear en tu ineptitud... Porque todo lo bueno piensas que fue por ella. Lo dulce, la felicidad, la vida, la magia que estuviste rozando con la yema de los dedos, y terminó por huir en su sendero.
Es tan difícil no recordar, y vivir sin caer en ello...

19 de febrero de 2013

Noche con meteorito...

Estuve la noche del viernes intentando vislumbrar el fenómeno del mes, o del año, no sé. El dichoso meteorito que pasaba cerca de la Tierra y que se suponía era visible desde buena parte del planeta. Así que me fui al sitio habitual de la Asociación Astrohenares, el parque María Marzol en Daganzo, muy cerca de Alcalá. Allí se reúnen unos cuantos aficionados de vez en cuando. Está cerca de Madrid y aunque las condiciones del cielo allí no son las ideales ni mucho menos, está cerca de casa. Si quieres verlo mejor, se reúnen también en Brihuega y más lejos, donde los cielos están más oscuros. Pero no era el caso porque tampoco me apetecía hacerme 100 km sólo para esto.
El caso es que allí habría una decena de personas y tres telescopios bastante majetes. Noche de media Luna que iluminaba bastante el cielo, estorbando bastante su luz para la observación. Y una panda de frikis a cada cual más extraño allí con su dialecto propio. Lenguaje profesional para que la pareja y yo que allí andábamos cotilleando no nos enterásemos de nada y pensáramos –qué nivel que tienen éstos-.
El más listo, que era el que lo tenía más grande (el telescopio) va y le pregunta al vecino -¿a ti cuanto te consume?-, -a mí dos con cinco amperios- a lo que el otro le responde –a mí 1,9-. –Joder pues no entiendo tanta diferencia-. Y es que estaban comparando el consumo de unas mantitas eléctricas que habían acoplado a los chismes para que no se empañaran con el frío de la noche. Yo pensé –hay que fastidiarse, van más abrigados los telescopios que nosotros-. -¿Tiene alguno un objetivo que filtre rayos infrarrojos?- pregunta el avanzado en otro momento. Y los tres que andábamos observando las maniobras nos quedamos mirándonos, sonriéndonos, y pensando a la vez -¿Quién coños lleva un filtro de infrarrojos en el bolsillo?- al mismo tiempo que –este hombre debe ser idiota- cuando se me acerca a mí y de nuevo me lo pregunta. Y yo flipo muerto de frío embutido en el plumífero.

El caso es que a pesar de las nubes y de la luz que desprende Madrid, el cielo estaba muy bonito. No hacía más que acordarme de ti, aunque siempre que miro a la noche me viene tu rostro a la cabeza. Pensé, seguro que a ti te hubiera gustado estar aquí, aunque sólo hubiese sido por curiosidad y disfrutar de un manto estrellado tan hermoso.

La pareja que por allí andaba y yo, no hacíamos más que preguntarnos si de verdad aquellos tipos sabrían de cierto por dónde pasaría el meteorito. Algunos de ellos sentados en un banco de madera del parque peleándose por los prismáticos, enfrentándose porque no sabían con seguridad si pasaría entre la tercera y la cuarta estrella de la Osa Mayor o entre la segunda y la tercera. Otros dos compartiendo unos prismáticos, un ojo de cada uno por cada ocular, hay  que ser cutre. Y el frío cubriéndolo todo cada vez con más intensidad. Así que allí esperando a las 22:30 porque era el instante cumbre de la aparición. El tipo con el mejor telescopio apuntando en sentido opuesto porque él ya había visto unos cuantos asteroides y como que no le llamaba. Y el de al lado con una cámara incorporada al telescopio para ver si cazaba la foto del año. Los demás, tratando de ser los primeros en avistar el objeto. Pero no hubo manera tú. Un nubarrón en medio y un cielo bastante contaminado no nos dejaron ver nada de nada. Pero bueno, observamos la constelación del Cangrejo en la máquina del tipo que iba a su aire. Y Orión, con nuestra Betelgeuse, estaba inmaculado, brillante, precioso allí en lo alto sobre Madrid.

Vamos, que pasó el pedrusco de magnitud 10 (o sea, que era imposible verlo a simple vista o con prismáticos) y ninguno nos enteramos de nada. No, bueno, no todos. El de la cámara digital sí que lo pilló. Haciendo exposiciones de un minuto logró cazar una rayita y en su extremo una bolita blanca del tamaño de la cabeza de un alfiler. Así que todos contentos, y el hombre, tan orgulloso.

A las 23:00 yo me guardé los prismáticos en la funda, y aterido de frío a pesar del gorro, la bufanda, los guantes y el plumas me metí en el coche y marché para mi casa. No sin antes volver a caer en tu rostro, en toda tú, en las estrellas clavadas en el centro de tus ojos castaños y las Pléyades descolgándose de tu largo pelo oscuro como brillantina para una fiesta de Carnaval. Y recordé tus manos escondidas bajo la negra cúpula de un cielo enorme y transparente buscando tus larguísimos dedos las yemas de los míos, entre planetas y miradas, jugando a los dados sobre un tapete de constelaciones y estrellas observando nuestras cabezas.

14 de febrero de 2013

Felicidades, Antonio

Hoy es el día de San Valentín. Como me siento especialmente enamorado, ahí va, para mí.

Te quiero, porque te quiero,
no hay motivos ni porqués,
ni dudas o temblores,
sin límites ni fronteras,

deambulo sobre las suaves curvas de tu cuerpo,
y no me canso de remar sobre esas olas,
recorrerlas sin respirar, esfuerzo que agradecen mis pies,
acariciando tu piel con mis plantas, nutriéndome de tus poros,

detenerme en tu boca bendita, remanso de miel y dulzura,
enormes labios para mi espalda, y sueños inacabables,
recorridos una y otra vez con mis yemas de algodón,
a un milímetro de tus comisuras,

ojos cerrados, tendido allí, observando tus perfectas pestañas,
cobijando tus pupilas inquietas,
sobre una tez blanca como mi piel,
pelo dorado y alborotado, selva de juncos recios protegiéndote de mí,

colarme como arena en tu reloj,
grano enorme que es corazón,
atrapado en la planitud de tus caderas,
al puerto de tu tibia sonrisa, salada, amarrado,

aunque en un día como hoy,
tu corazón viaje en Correos,
paquete postal para él,
y no pienses en quien te ama,

no hay terapia contra ti,
extirpando un gran trozo de cerebro,
y un buen pedazo de corazón,
después, ya veríamos qué…

Enamorado de ti, por siempre...