Después de leer un poema precioso, algo en él ha encendido las ganas de contarte una vez más, desde este otro lado del planeta, lo mucho que revientan los muros de mi corazón sosteniendo baldíamente las ganas que tengo de ti.
Necesito volver a desgastarme la piel de la boca mordiendo tus labios sobre ese sofá que nunca será nuestro, pintar otra más de tus francas sonrisas con mis dedos traviesos sobre las blancas paredes de nuestra armadura, esa que siempre nos lleva tan juntos que jamás puedo despegar de mi pecho. Caer de nuevo, una y cien veces en tu recuerdo impoluto, cara de niña pícara abotonada a un par de enormes ojos castaños, nerviosos, dulces como la crema, contorneándolos con mis labios hasta llegar a tu nuca prohibida donde me bebo la vida, mientras la senda de tu boca enmudece con mi caminar y las retamas de tus pestañas se enfurecen con la brisa del Mediterráneo. Despertar para desgarrarme en la piel el mapa de tus manos templadas, acorazadas por el oro y turquesa que la señora de los anillos te confió un buen día y sin duda son tu sello. Esa parte hippie, voraz y derrochando alegría. No despierto para no perderte, y respirarte una vez más en mis duermevelas de sabor a miel de naranja. Te digo otra vez que alumbras mi camino desde la puesta hasta el amanecer y las noches dejaron de ser oscuras mientras tu abrazo permanece colgado en el perfume de mis bolsillos, truene, nieve o el infierno nos asole. Siento que eres mucho, tanto que lo sobrepasaste y si las lágrimas brotan entre burbujas de besos imposibles y deseos inalcanzables, se contraen en mil vuelos de gaviotas acariciando tu rostro con las plumas de sus recias y ásperas alas. Vuelvo a pedirte que abras los ojos y los vacíes en los míos, y caer en el abismo dorado de un cuerpo que se me antoja hogar para mis manos y mente para la mía. Escribir cada mañana, versos de nuestra vida en tu espalda, con las uñas de esa pasión inefable que siento por ti, renglones apretaditos, que no quiero olvidarme nada a tu lado, abrazarme a tu cintura y pasear sobre esta red cuyos hilos hacemos gruesos cegando los agujeros, y no caemos, nos lanzamos a nuestro vacío con mi mirada alfombrándote el camino y con la tuya, esa bufanda que siempre me arropa y nos aúpa un paso más. Caminar despacito pero seguro a tu vera mientras me baño en la sal de tu risa y te salpico con mis dulces de salpicón, cuarto de ternura, pizca de cariño, puñado de amor.
Necesito y necesito y todo me lo colmas tú.
Me acompañan...
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31 de enero de 2013
5 de julio de 2011
6 de mayo de 2011
Tres golpecitos sobre el cubo
Como respirar, como dormir, como comer, es un acto parecido por conocerlo todos desde pequeñitos.
Se sientan sobre la arena, solos o en un grupito de hacendosos trabajadores, las piernas estiradas y con una montañita de arena entre las piernas. Si está mojada, muchísimo mejor, no hay comparación. El proceso siempre es el mismo, después de tirar los cacharros de jugar con la arena desperdigándolos por todos lados, se concentran en llenar el cubo hasta el borde. Después, enrasan la tierra con sus pequeñas palmas y con más intención que posibles, lo vuelcan dándole la vuelta. Siempre demasiado despacio derramándose una parte.
El futuro castillo ya está preparado.
Sólo falta el toque mágico, universal, conocido por absolutamente todos. Tres toques con la pala, sobre el culo de plástico del cubo, como los golpes imaginarios que da un mago en el aire antes de terminar un truco. Igual de mágico, fascinante e importante.
Sin los toques, sin duda, el castillo de arena nunca sale bien.
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