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25 de febrero de 2013

Recuerdos

Imposible deshacerse de ellos. Fundamental convivir con esos besos guardados en los bolsillos, que pesan, y te alargan la sombra proyectada por el abrigo. Abrazos que lastran el paso, amarrados sobre los hombros que añoran, gimotean, se rinden a lo que hubo y no regresó. Hay que abrigarse bien, te dicen. Y buscarse unos nuevos labios a los que quemar con la mirada, una espalda agradecida que se deje atrapar por las manos, huérfanas, perdidas entre la muchedumbre de rostros vacuos, penitentes, dolientes entre estos tiempos de malas caras. Pero es difícil, sobre todo si tu tiempo se cuela entre el sumidero de la soledad impuesta, que no buscada, porque su rostro alegre y feliz, siempre se te aparece en la retina del ordenador, en el vaho de las ventanas, escondida tras los visillos, jugando con mi boca, guiñándome la vida desde sus canicas oscuras, vivarachas, ensombradas por un flequillo inverosímil. Complicado respirar es, y no ahogarte con su perfume, nadar sin que sus manos se ahorquen a tu cuello y te inviten a bucear en tu ineptitud... Porque todo lo bueno piensas que fue por ella. Lo dulce, la felicidad, la vida, la magia que estuviste rozando con la yema de los dedos, y terminó por huir en su sendero.
Es tan difícil no recordar, y vivir sin caer en ello...

14 de febrero de 2013

Felicidades, Antonio

Hoy es el día de San Valentín. Como me siento especialmente enamorado, ahí va, para mí.

Te quiero, porque te quiero,
no hay motivos ni porqués,
ni dudas o temblores,
sin límites ni fronteras,

deambulo sobre las suaves curvas de tu cuerpo,
y no me canso de remar sobre esas olas,
recorrerlas sin respirar, esfuerzo que agradecen mis pies,
acariciando tu piel con mis plantas, nutriéndome de tus poros,

detenerme en tu boca bendita, remanso de miel y dulzura,
enormes labios para mi espalda, y sueños inacabables,
recorridos una y otra vez con mis yemas de algodón,
a un milímetro de tus comisuras,

ojos cerrados, tendido allí, observando tus perfectas pestañas,
cobijando tus pupilas inquietas,
sobre una tez blanca como mi piel,
pelo dorado y alborotado, selva de juncos recios protegiéndote de mí,

colarme como arena en tu reloj,
grano enorme que es corazón,
atrapado en la planitud de tus caderas,
al puerto de tu tibia sonrisa, salada, amarrado,

aunque en un día como hoy,
tu corazón viaje en Correos,
paquete postal para él,
y no pienses en quien te ama,

no hay terapia contra ti,
extirpando un gran trozo de cerebro,
y un buen pedazo de corazón,
después, ya veríamos qué…

Enamorado de ti, por siempre...

 

12 de diciembre de 2012

Obsesiones

Quiero dejar de quererte,
y me está costando un triunfo.
Lo deseo con toda mi alma,
y cuanto más aprieto mis sienes,
en ese esfuerzo vano,
más difícil es,
sacarte de mi mente.

Quiero dejar de pensarte,
y no está siendo tarea fácil.
Ni el tiempo, ni la ausencia de palabras, o la distancia,
logran que esa esperanza se convierta en logro.

Quiero olvidarme de tu mirada,
de esos ojazos inquietos, manos increíbles, espalda inaccesible, mente impenetrable, labios en el infinito.
Sustituyendo tu presencia por otras,
paisajes improbables, tareas siempre absurdas,
y un futuro imposible.

Y lo quiero ya,
inmediatamente,
para ayer,
porque mi cabeza se pierde,
cada día en un nuevo laberinto,
y no hay manera humana (a mi alcance) de acercarme,
a ese deseo.

2 de noviembre de 2012

Sentir

Yo no quiero tener algo contigo
lo quiero Todo
buscar juntos de la mano los límites de las miradas
extender los brazos al cielo hasta quebrarnos los codos
y las yemas de los dedos ardan palpando los rayos del sol
ojos enormes, fuera de sí, buscando los extremos de nuestra naturaleza elegida
la de ser
dándolo todo
yo a ti, de cabeza
tú a mí como quieras
mas quiérelo Todo tú también
y alcancemos cimas atados por las muñecas
con los dedos sellados
labios cosidos
ojos atados
sólo dos zapatos para nuestros cuatro pies
las mentes acopladas
y los corazones agitados

13 de agosto de 2012

Perseidas

¿Todo bien? Preguntó C en su tono habitual, el de siempre. -Claro, muy bien- respondió T como solía hacer para no preocuparla nunca. Aunque normalmente no había nada de qué preocuparse, la verdad. T era una persona enferma, crónica, intratable, incurable seguramente. Ya en ocasiones los médicos así se lo diagnosticaron y a ello se resignó para siempre. Y los dos lo sabían así que él la quería, y ella se dejaba querer.

Pero T se desangraba por dentro. Un chorro imposible de detener después de un par de curas que ya le hicieron durante su vida. C, incapaz de ver la herida bajo su ropa, caminaba con sus preocupaciones y ese andar peculiar suyo siempre comandado por una mente lúcida, privilegiada e inquieta que se preguntaba e intentaba responder con la misma soltura y entendimiento. Centrada en su vida, en su día a día y en ese futuro prometedor que ya le reclamaba su atención con guiños hacía algunos meses como ella contaba entre sus inquietudes.

T, otra noche más, subido a un montículo crecido entre las dunas de una playa salvaje del mediterráneo, de las que apenas quedan, ponía un vendaje nuevo sobre la enorme herida abierta. Tratando de taponarla. Bajo una luna menguando, observando su brillo reflejado en una estrecha franja de plata cosida a la superficie del agua. Acariciado por una cálida y mínima brisa que lo humedecía todo constantemente y perlaba gotas de sal en su rostro cansado. Intuyendo parejas ocultas bajo la noche, matándose de amor. Como a él le gustaría morir.
Estaba agotado. Terriblemente cansado. Por ese boquete en el corazón, lo había perdido todo.
Propuestas, declaraciones, principios, ofertas, deseos, anhelos.
Futuros, destinos, ambiciones.
Compartir, proteger, caminar, ayudar, disfrutar, viajar, estudiar, comer, sentir, vivir.
Soñar, respirar, caer, y de nuevo a caminar.
Ver las estrellas.
No le quedaba más que decir porque todo lo había dicho. Se había vaciado el alma por completo. Sólo le restaba repetir y reiterarse en lo ya hablado y escrito innumerables veces delante de su vista. Y esos ojos oscuros e insondables. Absolutamente todo se le había derramado desde allí dentro y en gran parte había caido sobre la arena de la playa, humedeciéndola un poquito para, un minuto después desaparecer en una cicatriz sobre la piel, sobre su mente fresca e inteligente colándose hasta ese anaquel de lo poco importante ¿o no? No sabía a ciencia cierta. Ella adolecía de una falta de expresividad peculiar. Y en el terreno de lo anímico y sentimental, esa comunicación ni tan siquiera existía. Lo echaba de menos, eso era seguro, porque lo había dicho, y sólo decía lo que sentía. Y sus manos siempre estaban para él. Pero no había más. A menudo perdida en su pensamiento olvidaba las respuestas. C jamás decía nada que no tuviese que decir, muy al contrario que él, que no se callaba nada. Menudo elemento disonante este hombre estúpido y arrogante.
En una ocasión, Brau le dijo, -si no hablo es porque no tengo nada que decir o porque lo que tengo que decir no te va a gustar y prefiero callarlo-. Quizás era una práctica extendida entre las personas inteligentes.
T, que en estos lares de los sentimientos siempre se había topado con el muro que ella había construido entre la mente y el corazón, se preguntaba cómo habría sido antes con otros. ¿Con qué asiduidad habría dicho esos -te quiero-? ¿Habría soltado alguna vez un, -te necesito todos y cada uno de mis días porque contigo se mueve mi mundo y tu aliento le da alas a mi vida y una sonrisa permanente a mi rostro-? (bueno vale, también sirve -eres mi vida y te necesito todos los días-).

Noche de calor enfermizo. Día de mierda el de ayer haciendo huecos en la casa para apilar las cajas con recuerdos transportados en una mudanza inmunda e interminable. Mejor hubiera sido echar todo al contenedor del portal. Seguramente al final, serán mis hijos quienes lo hagan.

De lágrimas también. Quería querer hasta que no cupiese más, y el bote está a punto de reventar. Así que las gotas se derraman por los ojos. T no tiene más que añadir y lo sabe. Se está haciendo un experto jugando al frontón desde que hace deporte. Lanza palabras y frases contra un muro semipermeable y la mayor parte rebotan, y de nuevo las vuelve a arrojar sobre esa pradera de hierba alta, fresca y hermosa para que sus briznas las acaricien y endulcen una pizca, a ver si así calan a través de la piel de C, tersa y dura, eludiendo el muro erigido allá adentro y cobijándose al abrigo de ese corazón vírgen.

Probablemente la respuesta a la inquietud de T es evidente y sencilla. Ya se lo dijo Brau. Pero es que este hombre es terco por naturaleza.

Lo último fue sacarse el corazón allí mismo sobre la arena fría de la playa, arrancándolo a través de la herida y dejándoselo a C sobre un papel virtual. Ahí, no hay viento que se lleve ninguna palabra.

Creo que va a ser difícil echarte más de menos, o simplemente quererte más.
Empieza a no caber.

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19 de julio de 2012

Soñando (de nuevo)... contigo (una vez más)

Tomó una enorme cucharada hundiéndola hasta la base del bote de mermelada de fresa. Con calma, la gelatina, empalagosa, lo cubrió todo, incluso sus dedos. A medida que se descolgaba de la cucharilla, más azúcar se iba añadiendo al momento y el deseo se dilataba a cada segundo.
Ella, tendida sobre su espalda cansada tras un duro día, pero con una sonrisa franca dibujada en su rostro. Le encantaba llegar a casa y que él la desnudara en la misma puerta, con esa ternura lenta y concentrada, mientras con sus dedos le rozaba apenas la piel, y le masajeara las piernas, los brazos y la espalda antes de tenderla sobre la cama a tomarse su respiro. Las piernas ligeramente flexionadas y separadas apenas lo que le permitía su agotamiento. Con ayuda de sus brazos le abrió algo más los muslos, lo necesitaba para admirar su sexo dispuesto y actuar como pretendía. Torpemente paseó la cucharita hasta apoyarla sobre el botón dispuesto de ella, y dio un respingo. Una nueva cucharada de confitura lo acompañaba hasta la frontera de su vulva. La frialdad del metal, la textura de la mermelada resbalando entre los labios y la dureza del cóncavo acero terminaron por estremecerla. Con los párpados echados, concentrada en dejarse llevar, soltó sin pensar más un par de gemidos y se abandonó al sentimiento. Borbotones de fresa teñían de rosa su sexo que se contraía y expandía, en una vibración lenta con tenues golpecitos de placer nacidos muy adentro. La mermelada se colaba inmisericorde entre los pliegues de sus labios cálidos y empapados, a través de la rendija crecida allí mismo en el centro de su alma, rodeando la entrada a su gruta dulce y húmeda, hasta descolgarse finalmente por la puerta de su lindo trasero, en formas de hilillos dulces de caramelo. Él le dedicaba un tiempo incalculable a todo, y a ella en particular le rendía pleitesía con todo el que le prestaba la tarde. Era vivir para entregarle hasta el último suspiro y lograr una nueva sonrisa en su rostro. Le encantaba adormecerla con el tacto, relajarla hasta la extenuación utilizando sus dedos, la boca, o la suavidad perfecta de un aceite de masajes con olor a lavanda, romero, ciprés también. Con la calma del que disfruta dándolo todo y recompensándose sólo con su mirada perdida, le introdujo la cucharilla entre los labios. Limpió el metal con dulzura restregándolo entre sus pliegues, doblando su piel en pedacitos con la punta del cubierto, pellizcándola al mismo tiempo con las yemas pringosas de sus dedos, dejando burbujas de fresa esparcidas sobre la superficie de su vulva resplandeciente, borbotones de confitura desperdigados sobre la piel necesitada de oxígeno para llegar hasta el día siguiente. De nuevo una vez más se convirtió en plato de placer. Postre manjar entre manjares. Pastel de corazón con mermelada de fresa derretida y alma rendida en tiras de cáscara de naranja. Con los preparativos ella se desarmaba absolutamente e involuntariamente le dejaba hacer. Claro que lo deseaba. Que el tiempo se alargase hasta el día siguiente y volver a sentir el mismo placer. Y se dejaba llevar porque eso, era sentir la vida. Aquella mezcla de flujos y dulces texturas en su sexo, de líquidos derramados y gotas deslizándose por todo él, la transportaban lejos hasta la negrura de una noche de primavera tumbada bajo el Universo, admirando un abismo de estrellas junto a él, cogidos de la mano, girando bajo la mirada atenta de la Luna y sonriéndole a la vida en una conexión total entre sus minúsculos corazones.
Con su delicia preparada, él continúo su ritual de sensaciones. Ansió su pastel y con la boca abierta tanto como las piernas de ella le permitían, se relamió entre sonrisas de un placer conocido y comenzó su paseo de verano. Deslizaba su lengua lentamente por el valle ofrecido mientras con sus dedos estiraba de los labios tiernamente. Mojaba la hierba peinándola con los labios, lamía la corriente del hirviente arroyo que en el fondo discurría alborotado, desbordando su cauce por ambas orillas, suavizaba la rendija plana y tibia allí escondida, ensalivaba su superficie enrojeciéndola con la fresa desperdigada y mezclada con su saliva, penetraba apenas la puerta de su intimidad con la punta de la lengua, mezclando elixir de su boca con la humedad exudada por ella, almibarándolo al fin con la mermelada que aún rezumaba por doquier…

Y la pasión desgajaba tanto deseo entre ambos que terminaban desangrándose en un abrazo perpetuo, crisálida de dos seres engarzados en montura de plata, envoltura de ámbar y un núcleo de un amor sin límites.

18 de julio de 2012

Lo que yo haría si estuvieses en mi salón…


Siempre tengo ganas de ti, y tú, aún no lo has asumido. O sí, pero no lo interiorizas porque no es creíble viniendo de mí.
Lo disfrutamos todo y eso acrecienta mi necesidad de ti.  Los instantes cortitos y las interminables horas de conversación compartiendo palabras y cafés. Porque siempre busco soluciones y nunca pongo trabas a nada. Porque me falta tiempo para acudir a tus mensajes, a una llamada, y siempre encontramos un arreglo para solucionar el mundo y al final todo hace que sonrías y termines por olvidar el problema (al menos un ratito). Y las horas a mi lado se te pasan sin darte cuenta. O a mí sin dármela yo. Porque siempre propongo y aunque nunca hayas dicho sí, a mí me falta tiempo para atender a tus planes, esas citas etéreas que existen, o no, nunca supe si fueron un sueño…

Retomaríamos esos interminables abrazos repartidos entre los pliegues de las sábanas. Los que perdimos esa noche rendida al sueño. O sólo uno infinito, sin despegar mi piel de la tuya, sin detener el paso de los dedos por tu espalda. Cogido a tu cintura, en un espectáculo de salón, aprendiendo a bailar al son de la música de tu corazón. Pegados como una guitarra al cuerpo de su amo arrancándole notas y suspiros. Tumbados sobre el lecho duro y áspero de un sofá cama que ni es sillón, ni cama. Revuelto por el deseo de nuestros cuerpos inquietos y mentes que perdieron el autocontrol hace ya varios años. Me tienes pegado a ti y ambos labios sellados en un beso de carne y sabor, encontrando tu destino en la cuna de mi boca. Un sobre con el franqueo escrito de mi puño y alma, y tus letras empaquetadas entre los dos plisados de un folio desgarrado por las uñas de mi lado femenino. Las lenguas ansían saborearse mutuamente. Perfume de vida endulzado con la vainilla de tu cuello desgranada en saliva pleamar, cubriendo hasta los labios. Que no cesan en buscarse, tocarse, lamerse, hundirse en ese fondo inalcanzable que nos hemos excavado hasta los pies e irlo llenando tú de mí fuerza y ganas, y yo de tu esencia tan abrumadora. Los míos, puerto de mar salado y neblinoso, esperando que atraques tu barca invisible, cargada de especias y sabor, el tuyo, tamizado en un polen minúsculo listo para envenenarme. Sin duda te lo compro todo.

El lento caminar en una noche de verano hirviente. La puerta del sendero ya quedó atrás y nuestros brazos fundidos sólo se observan como un abrazo desde la lejanía. Tendidos cuerpo a cuerpo y mente a mente dejándose ir. La mía rendida en la primera batalla que nos enfrentó hace ya tiempos inmemoriales. La tuya, dictadora en tu tierra y, doblegando siempre mi pensamiento, que se arrastra, como las manos, que rozan tu talle de nuevo hasta enclavarse entre las costillas, acariciando tu dorso suave, piel inmaculada reflejando la madurez de una juventud desflorando entre sentidos y deseos. Sigue abrazada a mí porque te hago pensar.  Y eso es lindo. Sorbe mis labios hasta agotar la quietud de tus pupilas que indagan en mi mente encontrando siempre respuesta. Estás a gusto junto a mí disfrutando de esa paz que se me descuelga entre los dedos colándose hasta tu vientre tembloroso. -Sssssss, tranquila, todo puede ser así- susurro a tu oído entre mordisco y beso, entre beso y beso, entre beso y sonrisa.

Sin mover los pies. Los tuyos sobre los míos. Plantas y empeines unidos en caricias de esas que te hacen sonreír evaporando muecas aunque no quieras, deditos juguetones involuntarios rozando la piel de los talones, los tobillos, las pantorrillas que se erizan al contacto con mi calor. O mi boca, endulzando el sabor de mi vida conectada a tus talones, ensalivados, empapados por la lengua que vibra mientras sorbe pedacitos de tu piel cansada. Chupo esos tobillos, final de tu cuerpo hermoso y grácil, tragando la sal de una vida que se desmadra al contacto con la tuya. Estás a gusto conmigo, y lo sabes, puedes creértelo. Siempre tengo ganas de ti y ando elucubrando la próxima sorpresa. No es necesario, y lo sabes. Un –te necesito siempre- ya son alas para saberte querida.

4 de julio de 2012

Tic, tac...

Hoy desperté cansado de quererte tanto. Agotado de soñarte velada escondiéndote entre las calles confusas de un pensamiento onírico que no cesa en su empeño de buscarte.

Tormenta de agosto que no está, llevándose mi fuerza entre las gotas. Lágrimas cayendo por la ventana. Lluvia de deseos deslizándose por mis mejillas, empapando el trozo de papel en el que apunto ideas brillantes. Para que no se me olviden… Pues menudas ideas entonces… ¿Cómo atraerte hasta mí?

Recuerdo cuando nos sentamos juntos por última vez sobre la arena de la playa. Yendo al encuentro de la noche mientras el atardecer nos cubría. Yo, esperando. Que regresara la ola y su cresta rompiera a nuestros pies, y su espuma trayéndote a mí de nuevo.
Últimamente esperando. Tic tac, tic tac, tic tac. Entre tontuna y tontada. Colándose el tiempo por las hendiduras de la resignación. Deseando poder volver a tocar tus labios con los míos y detener la sensación, amarrarla con un grueso cable de acero para saborearla lentamente durante unos días más. Hasta el regreso de una nueva ola y con ella tus manos, tu mirada, esos ojos brillantes e inquietos, temblorosos tal vez.

Observando los dos, cogidos de las manos, los brazos pegados, mis pies cubriendo y abrigando los tuyos, protegiéndolos de la brisa llegada del Atlántico y el fresco derramado por la umbría. Tan pegados que el pensamiento es uno, y desde lo alto de las rocas, allí atrás, nos veían como sólo una silueta.
Sabes que la conexión es enorme.
Oliendo a sal. La humedad penetrando en nuestros cuerpos, dejando trocitos de mar y algas, de pececillos con sabor a costa. La arena fresca, abandonada ya por los rayos del sol. Los pies enfriándose, los míos siempre al acecho de los tuyos. Como las manos, imantadas hacia tus dedos (y mi boca)… O la mente, doblegada a la tuya. El deseo... Mejor no mentarlo.
Perdíamos la vista en el laberinto ocre del horizonte, yo, indagando tu recorrido en ese corazón agitado, tú… no lo sé. Silencio roto por la mar tranquila y ociosa, jugueteando con tu mente e intrigando la mía. Observo, analizo, te miro, sonrío, me callo…

Despierto abrazado a una almohada que no eres tú, besando una cremallera que no son tus labios. Latiendo un corazón que no es el mío. Reflejado en un espejo que no son tus ojos.

Preguntándome por qué no hay más. Sonriendo por la suerte de tener tanto de ti.

26 de junio de 2012

Yo


Vacío.
Un silencio abrumador que llena el ambiente ensordeciendo los oídos con su extrema calma.
Humo denso y negruzco de carbón cubriendo hasta el último resquicio de un hogar extraño infinitamente enorme desde el primer día que lo acogió.
Niebla huraña y doliente penetrando desde las paredes a través de sus oídos, reventándole los tímpanos como un martillo en la pared.

En el centro, sentado sobre la alfombra nueva, roja, de pelo suave y artificial, un hombrecillo débil y herido en su corazón, con los ojos cerrados y la cabeza reventándole con el ruido de la nada.
Golpea la mudez, inmisericorde, con su movimiento ondulante, imperceptible sólo por la pesada densidad que lo conforma, y se engancha al estómago engrandeciendo su tamaño, mezclándose con el ácido y fabricándose un vómito dispuesto a quemarlo todo a su paso.

Penumbra.
Persianas sin levantar y ventanas sin abrir. Fuerte olor a cerrado, y viejo, la senectud de un piso olvidado, deshabitado desde antaño. No hay luz en la estancia y T mantiene cerrados sus párpados, confundido, desorientado en un desierto de sentimientos. En el centro de un laberinto, agitado como un látigo sin control dentro de su cabeza, zarandeado por la espiral de un pensamiento insano y repetitivo, una obsesión incontrolada, un sueño iterativo y monótono. Un querer vertiéndose de una botella abierta goteando sobre los desperdicios absurdos de las ideas oscuras y perdidas. Una batalla más, perdida, como todas las anteriores. Un recuerdo funesto revivido nuevamente, otro más de esos que aparecen cíclicamente. La misma amargura, idéntica perdición.

Silencio.
Las lágrimas ruedan como troncos sin frontera, arrastrados por la superficie de un río manso. Pesadumbre y tristeza cogidas de la mano caminando de puntillas sobre los maderos que río abajo flotan y se hunden, alternativamente a su libre albedrío.
Nunca encontrará esa misma imagen de él. Entrega hasta lo imposible. Ternura interminable y unas ganas de querer sin límite humano ni lógico.
Mierda… Otra vez la misma historia. Y pensar que llegó a creer que podría ser…

De nuevo volver a hincar la rodilla en el suelo y asirse con fuerza a lo que siempre lo mantendría con vida, la sangre de su sangre. Se prometió a sí mismo (de nuevo) entre sollozos no volver a tropezar de nuevo así. No necesitaba, ni quería, ni debía permitirse otra lucha más. Cada vez que caía, el golpe dolía el doble que el anterior, y ya no estaba en edad de poner más tiritas al corazón. Se sentía extenuado, abatido, hundido hasta el fondo de una profundidad abismal, la misma que miró sentado desde el borde de un acantilado frío y gris apenas hacía dos meses.

Distancia.
Infinita…

16 de mayo de 2012

Asuntos del corazón


En una ocasión escuché por la radio (creo que a Juan José Millás), que para escribir con inspiración y fecundidad, hay que estar jodido del corazón. Los autores más fértiles son los que arrastran un mal de amores importante, y cuanto más grande es, más y mejor escriben.

Después están los enamorados. Esos, como tienen cubierto el corazón, henchidos de felicidad, tienen menos cosas que contar, puesto que viven disfrutando de cada momento y caminan con una sonrisa en la cara que les impide concentrarse en las letras.

Comparto su opinión, aunque no sea científica ni aplicable a todos los casos, obviamente.

Llevo una racha en la que apenas escribo…

19 de abril de 2012

Una noche de primavera. La noche.


Fuera junto a la puerta, extrañamente ronroneó el motor de un coche. Allí jamás llegaba nadie porque era lo último del camino. Al momento sonó el claxon de un pequeño modelo, al menos era lo que se desprendía del apenas audible bocinazo. Sorprendido por el ruido, dejé a un lado la novela que tenía entre manos y me levanté del sofá de un súbito brinco. Traté de vislumbrar a través de la ventana pero la lluvia constante de ese día no me permitió observar nada más que sombras entre penumbras. Caminé hasta la puerta, agarré el paraguas abierto que siempre descansaba allí durante los días lluviosos de invierno y me dirigí hacia la valla del jardín. Entre la fina lluvia que blandía la tierra y las luces no muy potentes del coche entreví al otro lado de la cancela la puerta abierta del conductor, y delante, tu pequeña figura quieta, que se mojaba suavemente y el pelo se aplastaba dulcemente contra tu rostro, relajándose a lo largo del cuello. Las nubes acariciaban tu piel con sus múltiples brazos hechos trazas de finísimas gotas de agua.
Me quedé petrificado por un instante, sin reaccionar. Jamás hubiera creído posible la sorpresa tan grande que acontecía. Apenas unas horas antes, entre bromas y deseos te había invitado a mi casa del pueblo y de nuevo habías rechazado la oferta. Como siempre hasta entonces. Pensaba rápidamente cómo habrías dado con el sitio y al momento sonreí sabiendo que sobre demasiadas cosas inciertas, eres muy lista y despierta. Realmente siempre habías tenido todas las pistas en tus manos.
Así que, allí estabas, inmóvil, callada, humedeciendo tu cuerpo bajo la enésima tormenta del fin de semana, con ese gesto tan interesante que tienes cuando inclinas ligeramente la cabecita a un lado implorando que entienda lo que pasa por tu mente y torciendo en el mismo sentido las comisuras de tus labios en una suave uve de esas que cogería entre las manos y protegería eternamente con un cuidado extremo, como una pieza de vajilla china de una milenaria dinastía.
Reaccionando un segundo después, abrí la verja torpemente, enfriándome las manos con los hierros y tropezando con las pizarras del camino que se levantaban por doquier gracias al ímpetu del agua que horadaba el terreno bajo las piedras. Lentamente y sin importarte la lluvia, retrocediste hasta tu coche y con la misma prudencia de siempre lo condujiste dentro del patio frente a la casa.
            La tarde ya era gris plomizo, casi negro por la luna castigada en algún rincón invisible, y la lluvia incesante me ayudaba en mi propósito de abrigarte dentro del hogar y proporcionarte calor para entibiar tu aspecto. Con una pequeña mochila y cogidos de la mano caminamos hasta la entrada, ascendimos los tres peldaños hasta el rellano, vigilados por la visión del farol tenue y austero que apenas ilumina el pequeño recibidor ante la puerta.
            Inmediatamente llegó el primer abrazo. Bajo la tonta luz, realmente inútil contra la nube de humedad que nos rodeaba, imbuidos en el fresco silencio del monte solo quebrado por la naturalidad del agua desintegrándose contra el suelo. Izándote con fuerza entre los brazos te sostuve muy apretada contra mi pecho un par de minutos interminables. Nos cruzamos un primer –hola- susurrado entre los dos. Las miradas inequívocas no se desprendían de nuestros ojos. El brillo de tu pelo mojado y apretado contra tu rostro te hacía una cabecita aún más pequeña y redonda. Me empapaste la ropa por completo pero pensé que así te secarías antes usándome de toalla. El mundo desapareció unos momentos mientras tu mejilla se apoyaba en mi hombro y tus pequeñas manos se escondían bajo el cuello de mi jersey y heladas se acomodaban en el principio de mi espalda. Y la vida se me hizo azul allí mismo. No me habría movido si no hubiera sido por tu tiritona repentina. Pero ya no solté tu mano ni el brillo de tus pupilas cristalinas y voraces en las que me reflejé el resto de la noche.
            Pasamos hasta el comedor deteniéndonos un instante frente a la chimenea en un chaflán de la estancia. Brillaba y refulgía en todo su esplendor despedazando en sus entrañas unos leños mezclados de encina y tocón de olivo. Frotaste las manos frente al hirviente cristal comentando lo calentito que se estaba allí, y las mías se encargaron de aderezar aún más la temperatura de tus dedos ateridos, cubriéndolos suavemente. El tacto de tus manos envueltas por las mías es sensación sublime. La cálida suavidad de tus pequeños dedos, la sedosa piel que tanto cuidas con esmero. Un goce sin igual. Me dan fuerza en la flaqueza, energía en el abandono…
            En la habitación sólo iluminaba una lámpara de pie estilo moderno, reclinable en cualquier sentido, con un globo otrora blanquecino, ahora amarillento. Los conciertos de piano y clarinete se sucedían en la cadena de música, suaves, alternándose en un baile de recopilación de música clásica, de estilo “relajante” tan en boga en estos tiempos. Ideal para el momento porque sólo pensaba en mecerte, acunarte hasta el olvido, o hasta que a ambos nos apeteciera pasar a otros sentidos. . Hasta entonces me había dedicado a leer Villa diamante, de Boris, pero ante semejante visita lo eché desde el sofá sobre la mesa, tensé la manta que cubría el sillón avejentado y con una palmadita sobre los cojines te hice el gesto para sentarnos.
            No recuerdo qué pasó después en el resto del Universo. Como cuando se levanta el telón en el teatro, empezó la obra según te sentaste y dijiste –bueno, pues eso… que he venido- sonriendo nerviosa, perdiendo  tus ojitos entre los míos y las paredes ocres del comedor. Me acuerdo que tomé tus manos con las mías y empecé a acariciarte los dedos con lentitud y cuidado, haciendo girar tus tres anillos de plata, a uno y otro lado de tus dedos, tocándolos suavísimo como plumas de un pajarillo. –No te lo esperabas ¿verdad?- me susurraste entrecortada. –No, nunca hubiera pensado que fueses capaz- le contesté tartamudeando.
            Desde el instante en que nos encontramos frente a frente, las miradas no retrocedieron ni una centésima, siempre huyeron hacia adelante, buscando el corazón más allá de los cuerpos. A medida que tus pómulos recobraban el color y la agradable temperatura de la hoguera caldeaba el ambiente, nos afianzamos el uno con el otro y mis pupilas se encadenaron a tu mirada sin retirarse de la visión. Los ojos se buscaban tiñéndose de lágrimas de deseo y una vez conectados eran incapaces de desprenderse.
De repente caí en la cuenta que era la primera vez que me mirabas fijamente sin desplazar un ápice la vista de mis ojos. Algo había cambiado y me calaba dentro muy hondo. –Voy a quitarte la blusa que está empapada- creo que balbuceé, y asentiste sin decir palabra. La desabotoné tranquilamente, indagando en tus ojos un gesto de rechazo que sabía no llegaría, y cuando cayó al suelo, en medio segundo hice lo propio con el grueso jersey que vestía. Y ese abrazo que empezó minutos antes en la entrada se continuó después bajo las estrellas fabricadas por las chispas caóticas en el espíritu de la chimenea.
Mi cuerpo se unió al tuyo en un despertar de sentimientos agazapados hasta entonces, reventando aromas de primavera por las esporas de nuestras pieles, que ardiendo se calmaban frotándose una contra la otra. Bocas pequeñas las nuestras, pensadas para sobrevivir cogidas de los labios, uniéronse a cámara lenta, buscándose en esas caprichosas formas cóncava y convexa formuladas para permanecer ensambladas como el yin y el yang, transmitiéndose energía, acoplándose en un mar de sensaciones sembrado de olas que van y vienen rompiendo en la garganta, cayendo hasta el estómago y desmenuzándose en el impacto, desparramando calambres de ternura, relámpagos de cariño y truenos de corazones estremecidos por la certeza de saberse inseparables por siempre.
No olvidaré mientras viva el minuto que vivimos hasta el alba, horas concentradas en apenas un puñado de segundos.
Sentados frente al fuego, sobre la manta de hilo grueso tirada en el suelo rústico pero cálido, cara a cara explorando nuestra desnudez con las extremidades de nuestros organismos destinados a entenderse. Tanteabas mis labios débilmente con las yemas de los dedos y los ojos cerrados y yo me dejaba hacer a la par que los dorsos de mis manos moldeaban tus senos recorriéndolos con extrema dulzura, aplicando varias capas de barniz de afecto duradero. Modelaba tu cabeza misteriosa entre mis palmas mientras tú acariciabas a un milímetro el vello erizado por el sentimiento. La ternura en estado puro, vino y se instaló entre nuestras espaldas malheridas y apaciguadas por nuestras manos tan faltas de cariño. Pero ahí nacieron, surgiendo de entre la timidez y la cordura para asirse al cuerpo del otro y envolver las almas con piel de seda y regar los corazones con la sangre contenida entre deseos y palabras. Se mezclaron los labios en posturas imposibles y besos por docenas brotaron en la noche en que nos conocimos. Las piernas se enlazaron en maneras increíbles y entre lazos y curvas los brazos y sus dedos recorrieron las pistas de nuestros pensamientos largamente dedicados, apoyándose en las cunetas de cinturas abrasadas, vientres aplastados y hombros agraciados, con el premio de nuestros cuellos preciosos y tiernos buscando su apoyo en el pecho de cada uno.
Recuerdo el beso que nos vio partir hacia el sueño del amanecer. Cruzados los dos sobre la manta columpiados, en un caos de brazos y piernas mezclados en indagación del alma ajena, dándolo todo en un éxtasis de entrega y dedicación. Los rostros anudados por los párpados henchidos y los labios mimándose despejando el camino a lenguas temblorosas, ceñidas acariciándose hasta un cénit de perdición y sin marcha atrás.
            Después de esto, probablemente ya no habrá nada.
¿Y ahora, qué?

5 de enero de 2012

Pues eso

Te invito a cenar esta noche.
O nos hacemos un cine, cualquiera que te apetezca.
O a dar un paseo, indiferente el sitio.
O a tomar un café, en cualquier rincón.
O simplemente un rato de charla, de silencio tal vez si lo prefieres.

Pero ha de ser esta tarde o noche, y convertirte así en regalo de Reyes.
Si te animas y no estás a más de una hora de Madrid, ¿me envias un mail?

21 de noviembre de 2011

Sueño


El psicólogo le preguntó si tenía un sueño concreto, alcanzable, real, por supuesto deseado.

-Claro que lo tengo, -respondió melancólico-, -pero cumplirlo sería doloroso para al menos una persona, y supondría el mayor cambio en mi vida y la de otros tres, hasta la fecha. Y yo no me caracterizo precisamente por la valentía ni por las cosas bien hechas (para todos).

-¿Recuerdas la parcela en El Casar que compré como una “ganga” y que jamás podré revender debido a la crisis? –le preguntó al terapeuta. -Setecientos metros cuadrados en una urbanización agradable, en medio de campos de cereal, junto a un pueblo bastante grande y majo, a 25 minutos en coche del trabajo y a 15 del bullicio de Madrid. Rodeada de muchas parcelas con casitas individuales, de calles tranquilas y gente en su mayoría joven que ha optado por huir un poquito, muy poquito de la gran urbe.

-Allí en medio, construiría una casa de madera acogedora y no demasiado cara (fundamental), de dos plantas, cómoda y confortable sobre todo, con una buhardilla diáfana, ideal para un gran cuarto de juegos.

-Fuera, un jardín lleno de árboles, hierba salvaje, tomates y zanahorias para hacer más llevadero el verano, cercados por un caminito alrededor del vallado, suave y planito, para patinarlo o rodarlo en bici en cualquier momento.

-Ante los escalones del porche, un espacio hermoso para leer mientras se toma el sol, escuchar música con los ojos cerrados o comer al aire libre. O un trocito de mundo para ojear la noche allí arropado junto a alguien que quiera ser abrazado, y si quieres, escudriñando el cielo con el telescopio que nunca termino de desempolvar.

-Es un sueño bonito, -contestó el psicólogo- y a priori, podría ser el comienzo de una vida con nuevas perspectivas, sobre todo mentales, probablemente para ti y para los que te sufren. ¿No crees que sea eso precisamente lo que necesitas para empezar de nuevo?

-Claro, pero como te he dicho al principio, prefiero que siga siendo una ilusión, evitarle el dolor a esa persona que no me quiere pero que pragmática como es, espera a que yo cambie, me olvide de sueños de hadas, de cuentos infantiles, y me centre en la vida que me ha tocado y que es la que tiene que ser.

19 de noviembre de 2011

No recordaba la última vez que fui al cine a ver una película de mayores.
Anoche, en la sesión de madrugada, dos parejas escondidas mas servidor en pleno centro de la sala, nos metimos para el cuerpo: Melancolía.
Si habéis visto El árbol de la vida, empieza parecido y te temes que así termine. Pero no, al instante se convierte en dos historias de dos hermanas, completamente distintas. Da que pensar, mucho, aunque desconozco si eso es bueno a las dos de la madrugada. Lo peor para mí, los primeros planos tan cambiantes, oscilando veloces, tan encima de los protagonistas. Terminé mareado y con cierto malestar en el estómago.
¿Qué más? Pues extrañeza, un poco de angustia por el final que es ineludible desde el principio.
Un rato de relajación física pero no mental, eso sí.
Repetiré esta novedad del cine de madrugada, pero mejor en sábado después de haber dormido la noche anterior.

Recuerdo lo que nos gustaba el cine, y a esas horas...

12 de noviembre de 2011

¿Qué te ocurrió?

Cuando comenzábamos a construir,
todo se vino abajo.
Aún resuenan tus ininteligibles palabras,
en mis oidos tapados negándose a escuchar.
Las razones, se desparramaron por el portal antes de llegar a mí.
O nunca surgieron de tus labios.

2 de noviembre de 2011

Sueño imposible II

Júpiter y cuatro de sus lunas. No se le ven las franjas pero con lo que dispongo, no llego a más.


No existía el tiempo. Cuando sus ojos se encontraban, todo lo que quedaba más allá de dos metros se detenía. Era como si al verse, el universo se ralentizara hasta el punto de pausarse y retomara su camino una vez ambos se separaran. No lo hacían adrede, obviamente no poseían el poder de modificar nada a su antojo, prácticamente ni tan siquiera lo que realmente deseaban en cualquier momento de sus pequeñas vidas.

Por eso, cuando Toño tomaba sitio entre las piernas de Brau se dejaba llevar solamente por el deseo de percibir el placer en ella, de regalarle unos segundos mordiendo la luna desangrándose aferrada a su espalda. Se fabricaba las ganas de verla retorcerse hasta la extenuación, de observar el grado de ebullición que podía llegar a entregarle hasta abandonarse a un clímax irrefrenable e imposible. Separarle los labios de la vulva débilmente con una dulzura exasperante y a continuación hundir su lengua hasta el fondo de la raja caliente y empapada de deseo, de apetito y esperanzas, se convertía en un acto más que placentero, de entrega absoluta hacia ella. Deslizar el húmedo, rosado y caliente apéndice lentamente arriba y abajo de la superficie de su coño resbaladizo, dejando hilos de cristalina y brillante saliva, con parsimonia pero presionándolo firmemente y con fijación, se había convertido en un ejercicio de estilo que ella agradecía con cada arremetida de su boca. Pequeños gestos como asirse a su nuca con furia, o perderse en un horizonte infinito abocado a la ceguera de lo imposible eran sus reflejos habituales. Allí abajo, el rostro de él brillaba untado con esa mezcla de flujo, saliva y sudor, mixtura de emanaciones tibias, saladas y deseadas que dulcificaban el vaivén de su barbilla huesuda que excitaba más aún la carne de ella que se veía aprisionada y aplastada por su justo peso, rozada sin descanso, amasada con deleite y parsimonia hasta rendirse en adicción imperdonable.

Cuando los ojos de Brau se entreabrían, Toño aprovechaba y retirando su boca siempre ávida de ella, introducía un par de dedos entre los pliegues tiernos y débiles que ocultaban la entrada a la vagina, índice de una velada querida y deseada, deslizando las yemas de los dedos hasta apenas unos centímetros de la frágil e inocua puerta, aparcándolos entre las rugosidades de sus entrañas, proporcionándole algún que otro pequeño espasmo cabalgado como relámpago, atravesando su desparramado cuerpo, desde la carne imposible del interior de su vientre, hasta la nuca exageradamente forzada hacia un hombro, en un gesto de tensión y goce espectacularmente goloso, rendidamente semejo al de los buñuelos de nata resbalando tiernos y dulces por la garganta agradecida y voraz de una pastelera como Brau. Los dedos exploraban el interior de su coñito entregado, tanteando las paredes de su vagina caliente y dilatada, jugando a hacer círculos en el pocillo blando de ella, tensando y relajando el músculo allí escondido, abriendo un hueco enorme bajo la hendidura guardiana y dispuesta hasta convertirse en un deformado hueco de alma anhelante, agradecida y desesperada por ser rellena de lengua, de dedos, de alma desgajada y tejida con cualquier trocito de él.

-Quiero hundir mi boca en tus ansias y atraparte por el coño, cosiendo mi lengua a tu carne, surcar el pozo bajo tu raja agradecida navegándolo hasta beberme el mar que lo inunda -decía Toño mientras de reojo atisbaba su rostro encendido y enrojecido por la sangre revoloteando por su feliz cara, arremolinándose en las sienes y mejillas e inyectando adrenalina en la mente y en la sonrisa de ella.

Así que repetía lamiendo arriba y abajo, incansablemente, con toda la lengua luchando por escapar de su boca y convertirse en sombra de su conejo afable y delicioso, escurriendo lágrimas de saliva y formando hilillos de niebla densa con el flujo de ella, hasta un arroyo aguas abajo, descolgándose hasta mojar la imperceptible entrada hacia ese culete precioso que él tanto adoraba. Chuparle el tierno botón que coronaba su rosada rendija, apretada vulva rendida a esa boca juguetona, ya apenas protegida por unos fláccidos y agradecidos labios a los que Toño se asía con dedicación a veces, con fiereza otras, era siempre meta de todos los movimientos de su boca. Objetivo: sorberlo con fuerza, aplicando ganas y energía hasta relajarlo dejándolo escapar con un sonoro “muack” mientras lo degustaba con la lengua ávida, morderlo con los labios y ayudados por los dientes para impedir su vuelo, y sentir el volumen del pequeño guisante en el extremo de una apenas perceptible broza de músculo escondida bajo la fina y delicada piel de su sexo súper sensibilizado ante toda la atención que su amante le proporcionaba.

Brau luchaba contra la lógica y en cada ocasión separaba las piernas más y más que la vez anterior, dándole a él sitio para jugar con su cabeza acomodada tranquilamente entre los muslos, forzando hasta lo inimaginable la tensión muscular de sus piernas, tensándolas en un plano horizontal anormal por naturaleza, forzándolas a posicionarse como dos arcos rígidos casi perfectamente rectos y en los extremos, sus pequeños y tensos pies fruto de la excitación del momento. A Toño le encantaba cuando adoptaba esa postura de alta tensión, y aprovechaba el instante para morderle los talones con fruición, a chuparle los tobillos mientras le sujetaba firmemente los pies entrelazando los deditos de ella con los de sus delgadas manos. Y tras el suspiro inicial de sorpresa de Brau, se lanzaba a por su segunda pasión, los deditos ansiosos y alegres de esos casi siempre fríos pies que adoraban ser tocados y cuidados con mimo por el cuerpo de él. Siempre objetivo dulce y hermoso, jugosas piezas de orfebre que numeraba utilizando la lengua, contaba rechupeteándolos con boca sabia y delicada, repasándoselos con tacto y paciencia, sorbiéndolos con los labios y extrayendo el jugo de la felicidad brotada con naturalidad cuando con sencillez y cariño hundía su alma en el corazón de ella aunque fuera a través de la piel y el deseo, humedeciéndolos con la puntita de la lengua hasta convertirlos en alargados bombones de cariño y amor. Después, lamerlos intensamente, besarlos glotonamente, rozarlos con las mejillas mientras vencidos se dejaban hacer, y él, con sus pequeñas manos nunca terminaba de masajear como puzles infinitos en los que encajaba sus talones tibios, las plantas agradecidas de los pequeños pies y los tobillos níveos sumergidos en las orillas de los labios, agradecidos al masaje de sus cálidas y fuertes manos, dulces y hermosas terminaciones ocultas de los infinitos ojos de Brau.

¿Hasta dónde seguiré soñando? ¿Hasta cuándo estaré perdido? Añoro todas y cada una de tus miradas.
Espiral de sueños y abrazos perdidos es lo que puebla mi mente…
Sigo hundido por Júpiter, y más allá.


20 de octubre de 2011

Sueño imposible I

Brau abrió los párpados lentamente, se incorporó a duras penas y se sentó en el borde de la cama exhalando ya un potente aroma a calidez saliendo de sus entrañas. Con los ojos ligeramente ocultos, una sonrisa infinita, apoyó las manos sobre el edredón y dejó caer las piernas en una forma de uve muy abierta, con la vulva apuntando hacia el borde de la cama, los tiernos labios suavemente separados, por la humedad y la tensión propia del momento. El elixir brotando despacio, a pequeños impulsos emparejados con los latidos, y deslizándose hendidura abajo, marcando níveos brillos de sudor y excitación, hasta calar ligeramente la tela de la cama.

Toño se sentó dulcemente tras ella, apoyando su pecho contra la espalda caliente y perlada de tibio sudor de Brau. El pene de él con una erección creciente, aumentó hasta ese límite siempre insospechado tras el contacto de sus pieles anhelantes. Suavemente y con movimientos precisos y certeros, deslizó sus antebrazos rodeando la cintura de ella y atrapándola por debajo de sus suaves y rendidos pechos. Y desde atrás y sin compasión, pasó a morderle el cuello con ternura, a explorar la dureza de sus clavículas bajo la fina capa de piel que las cubre, usando sólo los labios, dos filos de carne húmeda y blanda succionando centímetro a centímetro la piel morena de sus hombros y su finísima nuca poblada por caracolillos indomables. Sujetándola firmemente, abrazándola con pasión, atravesándola el corazón y la espalda con disparos de afecto, cariño y ternura, se dedicó a besarle la espalda, a deslizar la punta de la lengua y dejar rastros de caracoles caminando sobre la tez aun tostada por los últimos rayos del verano.

Brau se dejaba llevar porque era lo que realmente le apetecía. Sustituir la frialdad de unas manos propias y conocidas, sabias y dispuestas, siempre ayudando a llegar a la plenitud, por la decisión de ese hombre con un único objetivo en su mente, hacerla sentir plena. Y hermosa, cuidándola y deshaciéndose en ternuras llevadas por caricias hasta hacerla caer en un rato de felicidad absoluta. Deseaba hundirse en el sexo en su máxima expresión, y bucear en un orgasmo inacabable, eterno, infinito hasta el dolor, intenso hasta la fusión de su ser con el de su amante fiel y rendido.

Después de ronronear un rato con la mirada perdida en los oscuros túneles taladrados dentro de los párpados, decidió reclinarse sobre su espalda. Toño la dejó caer tímidamente sobre la ropa de cama mientras imparable, constante, concentrado, jugaba con las manos, caminando por sus pechos hinchados y desafiantes, haciendo surquitos blancos presionando con las yemas alrededor de los pezones, presionando con los dorsos la esfericidad nacida entre las axilas y el esternón, deslizando los dedos a modo de plumas, a cero coma por encima de la piel, recorriendo su vientre y apenas rozando sus ingles. Deteniéndose en el ombligo para, siempre, besarlo y sentir su profundidad con el extremo de la lengua. En todas las pasadas. Y claro, ya que se encontraba por allí, tomando los pezones con la punta de los dientes, sorbiendo glotonamente las aureolas hasta saborearlas dentro de la boca tocándolas con la lengua. Y cuando así, a Brau le asaltaba un respingo, Toño movía su rostro hasta enfrentarlo al de ella y en un segundo colarle un beso de mandarina en el centro de su boca derretida, quemándose juntos, muriéndose a relámpagos, recorriéndose a ráfagas de atracción y necesidad, rindiéndose a una pasión imposible en este mundo y que siempre les estaría prohibida.
A Toño le encantaba Brau, su cuerpo delgado y largo rendido bajo las manos, disuelto bajo su peso, explotado en una melena castaña enmarañada sobre el edredón, dispuesto siempre a gozar de una caricia lenta, suave y levantando el vello al paso de cualquier rastrillo, trocito de cuerpo utilizado en sus tratamientos de amor. 

Brau disfrutaba con los párpados echados como cierres por defunción, queriendo adivinar el próximo toque de sus dedos, el siguiente mimo intruso y desafiante. Ardía sólo con pensarlo y visualizar la lengua de él abriéndose paso por su sexo derretido, así que lo asió por la cabeza y con firmeza lo obligó a bajar hasta su centro. Toño, solícito, derramó una sonrisa y pellizcando levemente los labios de su vulva cálida con apenas cuatro deditos, le dio un primer beso de aviso. Después, tensando con más fiereza los labios se hizo un pequeño hueco ya empapado y sobre él, deposito toda la lengua hasta abarcarlo por completo. Ella, de inmediato notó la frescura de la saliva que se mezclaba con su flujo, el contacto de dos pieles extremadamente sensibles, y recordó con placer y felicidad que era adicta a esa sensación. Él, como hacía siempre, paró el tiempo, y con toques acompasados, pasaba de rozarle los muslos con las manos, a caminar por los pliegues entre las piernas y su pubis, terminando por palpar los retazos de piel y bultitos que por allí se cosechaban. Pellizcar su clítoris con los labios, firmemente, sorbiéndolo con fruición y cinco segundos después dejarlo en libertad y volver a encadenarlo, abrazándolo con la lengua y ensalivándolo para calmar la ínfima convulsión provocada, era algo en lo que se perdía y tardaba en despertar. Como un sueño de los que nunca son reales. Y Brau se abandonaba aún más, rindiéndose a las emociones, a la imaginación, a las sensaciones. Su boca se inundaba de saliva y toda ella exudaba pasión por los infinitos poros de su cuerpo. Se mordía los labios, en ocasiones hasta sangrar, envuelta en un manto de vello erizado, enhiesto por las descargas eléctricas de su media naranja, la que desde allí abajo se introducía pequeñito, como podía, dentro de su ser.

Toño también se dejaba llevar y funcionaba por cariño eléctrico. Como un mecánico de precisión, le gustaba esmerarse en la maquinaria y pulsar donde debía para que su dueña simplemente disfrutara. El sexo oral era un disfrute máximo. Invariablemente con constancia, lentitud, una pasada de su boca por lo más hondo de esa rendija ávida y salada como el sudor y un segundo después, ahondar hasta lo imposible con la lengua atravesando la puerta de su pequeña y dulce vagina, y sentir, degustar una mezcla de sabores de ambos, de ese caldo blanquecino que brotaba de ella, batido con la saliva de él y el sudor del terciopelo de su boca y sexo fundiéndose allí abajo, allí dentro, allí perdidos ambos caminando juntos de la mano, haciendo la misma senda, regalando felicidad en cada cruce de miradas, atados por las pestañas para no perderse jamás, la mirada del otro.

7 de octubre de 2011

Ido

A mí, lo que realmente me apetece, es beber,
descansar mi sedienta lengua sobre tus cristalinos hombros,
asidos con dedos y ansias, pecho contra pecho, al atardecer,
relajar tu tensión con bálsamo de menta fundido por mis labios.

Deshacer desalientos con el ungüento de mi saliva,
conjurando deseos con los pálpitos del corazón,
arrancando susurros y gemidos de tu alma recién nacida,
labrando hilillos de agua gélida y fresca perdición.

Levantar las duras escamas acumuladas en el día,
rozando mi cuerpo contra el tuyo y así limpiando,
tu piel con las plumas de mis yemas sabias,
desbrozando la espalda con las palmas lamiendo.

Deja que sople deseos sobre las crestas de tus clavículas,
y extraiga esperanzas de ese pozo infinito en el que nadas,
mordiendo, lamiendo apenas el vello de tu cuello,
rumiando pedazos de piel salada y tibio elixir de vida.

Y que te lleves contigo,
el sabor de mis dedicados besos en tu espalda,
las eses de mis labios derretidas por tu piel,
el corazón ablandado con rodillo de susurros y masajes de ternura.

Deshojado mi corazón en pétalos de cálidas plumas,
con puntadas de seda bordado un edredón de amor,
que cubre tu mágico y embelesador semblante,
y caliente tu alma con la llama de mi tibia sangre.

Que un terremoto de estremecimientos sacuda tu nuca,
cuando escarbo en ella con las llagas de mis yemas,
logrando estirar con fuerza las comisuras de esos labios,
que ardiendo, reventados, ansiados por los míos se inflaman.

Sólo quiero que este cielo descargue,
tremendo rayo sobre nuestras cabezas,
y ponga las cosas en su sitio,
ordenándolas como yo quiero:

a ti junto a mí, y a mí junto a ti,
y el resto del mundo…
qué más da lo que ocurra con el polvo del planeta,
que persigan ellos sus deseos.

Y si quieres aplacar estos calores otoñales, adelante con la manguera del jardín. Ducha implacable orientada al cielo. Anudados por las manos giraremos y bailaremos bajo el arco iris de esa finísima lluvia dulce, y embarraremos las plantas de los pies danzando sobre las baldosas encharcadas. Los secaremos con la toalla tejida de la hierba del jardín, y brillarán nuestros labios concentrados en respectivas miradas insaciables. Despertarán los vecinos con las risas de ternura y deseo rompiendo el silencio de la cálida noche. Extenuados, tumbados sobre el húmedo y fresco manto de esta tierra mágica, fundidos en uno sólo, protegidos por el velo de nuestro cielo, contaremos relámpagos de ternura, uno por cada estrella que vislumbremos.

Mañana por la noche, me daré un baño de estrellas en este sucio cielo de Madrid.
Y te veré guiñándome una pestaña en todas las que se dejen ver.