Una vez atravesado el hall, sus ojos engrandecieron en busca
del estímulo que la historia de una Pompeya arrasada bajo el manto de un volcán
inmisericorde les ofrecía casi dos mil años después.
El sitio, oscurecido adrede para ofrecer ese halo de
misterio en el que se guardan este tipo de acontecimientos. El brazo de ella,
temeroso, súbitamente rodea el de él, en un giro dulce, lento, explorando la
respuesta del joven que empezaba a acompañarla. Un escalofrío en la nuca de
Javier, no esperando semejante osadía de aquella extraña desconocida. Aunque curiosamente
deseada en el fondo de su mente inquieta y espesa en ese momento.
Demasiadas casualidades habían concurrido en su cita. Mismo
día de cumpleaños, mismos sitios vividos para los dos. Idénticas historias de
pareja. Vidas tan paralelas que llegaron a asustarse horas después mientras las
compartían bajo un vino blanco dulce, acompañado de una simple y maravillosa
lasaña de espinacas, piñones, albahacas y tomate seco… Recodos similares,
vacaciones comunes, intereses caprichosamente parejos.
Escenario extraño, inédito, perfecto para sincronizar almas,
relojes y miradas en búsqueda de ese poso de terciopelo que atenaza el corazón impidiéndole
palpitar durante minutos. Reojos huidizos, buscando pestañas abiertas, labios
separados susurrando deseos. Comentarios tontos y puntuales acerca de lo
observado. Cómplices todos. Él, escuchando los susurros de ella. Victoria,
sorprendida por todo lo que observaba mientras la mano de Javier se adueñaba de
la suya en otra trayectoria vibrante, ataque valiente tanteando su reacción. De
nuevo. Haciendo extrañas sumas de sentimientos y restas de realidades, a gran
velocidad en una mente desacostumbrada al placer de las sensaciones junto a
otra persona. Ella, perfumando los pasillos con la alegría desbordante de una
mujer que no teme a nada, disfrutando de la vida en cada oportunidad que se le
presentaba.
Una sala oscura, completamente en negro, escenificando el
infierno bajo siete metros de lava volcánica. Una pareja adentrándose en un
sendero carbonizado regalándose dedos entrecruzados, soplos en las mejillas al
acercarse completamente pegados, a observar un pequeño resto de papiro
derretido por unos cientos de grados. Caminando una docena de gallinas por el
vello erizado de los dos si la mano de ella ascendía por la manga de la camisa
de Javier. Rizos de seda dilatándose y haciendo cosquillas entre las rendijas
del vientre, cuando las muñecas de él se ataban sobre la cintura de Victoria
descansando sobre un blusa de gasa, ombligo provocador para una batalla de
índices por alojarse en el.
Y delante de una proyección tan real como lo que ningún
sobreviviente relató en aquella catástrofe, ojos de miel frente a soles de un azul interminable, deteniendo la película, el tiempo estirado en la negrura de la sala,
fluyendo las palabras no dichas, ambos leyendo guiones en el alma, no escritos.
Imán indescriptible, indeciso, negativo él aunque expectante, diciéndose a sí mismo que
algo bueno debía de supurar, sonrisa franca y vitalidad como fuegos de
artificio, en el positivo de ella. Y una melena dorada y lisa oscilando cual reloj de arena marcando el ritmo entre los dos. Intuir, descubrir, hallar...
Como si se conocieran de toda la vida.
Salieron paseando y el amanecer del día siguiente,
descubrió sonriendo aún sus manos unidas.

