Hoy toca entrada triste, o agridulce tal vez. Extraña y singular seguro, por los sentimientos.
Primer día fuera de la que hasta ahora ha sido mi hogar. Ayer, amablemente decidimos que ya no se podía continuar así. Y me tocó marcharme a mí. Por lo que fuere. Como la decisión ha sido repentina no he tenido tiempo de buscar nada habitable cerca del trabajo. He tenido que instalarme en el pueblo de mi padre, a 40 minutos en coche. Tampoco me puedo quejar, hay quien ni tan siquiera tiene la opción.
Aparte del frío y la distancia, no existen más pegas. Anoche estuve un rato sentado en la ladera de la montaña abrigándome con cientos de estrellas inmaculadas, lágrimas petrificadas.
Lo peor, la conversación por teléfono con los niños en el momento de acostarse. Me subió un nudo desde el estómago hasta la garganta que ha tardado en disolverse. Un mal trago al que tendré que acostumbrarme, y ellos también, a mi ausencia durante tantos días a la semana.
De momento, tristeza.
Me acompañan...
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25 de enero de 2012
24 de noviembre de 2010
Una sonrisa en noviembre
Tengo un compañero de trabajo con unos gestos y andares extravagantes y entretenidos. Carlos M. está rellenito, más bien rollizo con algún que otro pliegue colgandero, aunque lo disimula su larga estatura y gran ancho de hombros.
Si no fuese por su moto, no llamaría la atención. Una vespa blanca, de 125 c.c. vieja viejísima pero que conserva en buen estado como meticuloso que es el hombre. Una moto que no pega nada junto a él, porque es pequeña, ridícula podría pensarse cuando la ves a su lado.
Ayer, salíamos todos en tropel de la empresa, a la hora de comer, y ya llevaba yo hechos unos cien metros cuando entre el denso y lento tráfico vislumbro su silueta por los retrovisores. Zigzagueando entre los coches se adivinaba una gran masa humana que parecía petardeaba por el culo y se embutía en un ruido vibrante y metálico que lo acompañaba, típico de una maquinilla a punto de reventar por el esfuerzo acusado de trasladar a tan grande personaje. Carlos M. tiene unas cachas tan desarrolladas que colgando a ambos lados de su cuerpo engullen el generoso asiento de su vespa, de modo que desde atrás, ni se vislumbra el mullido y generoso asiento, sólo una inmensa espalda a juego con el magnífico tamaño de su casco, terminada en un fenomenal trasero que envuelve gran parte de la estructura de la moto. Diríase que, visto por detrás, Carlos M. se desplaza por la carretera levitando sobre el asfalto, en una extraña postura entre sentado y compungido recogido en una enorme pelotilla.
Cuando llegó a mi altura, giró su rostro, se rio dentro de la pecera que utiliza como casco y con su gran manaza derecha me saludó. Me lanzó un hasta luego, o quizás un adiós, muy gracioso y maternal. Diría que estilo infantil y juguetón.
Y lo vi desapareciendo entre el tráfico, petardeando y echando humo, siseando entre los coches.
Me recordó a la hormiga atómica, unos dibujos que veía yo en la primera cuando era pequeño.
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