Me acompañan...

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6 de mayo de 2013

Sensaciones

Eran dos extraños con un interés común. Habían llegado a la exposición cada uno por su lado y se habían encontrado en la enorme cola delante de la puerta. Ambos se conocieron a través de amigos de amigos, y el azar hizo el resto. Unidos, frente a frente, bajo el potente influjo de un sol de primavera enorme, radiante, calentándolo todo allí abajo. Una presentación breve, un par de sonrisas y el extraño vacío azulado como los iris de ella, silencio absoluto, a su alrededor, hizo girar a ambos como en un escenario atrapado en un tiovivo. Cogidos de las manos, dando vueltas en la mente de ambos, de puntillas, cogidos por las manos, alrededor de un punto crecido en el centro del abrazo.

Una vez atravesado el hall, sus ojos engrandecieron en busca del estímulo que la historia de una Pompeya arrasada bajo el manto de un volcán inmisericorde les ofrecía casi dos mil años después.

El sitio, oscurecido adrede para ofrecer ese halo de misterio en el que se guardan este tipo de acontecimientos. El brazo de ella, temeroso, súbitamente rodea el de él, en un giro dulce, lento, explorando la respuesta del joven que empezaba a acompañarla. Un escalofrío en la nuca de Javier, no esperando semejante osadía de aquella extraña desconocida. Aunque curiosamente deseada en el fondo de su mente inquieta y espesa en ese momento.

Demasiadas casualidades habían concurrido en su cita. Mismo día de cumpleaños, mismos sitios vividos para los dos. Idénticas historias de pareja. Vidas tan paralelas que llegaron a asustarse horas después mientras las compartían bajo un vino blanco dulce, acompañado de una simple y maravillosa lasaña de espinacas, piñones, albahacas y tomate seco… Recodos similares, vacaciones comunes, intereses caprichosamente parejos.

Escenario extraño, inédito, perfecto para sincronizar almas, relojes y miradas en búsqueda de ese poso de terciopelo que atenaza el corazón impidiéndole palpitar durante minutos. Reojos huidizos, buscando pestañas abiertas, labios separados susurrando deseos. Comentarios tontos y puntuales acerca de lo observado. Cómplices todos. Él, escuchando los susurros de ella. Victoria, sorprendida por todo lo que observaba mientras la mano de Javier se adueñaba de la suya en otra trayectoria vibrante, ataque valiente tanteando su reacción. De nuevo. Haciendo extrañas sumas de sentimientos y restas de realidades, a gran velocidad en una mente desacostumbrada al placer de las sensaciones junto a otra persona. Ella, perfumando los pasillos con la alegría desbordante de una mujer que no teme a nada, disfrutando de la vida en cada oportunidad que se le presentaba.

Una sala oscura, completamente en negro, escenificando el infierno bajo siete metros de lava volcánica. Una pareja adentrándose en un sendero carbonizado regalándose dedos entrecruzados, soplos en las mejillas al acercarse completamente pegados, a observar un pequeño resto de papiro derretido por unos cientos de grados. Caminando una docena de gallinas por el vello erizado de los dos si la mano de ella ascendía por la manga de la camisa de Javier. Rizos de seda dilatándose y haciendo cosquillas entre las rendijas del vientre, cuando las muñecas de él se ataban sobre la cintura de Victoria descansando sobre un blusa de gasa, ombligo provocador para una batalla de índices por alojarse en el.

Y delante de una proyección tan real como lo que ningún sobreviviente relató en aquella catástrofe, ojos de miel frente a soles de un azul interminable, deteniendo la película, el tiempo estirado en la negrura de la sala, fluyendo las palabras no dichas, ambos leyendo guiones en el alma, no escritos. Imán indescriptible, indeciso, negativo él aunque expectante, diciéndose a sí mismo que algo bueno debía de supurar, sonrisa franca y vitalidad como fuegos de artificio, en el positivo de ella. Y una melena dorada y lisa oscilando cual reloj de arena marcando el ritmo entre los dos. Intuir, descubrir, hallar...

Como si se conocieran de toda la vida.

Salieron paseando y el amanecer del día siguiente,
descubrió sonriendo aún sus manos unidas.

3 de abril de 2013

Villa Diamante, escrito por Boris Izaguirre


    Estuvieron otro siglo detenidos apenas a centímetros de volverse un solo cuerpo. No podían hablar, sólo mirarse y no permitir que sus ojos se cansaran. Alrededor crecían los ruidos del día, que serían los mismos de la tarde, de otro día y otra semana. Las guacharacas arremolinándose, desapareciendo y regresando para conciliar el sueño. La palmera, ya sembrada, empezando a crecer, cada centímetro recordándole algo a ambos. A Elisa una vida y, a Ponti, el amor que llevaba el nombre de ella. En sus pensamientos, Elisa sólo quería decirle que lamentaba estar rodeada de secretos. Él, por su parte, deseaba reconocerle que esos secretos habían hecho más fuerte su amor. Elisa quería explicarle que siempre se sintió detenida frente a un ventanal que la protegía y al mismo tiempo la apartaba de los demás. Sólo hoy, mirándole, sin poder besarle, agradecía ser distinta, porque tendría algo que contar, sobre todo algo por lo que seguir viviendo. No para ser guardiana, vigilante, como había dicho él, sino para eso que ahora sentían los dos. Que eran planetas incapaces de estallar el uno dentro del otro.
     Vieron la luz desaparecer, la comida enfriarse, la casa suspendida entre los dos. Ponti tomó el dibujo del ventanal y lo rompió.
    -Está en mi cabeza, Elisa. No quiero tener nada que me recuerde lo que fue vivir contigo. No quiero llevarme nada que me haga preguntarme algún día por qué no te besé…


    -No me dejas hablar, no me dejas tocarte, no me dejas decirte que estoy harta de pensar en ti como si fueras un secreto. Vivimos en el terror de esta ciudad, pero tú y yo más, porque nos mentimos. No nos atrevemos a decirnos qué somos.
-Soy un secreto. No me vuelvas otra cosa. Sobre todo, no me recuerdes nunca como otra cosa.
-Puedo amar, Ponti. Aunque sea la esposa de Hugo, aunque tenga que enfrentarme a diario a todo lo que me lo recuerda y tenga que salvar los obstáculos de esta ciudad. Si no llego a besarte y volver a pedir que me lleves contigo…
-No lo pidas Elisa, es una equivocación. Ya te fuiste una vez y encontraste a Hugo.
  -No quiero protección, sólo quiero tu amor.
   -No es protección como de una madre a un hijo. Es más que eso. Es protección contra la desgracia de la mediocridad. De gobiernos que pasan mientras la casa siempre quedará. De malos amores, enemigos, rencores y chismes que también pasarán. Y la casa, tu ventanal y tú delante de él, perdurará. Ésa es mi misión, ese es mi amor. Eso somos tú y yo, Elisa. –Ella sintió que la falta de palabras iba a convertirse en un torrente de lágrimas, las que no había permitido que escaparan nunca de sus ojos. Entonces Ponti besó sus manos y las colocó con las suyas alrededor de su cara-. No pidas más, Elisa, porque no existirá en tu vida otro deseo mejor que éste. Te ruego que me recuerdes aquí, a punto de anochecer, sujetando tu rostro, con tu casa en mi cabeza, su geografía planetaria invisible para los demás pero completamente sólida para nosotros. Ése es mi amor, el único que podemos darnos…



Me ha gustado tanto que no he podido resistir el impulso de recrearme en un par de sus párrafos copiándolos yo mismo y transcribiéndolos a éste, mi rincón.


25 de febrero de 2013

Recuerdos

Imposible deshacerse de ellos. Fundamental convivir con esos besos guardados en los bolsillos, que pesan, y te alargan la sombra proyectada por el abrigo. Abrazos que lastran el paso, amarrados sobre los hombros que añoran, gimotean, se rinden a lo que hubo y no regresó. Hay que abrigarse bien, te dicen. Y buscarse unos nuevos labios a los que quemar con la mirada, una espalda agradecida que se deje atrapar por las manos, huérfanas, perdidas entre la muchedumbre de rostros vacuos, penitentes, dolientes entre estos tiempos de malas caras. Pero es difícil, sobre todo si tu tiempo se cuela entre el sumidero de la soledad impuesta, que no buscada, porque su rostro alegre y feliz, siempre se te aparece en la retina del ordenador, en el vaho de las ventanas, escondida tras los visillos, jugando con mi boca, guiñándome la vida desde sus canicas oscuras, vivarachas, ensombradas por un flequillo inverosímil. Complicado respirar es, y no ahogarte con su perfume, nadar sin que sus manos se ahorquen a tu cuello y te inviten a bucear en tu ineptitud... Porque todo lo bueno piensas que fue por ella. Lo dulce, la felicidad, la vida, la magia que estuviste rozando con la yema de los dedos, y terminó por huir en su sendero.
Es tan difícil no recordar, y vivir sin caer en ello...

19 de febrero de 2013

Noche con meteorito...

Estuve la noche del viernes intentando vislumbrar el fenómeno del mes, o del año, no sé. El dichoso meteorito que pasaba cerca de la Tierra y que se suponía era visible desde buena parte del planeta. Así que me fui al sitio habitual de la Asociación Astrohenares, el parque María Marzol en Daganzo, muy cerca de Alcalá. Allí se reúnen unos cuantos aficionados de vez en cuando. Está cerca de Madrid y aunque las condiciones del cielo allí no son las ideales ni mucho menos, está cerca de casa. Si quieres verlo mejor, se reúnen también en Brihuega y más lejos, donde los cielos están más oscuros. Pero no era el caso porque tampoco me apetecía hacerme 100 km sólo para esto.
El caso es que allí habría una decena de personas y tres telescopios bastante majetes. Noche de media Luna que iluminaba bastante el cielo, estorbando bastante su luz para la observación. Y una panda de frikis a cada cual más extraño allí con su dialecto propio. Lenguaje profesional para que la pareja y yo que allí andábamos cotilleando no nos enterásemos de nada y pensáramos –qué nivel que tienen éstos-.
El más listo, que era el que lo tenía más grande (el telescopio) va y le pregunta al vecino -¿a ti cuanto te consume?-, -a mí dos con cinco amperios- a lo que el otro le responde –a mí 1,9-. –Joder pues no entiendo tanta diferencia-. Y es que estaban comparando el consumo de unas mantitas eléctricas que habían acoplado a los chismes para que no se empañaran con el frío de la noche. Yo pensé –hay que fastidiarse, van más abrigados los telescopios que nosotros-. -¿Tiene alguno un objetivo que filtre rayos infrarrojos?- pregunta el avanzado en otro momento. Y los tres que andábamos observando las maniobras nos quedamos mirándonos, sonriéndonos, y pensando a la vez -¿Quién coños lleva un filtro de infrarrojos en el bolsillo?- al mismo tiempo que –este hombre debe ser idiota- cuando se me acerca a mí y de nuevo me lo pregunta. Y yo flipo muerto de frío embutido en el plumífero.

El caso es que a pesar de las nubes y de la luz que desprende Madrid, el cielo estaba muy bonito. No hacía más que acordarme de ti, aunque siempre que miro a la noche me viene tu rostro a la cabeza. Pensé, seguro que a ti te hubiera gustado estar aquí, aunque sólo hubiese sido por curiosidad y disfrutar de un manto estrellado tan hermoso.

La pareja que por allí andaba y yo, no hacíamos más que preguntarnos si de verdad aquellos tipos sabrían de cierto por dónde pasaría el meteorito. Algunos de ellos sentados en un banco de madera del parque peleándose por los prismáticos, enfrentándose porque no sabían con seguridad si pasaría entre la tercera y la cuarta estrella de la Osa Mayor o entre la segunda y la tercera. Otros dos compartiendo unos prismáticos, un ojo de cada uno por cada ocular, hay  que ser cutre. Y el frío cubriéndolo todo cada vez con más intensidad. Así que allí esperando a las 22:30 porque era el instante cumbre de la aparición. El tipo con el mejor telescopio apuntando en sentido opuesto porque él ya había visto unos cuantos asteroides y como que no le llamaba. Y el de al lado con una cámara incorporada al telescopio para ver si cazaba la foto del año. Los demás, tratando de ser los primeros en avistar el objeto. Pero no hubo manera tú. Un nubarrón en medio y un cielo bastante contaminado no nos dejaron ver nada de nada. Pero bueno, observamos la constelación del Cangrejo en la máquina del tipo que iba a su aire. Y Orión, con nuestra Betelgeuse, estaba inmaculado, brillante, precioso allí en lo alto sobre Madrid.

Vamos, que pasó el pedrusco de magnitud 10 (o sea, que era imposible verlo a simple vista o con prismáticos) y ninguno nos enteramos de nada. No, bueno, no todos. El de la cámara digital sí que lo pilló. Haciendo exposiciones de un minuto logró cazar una rayita y en su extremo una bolita blanca del tamaño de la cabeza de un alfiler. Así que todos contentos, y el hombre, tan orgulloso.

A las 23:00 yo me guardé los prismáticos en la funda, y aterido de frío a pesar del gorro, la bufanda, los guantes y el plumas me metí en el coche y marché para mi casa. No sin antes volver a caer en tu rostro, en toda tú, en las estrellas clavadas en el centro de tus ojos castaños y las Pléyades descolgándose de tu largo pelo oscuro como brillantina para una fiesta de Carnaval. Y recordé tus manos escondidas bajo la negra cúpula de un cielo enorme y transparente buscando tus larguísimos dedos las yemas de los míos, entre planetas y miradas, jugando a los dados sobre un tapete de constelaciones y estrellas observando nuestras cabezas.

12 de diciembre de 2012

Obsesiones

Quiero dejar de quererte,
y me está costando un triunfo.
Lo deseo con toda mi alma,
y cuanto más aprieto mis sienes,
en ese esfuerzo vano,
más difícil es,
sacarte de mi mente.

Quiero dejar de pensarte,
y no está siendo tarea fácil.
Ni el tiempo, ni la ausencia de palabras, o la distancia,
logran que esa esperanza se convierta en logro.

Quiero olvidarme de tu mirada,
de esos ojazos inquietos, manos increíbles, espalda inaccesible, mente impenetrable, labios en el infinito.
Sustituyendo tu presencia por otras,
paisajes improbables, tareas siempre absurdas,
y un futuro imposible.

Y lo quiero ya,
inmediatamente,
para ayer,
porque mi cabeza se pierde,
cada día en un nuevo laberinto,
y no hay manera humana (a mi alcance) de acercarme,
a ese deseo.

2 de noviembre de 2012

Sentir

Yo no quiero tener algo contigo
lo quiero Todo
buscar juntos de la mano los límites de las miradas
extender los brazos al cielo hasta quebrarnos los codos
y las yemas de los dedos ardan palpando los rayos del sol
ojos enormes, fuera de sí, buscando los extremos de nuestra naturaleza elegida
la de ser
dándolo todo
yo a ti, de cabeza
tú a mí como quieras
mas quiérelo Todo tú también
y alcancemos cimas atados por las muñecas
con los dedos sellados
labios cosidos
ojos atados
sólo dos zapatos para nuestros cuatro pies
las mentes acopladas
y los corazones agitados

9 de abril de 2012

Autolesionado

Añicos, como mi corazón.
Permanentemente roto, por voluntad propia casi siempre.
Pasado, presente, ¿futuro?

21 de enero de 2012

Pasaste frente a la ventana

Quizás sea la mañana tan fantástica que se ha quedado. O este sol cegador que mezclado con la hierba y la tierra de allí abajo cocina un menú de deseos obsoletos. O el calor de un día invernal que ha amanecido atemperado y hermoso, colorido y cálido. O la plancha a la que me dedico frente a la ventana de la cocina, que mata todo, incluso los pensamientos del día a día que solo se merecen ser asesinados. O quizás sea todo, que batido a través de las cortinas hace que reaparezcan sentimientos olvidados.
Seguramente el saber que este día dará paso a una noche transparente de estrellas amigas y sabré de nuevo, tu olor a vainilla, tu sabor a maíz, tu tacto de manos dulces, tu mirada confundida y aquellos susurros que se descolgaron por error de tus labios.
Tendré que vacunarme de nuevo. Yendo a ver alguna peli para abandonados de noche. Y de día.
Qué dolor.

11 de mayo de 2011

Felicidades

Hoy hace un año que devolví tus regalos. Un pequeño telescopio para que pudieses observar lo mismo que yo miraba tantas noches de aquella primavera, y un viaje de fin de semana para dos personas a París, con alojamiento en Saint Michel, el barrio latino, por supuesto.

365 días que se me han hecho un camino minúsculo, cortísimo como si aquél día hubiera sido ayer mismo. 374 días desde ese cumpleaños que no llegamos a celebrar juntos. Semanas vividas desde entonces muy intensamente, con la profundidad de un pensamiento denso y sin final, mascullado constantemente y sin descanso. Un sentimiento arraigado que sale a la luz con una frecuencia inusitada y que me llama constantemente con su vocecilla apenas audible, casi plana y apagada. Un año de emociones contrapuestas y malas experiencias personales que al final de cada tarde siempre me han llevado a ti para descansar las turbulencias del día.

Ya ves, te despediste de mí en un portal que nos había acogido poquito tiempo atrás doblándose en un arco con forma de sonrisa, erigiéndose sobre perfiles de ternura, y te convertiste en recuerdo de sed y magia, compostura de anhelos y deseos, paradigma de esperanza y futuro de mi camino. Una meta clavada en mi mente, objetivo de mi vida que llora la falta de felicidad pero que se consuela sabiendo que algún día estos sentimientos caerán dulcemente sobre alguien que represente todo lo que tú llevabas contigo en tu personalidad tan cautivadora.

Reconozco que la ebullición que supusiste formó una imagen, un susurro, una meta, y desde entonces es lo que busco incesantemente, aunque de una forma más mental o psíquica que práctica. Serás difícil de superar pero dando la razón a los que ya lo han vivido, estoy seguro que el tiempo me dará otras oportunidades. Solo deseo que no pase demasiado. Me siento cansado y los meses están construyendo una muralla de cobardía, desazón, aislamiento, silencio e indiferencia solo aliviada por los ratos que disfruto con mis hijos. Pero esto es otra historia.

Aprovecho para desearte un maravilloso cumpleaños (aunque ya haya pasado sé que lo bueno es que perdure la celebración) y como he hecho desde hace más de un año, enviarte toda la fuerza positiva que me es posible y que continúes creciendo como mujer tan especial que eras.

De momento no puedo olvidar que eres lo mejor con que me he tropezado jamás, y quiero que así siga siendo para mí para siempre. Me encanta vivir contigo en la cabeza. Me das alas :)



23 de febrero de 2011

Gracias

Apareciste en una noche espectacular y siempre agradeceré que así sucediera porque fue tan especial que es de ley reconocer a los astros que se confabularan y con su hechizo lograran ese asombroso encuentro.

Lo mágico fue que nos conocimos entre estrellas y juntos seguiremos caminando enlazados hasta el olvido.

Con una mirada en la que siempre me pierdo de reojo, y en la que caigo irresistiblemente mire donde mire, me esconda de tus destellos o vuelva a observarlos. Dos pozos enormes, con un brocal de una tonalidad suave, y dulce como esos que tanto adoras en las pastelerías, inquietantes porque me llaman con susurros, fascinantes porque me atrapan, y de nuevo caigo irremisiblemente dentro para no querer salir nunca de su halo.

No importa si los ocultas con tus párpados imperceptiblemente cerrados y encadenados con un lazo de terciopelo cosido con tus labios. Con el pensamiento apaciguado disparas distraídamente sobre mis deseos agazapados que esperan oportunidades para estallar y ahondar todo lo posible en tu interior.

Tantas veces me fabrico con tu carita una constelación nueva, uniendo estrellas hasta terminar trazando tu sonrisa con una imaginaria curva de puntitos brillantes en el espacio. Siempre que observo a través de una noche clara y perfectamente negra, esta contaminada cúpula nuestra, te hago en todas y cada una de las pocas figuras estelares que conozco.

Mi placer y mi sentir se derraman lentamente, en pequeñas dosis en forma de abrazos y de besos, perdidos entre sueños de anhelos, derrochándose a través de mis comisuras y las yemas de los dedos cuando recorren tu tersa piel hasta aburrirla con exasperante dedicación.

Mis dedos escriben palabras sobre tu cuerpo, cuando tienes los ojos cerrados y el alma latente. Y no lo sabes. O quizás sí. Letras conectadas por sus extremos intangibles, desparramando sentimientos que quedan impregnados una décima de segundo bajo la presión de mis yemas afables, que lamen esa esencia que escapa por tus poros como vapores de impotencia en la chimenea de mi cerebro febril y resignado a tu sideral lejanía.

Ya no hay cuadros magníficos. Tengo conmigo y ya para siempre el rostro de la Obra, la cara de la felicidad, el cuerpo de mi ser especial que no me arrebatará nunca nadie, porque con tus gestos, con tus palabras, con tus párpados dormidos y los ojos perdidos, ya imprimiste con tinta indeleble unas imágenes en el negativo de mi alma blanca y vacía.

Contigo el tiempo vuela, y aunque apenas nos digamos nada, tomar tu cintura y ver fruncir el ceño o regalarme una ternura con silueta de leve sonrisa, se adelanta el reloj hasta lo inevitable y todo el tiempo del mundo no basta para saciarme.

Sé que esto no ocurrirá jamás y nunca podré atraparte. Eres estrella libre y fugaz, y tu estela ya ha labrado un surco imborrable en ese cuaderno que no tengo pero que ofrecí abierto, en blanco y descubierto para los renglones que aquí hubieras querido dejar.

Ojalá te hubieses convertido en mi sol y yo en el tuyo y estrechados por las manos hubiéramos bailado juntos un pegadizo vals girando y riendo a carcajadas, iluminando nuestro interminable y fastuoso universo.

21 de febrero de 2011

Mi energía


¿Se puede poner aquí, sencillamente, que te quiero?
Y que, ¿es eso lo que me mueve hacia adelante?
Pues claro que se puede.
Para eso son páginas de mi pensamiento.
Te quiero, Brau.
Y me hace inmensamente feliz llevarte siempre conmigo.

18 de febrero de 2011

Por el miedo a equivocarnos

Ayer regresé de unos días locos, fríos y extrañamente cálidos.
Lo mejor, descansar junto a un lago de postal,
cristalino como pocos, helado como ninguno, arropado por un manto de nieve y una bufanda de sol
vigilado por un rincón idílico en el que las parejas se sentaban a disfrutarlo,
dejando escapar suspiros, palabras de emoción, ternuras, y tal vez futuro.

La suerte estuvo a mi lado porque no me dejó demasiado tiempo para añoranzas, ni proyectos, ni gélidos pensamientos.
Apenas algún rato para,
recostado en una hamaca,
volver a caer en ti, como siempre desde que tropecé contigo,
como si hubiera sido ayer mismo,
y perderme,
entre las risas de los niños jugando en la orilla con sus bicis, el agua y las piedras,
en el olor a madera y vida escapando de los sauces, pinos, hierbas y cristales de rocío,
en el calor de un sol que allí siempre se hace de rogar y que llegó conmigo,
para iluminar aquél precioso entorno,
y mi pensamiento.

Me está costando tanto echarte de esta cabeza loca...

4 de febrero de 2011

Brau

Anoche te viví
más intensamente que nunca
casi un año después
te soñé como siempre te sueño,
mirando tu carita triste recién lavada
perdiéndome en la esencia
de la tela de tu elegante pijama,
abrazado a tu piel,
escuchando tu "hazme una perdida cuando llegues"
para no preocuparte,
despidiéndome como siempre hacía
para al instante echarme a llorar
consciente de la distancia,
pero volviendo a sonreír
pensando en el día siguiente.

Anoche en urgencias me dieron,
pastillas para el corazón,
sabiendo que no hay medicina
para este enorme dolor.

Mientras caminaba de madrugada
veía Venus con nostalgia
y recordaba,
las estrellas reflejadas en tus ojillos de soñadora

¿Dónde estás Brau?
Tengo el cd rayado
perdido en esta canción.

4 de octubre de 2010

Microhistoria de un roce

Siento fascinación por los besos que marcan. Los inesperados, los repentinos, los no buscados, los que surgen como resultado de la necesidad imperiosa y creciente del momento que nace ahí, porque sí. Los que están revoloteando en el alma y que salen espontáneamente. Los únicos y especiales. Esos te marcan para mucho tiempo. A mí, para siempre. Como culmen a las miradas, a las intenciones creadas en nuestros corazones y desparramadas por estos expresivos ojos.
Antes que los besos, los toques. Los roces que te cortan la piel  y dejan un surco perenne como marca de "yo ya he pasado por aquí"...
Con la excusa del frío, ella dijo:
-Estoy helada, mira qué manos tengo.
E inmediatamente toqué sus dorsos con mis palmas, a cámara lenta, muy muy lenta, parsimoniosa actitud la mía, la de siempre, deslizando extremadamente despacio la piel, en un recuerdo denso en el que me redimo de las angustias diarias degustando el placer intenso del paso de la electricidad saltando con furia de un cuerpo a otro. Chispas erizando el vello a ráfagas de placer envenenado e intenso. Sentir la tibieza de su piel tomada entre las yemas de mis dedos, las almohadillas de sus manos descansando junto a las mías que les hacen una minúscula cama ajustada a sus pequeñas formas. Después, retorno de su rostro hacia el espectacular cielo miríado de perfectas y diáfanas estrellas que el azar nos ha llevado hasta allí. Gesto involuntario y hecho sin dejar de escudriñar mis malvadas intenciones con sus ojillos temblorosos, dulces y mostrando su sentir, su gozo, su deseo, y vuelta de las manos sobre la chaqueta plegada encima de sus piernas. Pero con mi diestra enganchada a su izquierda que no la suelta, y que no permite dejarla huérfana como a su gemela. Los juegos de manos también marcan, sellan con suspiros nacidos de las mariposas que revolotean dóciles y aplacadas en el estómago el contacto entre ellas. Después, silencio, relajación, toma de aire, y vuelta a la posición de partida con una renovada carga de energía. Y los cerebros gesticulando ademanes de felicidad y sorpresa, regados por la adrenalina que brota desde las mismas puntas de los deditos que se buscan y acarician en estúpidos lazos con forma de labios retorcidos por el orgasmo reventado de tanto frotar los índices contra los corazones, los pulgares regocijándose entre los medios, y mis meñiques deslizándose escudriñando sobre el reciente brillo barnizado de sus uñas impecables. Los nervios se emplean a fondo temblando y repiqueteando por los disparos de cariño, ternura y deseo.
-¿Qué ha pasado? -pensamos ambos al unísono.
-¿Por qué mi mano está atrapando la suya y responde ansiando la mía? -me desangro buscando inverosímiles y racionales explicaciones
-¿Se desbocará mi corazón hasta un límite aceptable?

La vibración se apodera de nuestros pechos que cabalgan sobre una ola de sinrazón y felicidad extrema, pegados ambos montando sobre el mismo animal.
El beso que llegó apenas una hora después también me dejó una señal que perdurará a mi propia existencia. Y más, si se recibe en medio del pecho una fría noche de febrero...


29 de julio de 2010

Cuidando tu jardín...

                          


   

Para ti...

19 de julio de 2010

Diario de un adolescente II

     Un agradable instante en mi día a día: el momento de sacar la basura. A eso de las 11 de la noche. Me planto una camiseta. Ato la bolsa con un nudito ridículo (de tamaño digo) lo suficiente para agarrarla con dos deditos aunque me corte la circulación sanguínea durante un ratito. Cojo las llaves de casa y salgo tímidamente al rellano. Nunca enciendo la luz del descansillo por eso de no gastar inútilmente. Palpo hasta encontrar el botón para llamar al ascensor, y lo pulso. Lo espero con los ojos cerrados imaginando cómo asciende la cabina movida por esos cables temblorosos que visualizo semejantes a los que cuelgan de los mástiles de los veleros, mecidos por la brisa nocturna que los balancea en sus amarres y suenan con un clic particular al golpear contra los mástiles metálicos. El ascensor es lento, pero en esos instantes no me importa. Cuando llego al portal, salgo despacio, aspirando con fuerza las fragancias de las flores que pueblan el jardín comunitario, mezcladas con el olor a humedad de la piscina y el del agua brotada de las mangueras para alimentar las plantas de las jardineras. Las enormes bolas de las farolas iluminan con esa lucecilla tenue y amarillenta los parterres y baldosas de chinarro que enmoquetan todo el suelo del patio interior. Se siente la calma y la tranquilidad solo estropeada por el ruido de los coches que pasan a un centenar de metros tras la valla que rodea toda la finca. A medida que camino hacia la calle, por encima de la verja se observan los colores apagados del parque de los críos que descansa merecidamente. Las luces de los coches que a esas horas son pocos recorriendo la gran avenida junto a la que se encuentra la urbanización. Todo muy oscuro y tranquilo, adormecido o relajado tal vez. Pero cálido y gratamente refrescante a esas horas. Las farolas, luminosos y ventanas de una gran clínica que emerge allí delante, dan un tono agradable al espacio que se levanta frente a mi vista. Azules eléctricos de los letreros publicitarios y tonos amarillos y cremosos del resto de la iluminación. El aire no será puro, pero ya estoy acostumbrado, e incluso me huele bien. No hay movimiento y eso me gusta. La serenidad desborda. Abro lentamente la puerta que da a la acera y en unos segundos la basura ya está en su contenedor. Me detengo, y como si fuera cualquier atardecer sigo con la vista alzada y realizo una inspección de 180 grados, lenta, deteniéndome en cada imagen que vislumbro delante. Y busco.
     A veces... Siempre que vivo este momento pienso en ti. Realmente sería una experiencia, la experiencia mejor dicho. Todos los días imagino que según tiro de la portezuela que da a la calle te encuentro delante. Recostada en tu coche gris aparcado frente a la entrada. Sonriendo, con los brazos cruzados y una bolsa de viaje echada a tus pies. Y cuando te veo, me tiembla todo y recojo con mi brazo un par de goterones de esos que me salen cuando la felicidad extrema revienta dentro de mi cabeza. Solo ha ocurrido una vez. Haces una mueca a un lado con la comisura de los labios, y terminas de derretir lo que resta de una pieza en mi interior. Preguntas con el rostro -¿bueno qué? -mientras sigues sonriendo-. Y no sé qué decir porque tu presencia siempre me bloquea el pensamiento y por supuesto la palabra. Me acerco, dejo la bolsa gris con los desperdicios en el suelo, y te atrapo como nunca antes había hecho. No quiero perderte. No voy a perderte. Ahora ya no. Nos mezclamos con un abrazo lento, pensado para hacer saber y sentir sin dejar de observarnos la mirada mutuamente. -¿Me acompañas? -dices entre lágrimas de intensidad-. -Mira qué pintas tengo, -te sonrío diciendo-. -Para donde vamos, estás perfecto -respondes temblando, sabiendo que, ambos vamos a atravesar la puerta que deseábamos desde siempre. Nos subimos a tu pequeño coche plateado, y mientras nos acomodamos sin perdernos un segundo la mirada, arrancas y nos perdemos camino al aeropuerto...

9 de julio de 2010

Diario de un adolescente I

Si volviera a nacer, si empezara de nuevo,
volvería a buscarte en mi nave del tiempo.
Es el destino quien nos lleva y nos guía,
nos separa y nos une a través de la vida.
Nos dijimos adiós y pasaron los años,
volvimos a vernos una noche de sábado,
otro país, otra ciudad, otra vida,
pero la misma mirada felina... suena en mi móvil cuando llama Ella, y descuelgo.

-¿Sí dígame? -pregunto tembloroso con un nudo en la garganta, como si no hubiera visto en la pantalla la imagen de la palmera de chocolate que la identifica cuando me llama...
-Hola. Soy Brau -su voz suena suave, tremendamente dulce y blandita, con ese toque de tímida ternura que asigno a las personas que quiero de verdad, y a ella, pienso que jamás podré quererla de mentira.
-¡Ey! ¡Hola Brau! ¡Cuánto tiempo, qué sorpresa! ¿Qué tal estás? -contesto como un chiquillo inmensamente feliz, con la sorpresa aún atada a las rejas que ocultan la fachada de mi garganta.
-Bien, bien... Tenía una mañana tranquila en el trabajo y me he dicho, voy a llamarle a ver cómo le va... –responde lentamente, con su habitual y moderado tono.
-Pues bueno, como siempre supongo -le digo cortándola un poco, como normalmente hago con casi todo el mundo. -Ninguna novedad reseñable en mi vida, la verdad –añado con desdén y algo de melancolía, recordando sutil y de repente los buenos ratos que ya lejanos, pasamos juntos cogidos por las manos en apenas un par de rincones.
-Pensaba que después de tanto tiempo sin saber nada el uno del otro, quizás te apeteciera y podríamos vernos un ratito y charlar tranquilamente mientras nos tomamos un café, me apetece verte…
-Buf, lo siento Brau, no creo que pueda, la verdad -contesto mordiéndome la lengua y castigándome una vez más por decir lo que en realidad no quiero. Pero debo expresarlo así porque sólo tengo una oportunidad…
-¿Por? ¿Tan ocupado estás? -responde un tanto abrumada, contrariada, extrañamente cortante, evidentemente sin esperar esa respuesta de mí, conociéndome como lo hace y sabiendo que por ella llegué a enfrentarme a todo, luchando lo que nunca hubiera llegado a imaginar antes de conocerla..
-Bueno, no pasa nada, lo dejamos para la ocasión en que te venga bien -me suelta como quien no sabe como terminar una conversación que se desvía de la senda esperada.
-No, no es eso -le digo. -Es que si nos viésemos, tú y yo, creo que me volvería el runrún (¡como si se hubiera marchado!) y no podría aguantarme las ganas, y verás, necesitaría, cómo decírtelo sin que te suene mal, comerte a besos... Y seguramente no estaría bien –le suelto de un tirón, y dando por sentada la conclusión, típico en mí.
-Ah, es eso, vaya... bueno, no sé, no me esperaba eso, pero, tal vez, podría soportarlo, seguro que sí podría, no sé. Lo haría –susurra en dos golpes de voz pequeñitos y apenas perceptibles, mientras habla con devoción, con los ojos cerrados y sonriéndole a un atónito compañero que ajeno a lo que habla por teléfono y con cara de póker se encuentra a una docena de metros de ella.
-Pero claro, yo me pregunto ahora, si después de devorarme como pretendes, te quedarían ganas para, recordar viejos tiempos y que me hicieses el amor durante el resto de la tarde..., como te dedicabas a mí allá por... ¡buf! Ni lo recuerdo ya. Y abandonarnos de nuevo a los sentidos... Siento que lo necesito… -se lanza al abismo de un deseo que nunca imaginé en su timidez de mujer siempre realista y pragmática que a mí terminó por relegarme al rincón de las fantasías inmaduras y eternamente lejanas e inalcanzables.
-Eso, bueno, no sé, depende... –balbuceo perdido en recuerdos tan mágicos envueltos en papel pinocho color tornasol, que borran de mi mente las palabras que tendría que responderle.
-Podría ser, claro, pero, ¿dejarías que después te mimase hasta que nos hiciésemos muy muy muy viejecitos? Es que si no, no me hace, ya sabes, el tiempo se me hace infinitesimal contigo, y yo, necesito ir despacito para ir dejando huellecitas en todos tus rincones…
-Está bien. Me lo pienso un segundo. Ya está. Sí, creo, que te dejaría. Desde que te conozco no han habido otras manos comparables hundidas en mi piel ni una mirada que me arropara ni expresara tanto cariño como la tuya, así que, ¿por qué no? –dice en un santiamén y a mí se me caen hasta los pantalones del susto.
Aún no he digerido sus últimas frases cuando prosigue.
-Pero no me gustaría empezar a envejecer pronto, ni aquí, necesito respirar mucho aire limpio y cegar mis ojos con la visión de un mar impecable. Ya sabes, aquellos viajes que nos prometimos pero nunca iniciamos...
Es increíble pero está copiando mi sueño. O no. Aquello que nos dijimos juntos se le quedó grabado como a mí, y ahora, lo está leyendo de nuevo en la página de su cabeza que emborronó con mis cosas.
-No dejo de pensar en nuestra playa cristalina Australiana ni un solo día desde que te dejé sola retrocediendo en el portal de tu casa. Ojalá te hubiera abrazado con una cadena enorme y hubiera podido llevarte conmigo a vivir nuestro sueño –le contesto despacio, muy lento, pensando todas y cada una de las palabras, arrojándome sin ataduras dentro del acantilado para aplastarme contra sus manos que por miles se tienden allí abajo para sujetarme en la caída.
-Si te sirve de consuelo –prosigue con su plan- tengo en la mesa dos billetes de avión con destino a Sídney para dentro de una semana, y yo, me cojo unos días de vacaciones mañana mismo…
-Salgo a buscarte en cero coma... No puedo esperar más. Necesito volver a tocar tu hombro con mi cuello y la espalda con mis manos. Ya llego…


Si volviera a nacer, si empezara de nuevo,
volvería a buscarte en mi nave del tiempo.
Es el destino quien nos lleva y nos guía,
nos separa y nos une a través de la vida.
Nos dijimos adiós y pasaron los años,
volvimos a vernos una noche de sábado,
otro país, otra ciudad, otra vida,
pero la misma mirada felina... suena en mi móvil cuando llama Ella, y descuelgo.

-¿Sí dígame? -pregunto tembloroso con un nudo en la garganta, como si no hubiera visto en la pantalla la imagen de la palmera de chocolate que la identifica cuando me llama...
-Hola. Soy Brau -su voz suena suave, tremendamente dulce y blandita, con ese toque de tímida ternura que asigno a las personas que quiero de verdad, y a ella, pienso que jamás podré quererla de mentira.
- Bien, bien... Tenía una mañana tranquila en el trabajo y me he dicho... ¿te importaría mimarme bajo el sol del atardecer de, digamos Bora Bora, hasta que ambos terminemos siendo uno sólo?
- He soñado con ser tú y yo, todos los días de mi vida desde que te conocí –le contesto con la voz quebrada y enjugándome la lágrima que reservaba para el momento en que volviese a llorar.
-Salgo a buscarte en cero coma... No puedo esperar más. Necesito volver a tocar tu hombro con mi cuello y la espalda con mis manos. Ya llego…

A escuchar con el alma relajada...

15 de junio de 2010

Ternura

Si te concentras en este instante, puedes sentir la respiración acompasada de tu pecho pegado al mío y notar cómo se mueven al unísono, cómo se expanden y contraen siendo uno sólo. Notas cómo el aire huye de mis pulmones y cero coma lo inhalas hacia los tuyos, ya atemperado, mezclado con mi sangre, fundido con mis caricias, calando a través de tu laringe con la dulce textura de la miel derramándose dentro de tu boca. Con los párpados suavemente entornados, sin el esfuerzo adrede para ocultarlos, dejándonos llevar por nosotros. Respiramos alternativamente para que nuestra piel que sólo es una, ahora se desplace hacia ti, otrora hacia mí. Movimientos tranquilos y lentos, parsimoniosos como el segundero del reloj de pared, que nos mece en sus agujas. Tic..., toc... Tic..., toc... Tic..., toc... El tiempo se detiene para ambos engulléndonos y desparramando delicias adosadas a suspiros amarrados a nuestros pechos. No hay prisas y sí trazos en el aire de nuestras pestañas. Siempre que queremos recargar energías, atenuamos las luces del comedor y nos subimos al sofá antes de que el otro se haya dado cuenta. En silencio, dejando penetrar los ruiditos de la calle, ya sabes, los gorriones haciendo de las suyas junto al mirador de esta cuarta planta o los críos disfrutando a su manera allá abajo sobre el césped del patio. Dejarse llevar, y traer, exhalando deseos e inundándonos de sinrazones aprovechándonos del aire que nos hemos agenciado. No hay plan pero está todo sabido.
Ven, que a mis brazos les faltan tus hombros.
Acércate, que mi pecho intranquilo sólo se calma sobre el tuyo.
Mírame un "hay" y cerremos los ojos de nuevo.
Tic..., toc... Tic..., toc... Tic..., toc... Sonoros, rotundos, tañidos secos del péndulo del cuco del corredor que sonríen aliándose con nuestra intención de perdernos del mundo conocido y abandonarnos al de los sueños efímeros transportándonos como uno sólo que es lo que somos desde que nos encontramos en el camino.
Llevo demasiados días necesitando respirarte.
Y moverme a tu son.

18 de mayo de 2010

Perdido en nuestra pradera

      Desde este sitito recóndito que me he buscado en el que nadie puede encontrarme, a apenas cien metros de mi puesto de trabajo, escondido de todo el mundo, y de todo lo demás, excepto de unos indiscretos pájaros que planean por la zona dibujando enormes círculos que seguro encierran en su centro alguna posible víctima a la que zamparse, me dedico a curiosear en este escaparate eternamente entretenido que supongo es este caprichoso cielo nuestro en el que sol y nubes intercambian papeles protagonistas en el cortometraje que hoy he titulado "Una mañana para disfrutar fuera del trabajo" (pero en horas de trabajo).
      Aquí plantado al estilo "indio" con una pierna cruzada sobre la otra, rodeado de una estiradísima y verdosa oscura hierba salpicada por margaritas, amapolas y ramilletes de globularias tímidamente moradas, fascinantemente atractivas para un sinfín de insectos que pululan y descubren en ella manjares inimaginables para nosotros, abro los ojos hasta un tamaño de sorpresa para, como siempre, tratar de beber lo máximo que tú me des, desde allí arriba.
      Tengo la maleta preparada otra vez, y dispuesta para un nuevo viaje contigo. Ya sabes, desde que estamos juntos y decidimos ser felices la mayor parte de nuestro tiempo, no hemos dejado de disfrutar. Y caminar hasta esa paz que nos llena y consuela, es la parte más estupenda de ese tiempo que nos dedicamos, que necesitamos, que queremos.
      Como ya sabes, iremos hasta Ubiarco, en la retirada costa de una Cantabria hermosa que siempre aturde con su esplendor, y como desde donde me encuentro ahora, nos adentraremos hasta nuestro paraíso particular, ese que te reservé ya hace muchos años cuando aún era niño, para cuando tú llegases. El próximo fin de semana, lo disfrutaremos ambos juntos, muy juntos, literalmente pegados, para que ningún trocito de nuestra piel se pierda el espectáculo que te tengo preparado.
      Y tendremos un día como hoy, o tal vez no, pero siempre será nuestro. Tumbados plácidamente sobre la empinada ladera de ese impresionante acantilado que corta abruptamente la unión entre el mar y nuestra montaña que nos acoge, nos dedicaremos a sonreír. Y a querernos. No olvido nuestra aterciopelada y cálida manta que siempre nos acompaña, nos abriga y esparce calor sobre nuestros delgados y apretados cuerpos, la que utilizamos para guarecernos de los embates de la brisa agitada por las crestas de las siempre aquí espumosas olas en la que ese sol diáfano al que hacen cosquillas enormes mantos de cúmulos cargados de finísimo y blanquecino polvo de agua. Tendremos horas interminables para recargar de energía nuestros corazones, que apenas lo necesitan porque con el soplo diario en las mejillas que nos entregamos, el corazón vuelve a saturarse de pasión desmesurada; y para intercambiar miradas entre nosotros y hacia el sol, hasta que llegue el ocaso y ambos nos cubramos mutuamente igual que la noche tapará al día. Aunque no sé si podré soportar dos minutos apartándote de mi visión para doblegarla hacia el cielo y contemplar el lienzo que pintaremos con nuestras manos unidas. Siéntate a mi lado, mejor, descansa tu esbelta figura frente a la mía, dulcemente apoyada sobre ese espeso manto de hierba, que verás, cómo allí se derrocha por doquier, y deja que mi único y eterno abrazo del día se funda con el tuyo en un gesto de sabor y de olor que nos colme de vida. Ya entramos en calor. Los cálidos rayos de nuestro astro querido y la tela de terciopelo rendida sobre nosotros, nos asegura que de allí sólo saldremos siendo otra vez más, un único ser. No puedo retirar mis ojos de los tuyos. Decir "te quiero" es demasiado fácil. Prefiero esculpirlo en el fondo de tu retina cincelándolo con mis ojos agradecidos. No quiero apartar mi mirada de tus labios. No debo dejar escapar un átomo de tu rostro sincero e imantado que se engancha a mi mirada colgándose en la paredes de los sótanos de mis ojos. Soy egoísta pero no me importa. El éxtasis contigo es simplemente mi vida. No se puede amar más. Después de este rato temblando de locura inédita sólo quedará el vacío que minuto a minuto irá descargando mi alma de peso y se irá abriendo hueco en mi interior. Sólo hasta que vuelva a acariciar la piel de tus manos.