Me acompañan...

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14 de febrero de 2013

Felicidades, Antonio

Hoy es el día de San Valentín. Como me siento especialmente enamorado, ahí va, para mí.

Te quiero, porque te quiero,
no hay motivos ni porqués,
ni dudas o temblores,
sin límites ni fronteras,

deambulo sobre las suaves curvas de tu cuerpo,
y no me canso de remar sobre esas olas,
recorrerlas sin respirar, esfuerzo que agradecen mis pies,
acariciando tu piel con mis plantas, nutriéndome de tus poros,

detenerme en tu boca bendita, remanso de miel y dulzura,
enormes labios para mi espalda, y sueños inacabables,
recorridos una y otra vez con mis yemas de algodón,
a un milímetro de tus comisuras,

ojos cerrados, tendido allí, observando tus perfectas pestañas,
cobijando tus pupilas inquietas,
sobre una tez blanca como mi piel,
pelo dorado y alborotado, selva de juncos recios protegiéndote de mí,

colarme como arena en tu reloj,
grano enorme que es corazón,
atrapado en la planitud de tus caderas,
al puerto de tu tibia sonrisa, salada, amarrado,

aunque en un día como hoy,
tu corazón viaje en Correos,
paquete postal para él,
y no pienses en quien te ama,

no hay terapia contra ti,
extirpando un gran trozo de cerebro,
y un buen pedazo de corazón,
después, ya veríamos qué…

Enamorado de ti, por siempre...

 

31 de enero de 2013

Cuando tú no estás, nada tiene sentido

Después de leer un poema precioso, algo en él ha encendido las ganas de contarte una vez más, desde este otro lado del planeta, lo mucho que revientan los muros de mi corazón sosteniendo baldíamente las ganas que tengo de ti.

Necesito volver a desgastarme la piel de la boca mordiendo tus labios sobre ese sofá que nunca será nuestro, pintar otra más de tus francas sonrisas con mis dedos traviesos sobre las blancas paredes de nuestra armadura, esa que siempre nos lleva tan juntos que jamás puedo despegar de mi pecho. Caer de nuevo, una y cien veces en tu recuerdo impoluto, cara de niña pícara abotonada a un par de enormes ojos castaños, nerviosos, dulces como la crema, contorneándolos con mis labios hasta llegar a tu nuca prohibida donde me bebo la vida, mientras la senda de tu boca enmudece con mi caminar y las retamas de tus pestañas se enfurecen con la brisa del Mediterráneo. Despertar para desgarrarme en la piel el mapa de tus manos templadas, acorazadas por el oro y turquesa que la señora de los anillos te confió un buen día y sin duda son tu sello. Esa parte hippie, voraz y derrochando alegría. No despierto para no perderte, y respirarte una vez más en mis duermevelas de sabor a miel de naranja. Te digo otra vez que alumbras mi camino desde la puesta hasta el amanecer y las noches dejaron de ser oscuras mientras tu abrazo permanece colgado en el perfume de mis bolsillos, truene, nieve o el infierno nos asole. Siento que eres mucho, tanto que lo sobrepasaste y si las lágrimas brotan entre burbujas de besos imposibles y deseos inalcanzables, se contraen en mil vuelos de gaviotas acariciando tu rostro con las plumas de sus recias y ásperas alas. Vuelvo a pedirte que abras los ojos y los vacíes en los míos, y caer en el abismo dorado de un cuerpo que se me antoja hogar para mis manos y mente para la mía. Escribir cada mañana, versos de nuestra vida en tu espalda, con las uñas de esa pasión inefable que siento por ti, renglones apretaditos, que no quiero olvidarme nada a tu lado, abrazarme a tu cintura y pasear sobre esta red cuyos hilos hacemos gruesos cegando los agujeros, y no caemos, nos lanzamos a nuestro vacío con mi mirada alfombrándote el camino y con la tuya, esa bufanda que siempre me arropa y nos aúpa un paso más. Caminar despacito pero seguro a tu vera mientras me baño en la sal de tu risa y te salpico con mis dulces de salpicón, cuarto de ternura, pizca de cariño, puñado de amor.

Necesito y necesito y todo me lo colmas tú.

2 de noviembre de 2012

Sentir

Yo no quiero tener algo contigo
lo quiero Todo
buscar juntos de la mano los límites de las miradas
extender los brazos al cielo hasta quebrarnos los codos
y las yemas de los dedos ardan palpando los rayos del sol
ojos enormes, fuera de sí, buscando los extremos de nuestra naturaleza elegida
la de ser
dándolo todo
yo a ti, de cabeza
tú a mí como quieras
mas quiérelo Todo tú también
y alcancemos cimas atados por las muñecas
con los dedos sellados
labios cosidos
ojos atados
sólo dos zapatos para nuestros cuatro pies
las mentes acopladas
y los corazones agitados

13 de agosto de 2012

Perseidas

¿Todo bien? Preguntó C en su tono habitual, el de siempre. -Claro, muy bien- respondió T como solía hacer para no preocuparla nunca. Aunque normalmente no había nada de qué preocuparse, la verdad. T era una persona enferma, crónica, intratable, incurable seguramente. Ya en ocasiones los médicos así se lo diagnosticaron y a ello se resignó para siempre. Y los dos lo sabían así que él la quería, y ella se dejaba querer.

Pero T se desangraba por dentro. Un chorro imposible de detener después de un par de curas que ya le hicieron durante su vida. C, incapaz de ver la herida bajo su ropa, caminaba con sus preocupaciones y ese andar peculiar suyo siempre comandado por una mente lúcida, privilegiada e inquieta que se preguntaba e intentaba responder con la misma soltura y entendimiento. Centrada en su vida, en su día a día y en ese futuro prometedor que ya le reclamaba su atención con guiños hacía algunos meses como ella contaba entre sus inquietudes.

T, otra noche más, subido a un montículo crecido entre las dunas de una playa salvaje del mediterráneo, de las que apenas quedan, ponía un vendaje nuevo sobre la enorme herida abierta. Tratando de taponarla. Bajo una luna menguando, observando su brillo reflejado en una estrecha franja de plata cosida a la superficie del agua. Acariciado por una cálida y mínima brisa que lo humedecía todo constantemente y perlaba gotas de sal en su rostro cansado. Intuyendo parejas ocultas bajo la noche, matándose de amor. Como a él le gustaría morir.
Estaba agotado. Terriblemente cansado. Por ese boquete en el corazón, lo había perdido todo.
Propuestas, declaraciones, principios, ofertas, deseos, anhelos.
Futuros, destinos, ambiciones.
Compartir, proteger, caminar, ayudar, disfrutar, viajar, estudiar, comer, sentir, vivir.
Soñar, respirar, caer, y de nuevo a caminar.
Ver las estrellas.
No le quedaba más que decir porque todo lo había dicho. Se había vaciado el alma por completo. Sólo le restaba repetir y reiterarse en lo ya hablado y escrito innumerables veces delante de su vista. Y esos ojos oscuros e insondables. Absolutamente todo se le había derramado desde allí dentro y en gran parte había caido sobre la arena de la playa, humedeciéndola un poquito para, un minuto después desaparecer en una cicatriz sobre la piel, sobre su mente fresca e inteligente colándose hasta ese anaquel de lo poco importante ¿o no? No sabía a ciencia cierta. Ella adolecía de una falta de expresividad peculiar. Y en el terreno de lo anímico y sentimental, esa comunicación ni tan siquiera existía. Lo echaba de menos, eso era seguro, porque lo había dicho, y sólo decía lo que sentía. Y sus manos siempre estaban para él. Pero no había más. A menudo perdida en su pensamiento olvidaba las respuestas. C jamás decía nada que no tuviese que decir, muy al contrario que él, que no se callaba nada. Menudo elemento disonante este hombre estúpido y arrogante.
En una ocasión, Brau le dijo, -si no hablo es porque no tengo nada que decir o porque lo que tengo que decir no te va a gustar y prefiero callarlo-. Quizás era una práctica extendida entre las personas inteligentes.
T, que en estos lares de los sentimientos siempre se había topado con el muro que ella había construido entre la mente y el corazón, se preguntaba cómo habría sido antes con otros. ¿Con qué asiduidad habría dicho esos -te quiero-? ¿Habría soltado alguna vez un, -te necesito todos y cada uno de mis días porque contigo se mueve mi mundo y tu aliento le da alas a mi vida y una sonrisa permanente a mi rostro-? (bueno vale, también sirve -eres mi vida y te necesito todos los días-).

Noche de calor enfermizo. Día de mierda el de ayer haciendo huecos en la casa para apilar las cajas con recuerdos transportados en una mudanza inmunda e interminable. Mejor hubiera sido echar todo al contenedor del portal. Seguramente al final, serán mis hijos quienes lo hagan.

De lágrimas también. Quería querer hasta que no cupiese más, y el bote está a punto de reventar. Así que las gotas se derraman por los ojos. T no tiene más que añadir y lo sabe. Se está haciendo un experto jugando al frontón desde que hace deporte. Lanza palabras y frases contra un muro semipermeable y la mayor parte rebotan, y de nuevo las vuelve a arrojar sobre esa pradera de hierba alta, fresca y hermosa para que sus briznas las acaricien y endulcen una pizca, a ver si así calan a través de la piel de C, tersa y dura, eludiendo el muro erigido allá adentro y cobijándose al abrigo de ese corazón vírgen.

Probablemente la respuesta a la inquietud de T es evidente y sencilla. Ya se lo dijo Brau. Pero es que este hombre es terco por naturaleza.

Lo último fue sacarse el corazón allí mismo sobre la arena fría de la playa, arrancándolo a través de la herida y dejándoselo a C sobre un papel virtual. Ahí, no hay viento que se lleve ninguna palabra.

Creo que va a ser difícil echarte más de menos, o simplemente quererte más.
Empieza a no caber.

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19 de julio de 2012

Soñando (de nuevo)... contigo (una vez más)

Tomó una enorme cucharada hundiéndola hasta la base del bote de mermelada de fresa. Con calma, la gelatina, empalagosa, lo cubrió todo, incluso sus dedos. A medida que se descolgaba de la cucharilla, más azúcar se iba añadiendo al momento y el deseo se dilataba a cada segundo.
Ella, tendida sobre su espalda cansada tras un duro día, pero con una sonrisa franca dibujada en su rostro. Le encantaba llegar a casa y que él la desnudara en la misma puerta, con esa ternura lenta y concentrada, mientras con sus dedos le rozaba apenas la piel, y le masajeara las piernas, los brazos y la espalda antes de tenderla sobre la cama a tomarse su respiro. Las piernas ligeramente flexionadas y separadas apenas lo que le permitía su agotamiento. Con ayuda de sus brazos le abrió algo más los muslos, lo necesitaba para admirar su sexo dispuesto y actuar como pretendía. Torpemente paseó la cucharita hasta apoyarla sobre el botón dispuesto de ella, y dio un respingo. Una nueva cucharada de confitura lo acompañaba hasta la frontera de su vulva. La frialdad del metal, la textura de la mermelada resbalando entre los labios y la dureza del cóncavo acero terminaron por estremecerla. Con los párpados echados, concentrada en dejarse llevar, soltó sin pensar más un par de gemidos y se abandonó al sentimiento. Borbotones de fresa teñían de rosa su sexo que se contraía y expandía, en una vibración lenta con tenues golpecitos de placer nacidos muy adentro. La mermelada se colaba inmisericorde entre los pliegues de sus labios cálidos y empapados, a través de la rendija crecida allí mismo en el centro de su alma, rodeando la entrada a su gruta dulce y húmeda, hasta descolgarse finalmente por la puerta de su lindo trasero, en formas de hilillos dulces de caramelo. Él le dedicaba un tiempo incalculable a todo, y a ella en particular le rendía pleitesía con todo el que le prestaba la tarde. Era vivir para entregarle hasta el último suspiro y lograr una nueva sonrisa en su rostro. Le encantaba adormecerla con el tacto, relajarla hasta la extenuación utilizando sus dedos, la boca, o la suavidad perfecta de un aceite de masajes con olor a lavanda, romero, ciprés también. Con la calma del que disfruta dándolo todo y recompensándose sólo con su mirada perdida, le introdujo la cucharilla entre los labios. Limpió el metal con dulzura restregándolo entre sus pliegues, doblando su piel en pedacitos con la punta del cubierto, pellizcándola al mismo tiempo con las yemas pringosas de sus dedos, dejando burbujas de fresa esparcidas sobre la superficie de su vulva resplandeciente, borbotones de confitura desperdigados sobre la piel necesitada de oxígeno para llegar hasta el día siguiente. De nuevo una vez más se convirtió en plato de placer. Postre manjar entre manjares. Pastel de corazón con mermelada de fresa derretida y alma rendida en tiras de cáscara de naranja. Con los preparativos ella se desarmaba absolutamente e involuntariamente le dejaba hacer. Claro que lo deseaba. Que el tiempo se alargase hasta el día siguiente y volver a sentir el mismo placer. Y se dejaba llevar porque eso, era sentir la vida. Aquella mezcla de flujos y dulces texturas en su sexo, de líquidos derramados y gotas deslizándose por todo él, la transportaban lejos hasta la negrura de una noche de primavera tumbada bajo el Universo, admirando un abismo de estrellas junto a él, cogidos de la mano, girando bajo la mirada atenta de la Luna y sonriéndole a la vida en una conexión total entre sus minúsculos corazones.
Con su delicia preparada, él continúo su ritual de sensaciones. Ansió su pastel y con la boca abierta tanto como las piernas de ella le permitían, se relamió entre sonrisas de un placer conocido y comenzó su paseo de verano. Deslizaba su lengua lentamente por el valle ofrecido mientras con sus dedos estiraba de los labios tiernamente. Mojaba la hierba peinándola con los labios, lamía la corriente del hirviente arroyo que en el fondo discurría alborotado, desbordando su cauce por ambas orillas, suavizaba la rendija plana y tibia allí escondida, ensalivaba su superficie enrojeciéndola con la fresa desperdigada y mezclada con su saliva, penetraba apenas la puerta de su intimidad con la punta de la lengua, mezclando elixir de su boca con la humedad exudada por ella, almibarándolo al fin con la mermelada que aún rezumaba por doquier…

Y la pasión desgajaba tanto deseo entre ambos que terminaban desangrándose en un abrazo perpetuo, crisálida de dos seres engarzados en montura de plata, envoltura de ámbar y un núcleo de un amor sin límites.

18 de julio de 2012

Lo que yo haría si estuvieses en mi salón…


Siempre tengo ganas de ti, y tú, aún no lo has asumido. O sí, pero no lo interiorizas porque no es creíble viniendo de mí.
Lo disfrutamos todo y eso acrecienta mi necesidad de ti.  Los instantes cortitos y las interminables horas de conversación compartiendo palabras y cafés. Porque siempre busco soluciones y nunca pongo trabas a nada. Porque me falta tiempo para acudir a tus mensajes, a una llamada, y siempre encontramos un arreglo para solucionar el mundo y al final todo hace que sonrías y termines por olvidar el problema (al menos un ratito). Y las horas a mi lado se te pasan sin darte cuenta. O a mí sin dármela yo. Porque siempre propongo y aunque nunca hayas dicho sí, a mí me falta tiempo para atender a tus planes, esas citas etéreas que existen, o no, nunca supe si fueron un sueño…

Retomaríamos esos interminables abrazos repartidos entre los pliegues de las sábanas. Los que perdimos esa noche rendida al sueño. O sólo uno infinito, sin despegar mi piel de la tuya, sin detener el paso de los dedos por tu espalda. Cogido a tu cintura, en un espectáculo de salón, aprendiendo a bailar al son de la música de tu corazón. Pegados como una guitarra al cuerpo de su amo arrancándole notas y suspiros. Tumbados sobre el lecho duro y áspero de un sofá cama que ni es sillón, ni cama. Revuelto por el deseo de nuestros cuerpos inquietos y mentes que perdieron el autocontrol hace ya varios años. Me tienes pegado a ti y ambos labios sellados en un beso de carne y sabor, encontrando tu destino en la cuna de mi boca. Un sobre con el franqueo escrito de mi puño y alma, y tus letras empaquetadas entre los dos plisados de un folio desgarrado por las uñas de mi lado femenino. Las lenguas ansían saborearse mutuamente. Perfume de vida endulzado con la vainilla de tu cuello desgranada en saliva pleamar, cubriendo hasta los labios. Que no cesan en buscarse, tocarse, lamerse, hundirse en ese fondo inalcanzable que nos hemos excavado hasta los pies e irlo llenando tú de mí fuerza y ganas, y yo de tu esencia tan abrumadora. Los míos, puerto de mar salado y neblinoso, esperando que atraques tu barca invisible, cargada de especias y sabor, el tuyo, tamizado en un polen minúsculo listo para envenenarme. Sin duda te lo compro todo.

El lento caminar en una noche de verano hirviente. La puerta del sendero ya quedó atrás y nuestros brazos fundidos sólo se observan como un abrazo desde la lejanía. Tendidos cuerpo a cuerpo y mente a mente dejándose ir. La mía rendida en la primera batalla que nos enfrentó hace ya tiempos inmemoriales. La tuya, dictadora en tu tierra y, doblegando siempre mi pensamiento, que se arrastra, como las manos, que rozan tu talle de nuevo hasta enclavarse entre las costillas, acariciando tu dorso suave, piel inmaculada reflejando la madurez de una juventud desflorando entre sentidos y deseos. Sigue abrazada a mí porque te hago pensar.  Y eso es lindo. Sorbe mis labios hasta agotar la quietud de tus pupilas que indagan en mi mente encontrando siempre respuesta. Estás a gusto junto a mí disfrutando de esa paz que se me descuelga entre los dedos colándose hasta tu vientre tembloroso. -Sssssss, tranquila, todo puede ser así- susurro a tu oído entre mordisco y beso, entre beso y beso, entre beso y sonrisa.

Sin mover los pies. Los tuyos sobre los míos. Plantas y empeines unidos en caricias de esas que te hacen sonreír evaporando muecas aunque no quieras, deditos juguetones involuntarios rozando la piel de los talones, los tobillos, las pantorrillas que se erizan al contacto con mi calor. O mi boca, endulzando el sabor de mi vida conectada a tus talones, ensalivados, empapados por la lengua que vibra mientras sorbe pedacitos de tu piel cansada. Chupo esos tobillos, final de tu cuerpo hermoso y grácil, tragando la sal de una vida que se desmadra al contacto con la tuya. Estás a gusto conmigo, y lo sabes, puedes creértelo. Siempre tengo ganas de ti y ando elucubrando la próxima sorpresa. No es necesario, y lo sabes. Un –te necesito siempre- ya son alas para saberte querida.

4 de julio de 2012

Tic, tac...

Hoy desperté cansado de quererte tanto. Agotado de soñarte velada escondiéndote entre las calles confusas de un pensamiento onírico que no cesa en su empeño de buscarte.

Tormenta de agosto que no está, llevándose mi fuerza entre las gotas. Lágrimas cayendo por la ventana. Lluvia de deseos deslizándose por mis mejillas, empapando el trozo de papel en el que apunto ideas brillantes. Para que no se me olviden… Pues menudas ideas entonces… ¿Cómo atraerte hasta mí?

Recuerdo cuando nos sentamos juntos por última vez sobre la arena de la playa. Yendo al encuentro de la noche mientras el atardecer nos cubría. Yo, esperando. Que regresara la ola y su cresta rompiera a nuestros pies, y su espuma trayéndote a mí de nuevo.
Últimamente esperando. Tic tac, tic tac, tic tac. Entre tontuna y tontada. Colándose el tiempo por las hendiduras de la resignación. Deseando poder volver a tocar tus labios con los míos y detener la sensación, amarrarla con un grueso cable de acero para saborearla lentamente durante unos días más. Hasta el regreso de una nueva ola y con ella tus manos, tu mirada, esos ojos brillantes e inquietos, temblorosos tal vez.

Observando los dos, cogidos de las manos, los brazos pegados, mis pies cubriendo y abrigando los tuyos, protegiéndolos de la brisa llegada del Atlántico y el fresco derramado por la umbría. Tan pegados que el pensamiento es uno, y desde lo alto de las rocas, allí atrás, nos veían como sólo una silueta.
Sabes que la conexión es enorme.
Oliendo a sal. La humedad penetrando en nuestros cuerpos, dejando trocitos de mar y algas, de pececillos con sabor a costa. La arena fresca, abandonada ya por los rayos del sol. Los pies enfriándose, los míos siempre al acecho de los tuyos. Como las manos, imantadas hacia tus dedos (y mi boca)… O la mente, doblegada a la tuya. El deseo... Mejor no mentarlo.
Perdíamos la vista en el laberinto ocre del horizonte, yo, indagando tu recorrido en ese corazón agitado, tú… no lo sé. Silencio roto por la mar tranquila y ociosa, jugueteando con tu mente e intrigando la mía. Observo, analizo, te miro, sonrío, me callo…

Despierto abrazado a una almohada que no eres tú, besando una cremallera que no son tus labios. Latiendo un corazón que no es el mío. Reflejado en un espejo que no son tus ojos.

Preguntándome por qué no hay más. Sonriendo por la suerte de tener tanto de ti.

11 de junio de 2012

¿Qué piensas?

Que me apetece tanto quererte a tumba abierta, que las ganas se me salen por los capilares de los dedos y la sangre se aglutina en extrañas formas que al solidificarse y alejarte del papel, observarás que son palabras tejidas para ti con los bombeos de mi corazón e hiladas con las yemas de mi pensamiento...

4 de junio de 2012

Todo el sentido de mi vida

Eres tú.
Me duele tanto como lo que te quiero.
¿Hasta cuándo aguantará mi corazón tu distancia?

Beso de helado de stracciatella, de dos bolas :)

26 de mayo de 2012

Sagitario brilla con inusitada fuerza hoy


Quiero saborear hasta el último milímetro cúbico de tu cuerpo
Al que no alcance,
Atravesarlo arrojando deseos desde mi pensamiento
Hundiéndome en la oscuridad de tus ojos
Palpando con las manos las paredes de tu esencia
Desde dentro de tu inquietud obscena

Quiero absorber todos y cada uno de los rayos saliendo de tus fondos de avellana
Bañarme en el mar de tu mirada de niña impecable
Bracear en tu corazón colocando sentimientos aquí y allá
Ordenando tus estantes junto a los míos
Untando tu mente perdida con ungüento de mis labios
Que te sanan sin contemplaciones

Quiero llegar a cualquier meta
Todas las noches después de extenuantes jornadas
Y beber la leche de tus labios
Alimentar mi yo con tus mejillas
Tomar la fuerza de tus manos
Y a ti con el vigor de mis sonrisas

Dártelo todo como hasta hoy
Y más porque aún queda lo mejor
Bailar pegados hasta el amanecer
Tu espalda contra la mía y los cuellos enlazados
Sáciate de mí
Nací para ti 
¿Querrás alguna vez probarlo? 

Te echo de menos con una furia indecible, constantemente. 

(Curiosamente esta es mi entrada número 100)

16 de mayo de 2012

Asuntos del corazón


En una ocasión escuché por la radio (creo que a Juan José Millás), que para escribir con inspiración y fecundidad, hay que estar jodido del corazón. Los autores más fértiles son los que arrastran un mal de amores importante, y cuanto más grande es, más y mejor escriben.

Después están los enamorados. Esos, como tienen cubierto el corazón, henchidos de felicidad, tienen menos cosas que contar, puesto que viven disfrutando de cada momento y caminan con una sonrisa en la cara que les impide concentrarse en las letras.

Comparto su opinión, aunque no sea científica ni aplicable a todos los casos, obviamente.

Llevo una racha en la que apenas escribo…

25 de abril de 2012

Cinco sentidos de nuevo



Trocitos de mirada herrumbrosa, cobre apagado, oscurecida, el de tus criaturas dianas marrones veladas por el resplandor de tus pupilas. Ternura en rojo dócil matizando las mejillas alteradas por mi silencio.

Escuchar allá en el fondo del pozo de mi mente los ladridos de tus ojos inquietos amenazando comerme desde el otro lado de la mesa. Deseo contenido por la vasta e insalvable distancia entre los dos. Aunque las ganas permanecen.

Niebla clara y caliente como el día, azul cielo de primavera, abrigándonos con mezcla a vainilla arrancada a tu piel y agua fresca de río salvaje perlada de sudores impacientes. Entre ambos la escarchamos y a sentirla nos abandonamos.

Masticarme tu aliento en un bol de incertidumbres aderezadas con un par de bolas de chocolate como tus ojos. Amarrarme los labios con cordeles de quietud y serenidad, cordura instalada en un resquicio cerebral, un lazo que limita mis ansias de más. Apetito voraz.

Fin del sentimiento. Breve e intenso estar compartiendo lo mejor de la vida. Abrazo inconfesable con caricia de saber, que más allá del cuello del jersey existe un remanso de paz tan lejano como borroso 
mi futuro. Buscar el camino hacia ese rincón, objetivo de un destino.

19 de abril de 2012

Una noche de primavera. La noche.


Fuera junto a la puerta, extrañamente ronroneó el motor de un coche. Allí jamás llegaba nadie porque era lo último del camino. Al momento sonó el claxon de un pequeño modelo, al menos era lo que se desprendía del apenas audible bocinazo. Sorprendido por el ruido, dejé a un lado la novela que tenía entre manos y me levanté del sofá de un súbito brinco. Traté de vislumbrar a través de la ventana pero la lluvia constante de ese día no me permitió observar nada más que sombras entre penumbras. Caminé hasta la puerta, agarré el paraguas abierto que siempre descansaba allí durante los días lluviosos de invierno y me dirigí hacia la valla del jardín. Entre la fina lluvia que blandía la tierra y las luces no muy potentes del coche entreví al otro lado de la cancela la puerta abierta del conductor, y delante, tu pequeña figura quieta, que se mojaba suavemente y el pelo se aplastaba dulcemente contra tu rostro, relajándose a lo largo del cuello. Las nubes acariciaban tu piel con sus múltiples brazos hechos trazas de finísimas gotas de agua.
Me quedé petrificado por un instante, sin reaccionar. Jamás hubiera creído posible la sorpresa tan grande que acontecía. Apenas unas horas antes, entre bromas y deseos te había invitado a mi casa del pueblo y de nuevo habías rechazado la oferta. Como siempre hasta entonces. Pensaba rápidamente cómo habrías dado con el sitio y al momento sonreí sabiendo que sobre demasiadas cosas inciertas, eres muy lista y despierta. Realmente siempre habías tenido todas las pistas en tus manos.
Así que, allí estabas, inmóvil, callada, humedeciendo tu cuerpo bajo la enésima tormenta del fin de semana, con ese gesto tan interesante que tienes cuando inclinas ligeramente la cabecita a un lado implorando que entienda lo que pasa por tu mente y torciendo en el mismo sentido las comisuras de tus labios en una suave uve de esas que cogería entre las manos y protegería eternamente con un cuidado extremo, como una pieza de vajilla china de una milenaria dinastía.
Reaccionando un segundo después, abrí la verja torpemente, enfriándome las manos con los hierros y tropezando con las pizarras del camino que se levantaban por doquier gracias al ímpetu del agua que horadaba el terreno bajo las piedras. Lentamente y sin importarte la lluvia, retrocediste hasta tu coche y con la misma prudencia de siempre lo condujiste dentro del patio frente a la casa.
            La tarde ya era gris plomizo, casi negro por la luna castigada en algún rincón invisible, y la lluvia incesante me ayudaba en mi propósito de abrigarte dentro del hogar y proporcionarte calor para entibiar tu aspecto. Con una pequeña mochila y cogidos de la mano caminamos hasta la entrada, ascendimos los tres peldaños hasta el rellano, vigilados por la visión del farol tenue y austero que apenas ilumina el pequeño recibidor ante la puerta.
            Inmediatamente llegó el primer abrazo. Bajo la tonta luz, realmente inútil contra la nube de humedad que nos rodeaba, imbuidos en el fresco silencio del monte solo quebrado por la naturalidad del agua desintegrándose contra el suelo. Izándote con fuerza entre los brazos te sostuve muy apretada contra mi pecho un par de minutos interminables. Nos cruzamos un primer –hola- susurrado entre los dos. Las miradas inequívocas no se desprendían de nuestros ojos. El brillo de tu pelo mojado y apretado contra tu rostro te hacía una cabecita aún más pequeña y redonda. Me empapaste la ropa por completo pero pensé que así te secarías antes usándome de toalla. El mundo desapareció unos momentos mientras tu mejilla se apoyaba en mi hombro y tus pequeñas manos se escondían bajo el cuello de mi jersey y heladas se acomodaban en el principio de mi espalda. Y la vida se me hizo azul allí mismo. No me habría movido si no hubiera sido por tu tiritona repentina. Pero ya no solté tu mano ni el brillo de tus pupilas cristalinas y voraces en las que me reflejé el resto de la noche.
            Pasamos hasta el comedor deteniéndonos un instante frente a la chimenea en un chaflán de la estancia. Brillaba y refulgía en todo su esplendor despedazando en sus entrañas unos leños mezclados de encina y tocón de olivo. Frotaste las manos frente al hirviente cristal comentando lo calentito que se estaba allí, y las mías se encargaron de aderezar aún más la temperatura de tus dedos ateridos, cubriéndolos suavemente. El tacto de tus manos envueltas por las mías es sensación sublime. La cálida suavidad de tus pequeños dedos, la sedosa piel que tanto cuidas con esmero. Un goce sin igual. Me dan fuerza en la flaqueza, energía en el abandono…
            En la habitación sólo iluminaba una lámpara de pie estilo moderno, reclinable en cualquier sentido, con un globo otrora blanquecino, ahora amarillento. Los conciertos de piano y clarinete se sucedían en la cadena de música, suaves, alternándose en un baile de recopilación de música clásica, de estilo “relajante” tan en boga en estos tiempos. Ideal para el momento porque sólo pensaba en mecerte, acunarte hasta el olvido, o hasta que a ambos nos apeteciera pasar a otros sentidos. . Hasta entonces me había dedicado a leer Villa diamante, de Boris, pero ante semejante visita lo eché desde el sofá sobre la mesa, tensé la manta que cubría el sillón avejentado y con una palmadita sobre los cojines te hice el gesto para sentarnos.
            No recuerdo qué pasó después en el resto del Universo. Como cuando se levanta el telón en el teatro, empezó la obra según te sentaste y dijiste –bueno, pues eso… que he venido- sonriendo nerviosa, perdiendo  tus ojitos entre los míos y las paredes ocres del comedor. Me acuerdo que tomé tus manos con las mías y empecé a acariciarte los dedos con lentitud y cuidado, haciendo girar tus tres anillos de plata, a uno y otro lado de tus dedos, tocándolos suavísimo como plumas de un pajarillo. –No te lo esperabas ¿verdad?- me susurraste entrecortada. –No, nunca hubiera pensado que fueses capaz- le contesté tartamudeando.
            Desde el instante en que nos encontramos frente a frente, las miradas no retrocedieron ni una centésima, siempre huyeron hacia adelante, buscando el corazón más allá de los cuerpos. A medida que tus pómulos recobraban el color y la agradable temperatura de la hoguera caldeaba el ambiente, nos afianzamos el uno con el otro y mis pupilas se encadenaron a tu mirada sin retirarse de la visión. Los ojos se buscaban tiñéndose de lágrimas de deseo y una vez conectados eran incapaces de desprenderse.
De repente caí en la cuenta que era la primera vez que me mirabas fijamente sin desplazar un ápice la vista de mis ojos. Algo había cambiado y me calaba dentro muy hondo. –Voy a quitarte la blusa que está empapada- creo que balbuceé, y asentiste sin decir palabra. La desabotoné tranquilamente, indagando en tus ojos un gesto de rechazo que sabía no llegaría, y cuando cayó al suelo, en medio segundo hice lo propio con el grueso jersey que vestía. Y ese abrazo que empezó minutos antes en la entrada se continuó después bajo las estrellas fabricadas por las chispas caóticas en el espíritu de la chimenea.
Mi cuerpo se unió al tuyo en un despertar de sentimientos agazapados hasta entonces, reventando aromas de primavera por las esporas de nuestras pieles, que ardiendo se calmaban frotándose una contra la otra. Bocas pequeñas las nuestras, pensadas para sobrevivir cogidas de los labios, uniéronse a cámara lenta, buscándose en esas caprichosas formas cóncava y convexa formuladas para permanecer ensambladas como el yin y el yang, transmitiéndose energía, acoplándose en un mar de sensaciones sembrado de olas que van y vienen rompiendo en la garganta, cayendo hasta el estómago y desmenuzándose en el impacto, desparramando calambres de ternura, relámpagos de cariño y truenos de corazones estremecidos por la certeza de saberse inseparables por siempre.
No olvidaré mientras viva el minuto que vivimos hasta el alba, horas concentradas en apenas un puñado de segundos.
Sentados frente al fuego, sobre la manta de hilo grueso tirada en el suelo rústico pero cálido, cara a cara explorando nuestra desnudez con las extremidades de nuestros organismos destinados a entenderse. Tanteabas mis labios débilmente con las yemas de los dedos y los ojos cerrados y yo me dejaba hacer a la par que los dorsos de mis manos moldeaban tus senos recorriéndolos con extrema dulzura, aplicando varias capas de barniz de afecto duradero. Modelaba tu cabeza misteriosa entre mis palmas mientras tú acariciabas a un milímetro el vello erizado por el sentimiento. La ternura en estado puro, vino y se instaló entre nuestras espaldas malheridas y apaciguadas por nuestras manos tan faltas de cariño. Pero ahí nacieron, surgiendo de entre la timidez y la cordura para asirse al cuerpo del otro y envolver las almas con piel de seda y regar los corazones con la sangre contenida entre deseos y palabras. Se mezclaron los labios en posturas imposibles y besos por docenas brotaron en la noche en que nos conocimos. Las piernas se enlazaron en maneras increíbles y entre lazos y curvas los brazos y sus dedos recorrieron las pistas de nuestros pensamientos largamente dedicados, apoyándose en las cunetas de cinturas abrasadas, vientres aplastados y hombros agraciados, con el premio de nuestros cuellos preciosos y tiernos buscando su apoyo en el pecho de cada uno.
Recuerdo el beso que nos vio partir hacia el sueño del amanecer. Cruzados los dos sobre la manta columpiados, en un caos de brazos y piernas mezclados en indagación del alma ajena, dándolo todo en un éxtasis de entrega y dedicación. Los rostros anudados por los párpados henchidos y los labios mimándose despejando el camino a lenguas temblorosas, ceñidas acariciándose hasta un cénit de perdición y sin marcha atrás.
            Después de esto, probablemente ya no habrá nada.
¿Y ahora, qué?

20 de diciembre de 2011

Necesito un beso

Echo de menos un beso hermoso. De esos engendrados boca contra boca, exageradamente abiertas y tensas, desbordando salivas, anhelándonos lenguas, vibrando labios. Un instante después, las mejillas estremeciéndose, encogiéndose con delectación, palpitando todas, las cuatro y volviendo a temblar para acostarse y yacer juntas, muy apretaditas, en un vaivén desequilibrado, explotando y haciendo nacer una descarga de ternura tras otra, mientras las lenguas se desatan en lucha por querer más que la otra, sintiéndose protagonistas carnosas penetrando todo lo accesible y permitido en nosotros, rellenando vacíos, los tuyos ávidos de mí, los míos anhelantes de los tuyos.

Completarnos tú conmigo y yo contigo agarrándonos por las nucas y aferrándonos al compromiso de la dación, llenándonos recíprocamente, respirando el aire de esa atmósfera común y sólo nuestra, oliendo tu pelo revuelto, aroma mezcla de piel encendida y lazos turbulentos acariciando los hombros y tú, degustando la savia exhalada por los poros de mi rostro.

Desnudándonos con la mente mientras los dedos luchan por hacerse un hueco en la espalda del otro.

Recuerdo que hace muchísimos años, una chiquilla increíble me ofreció su boca con una pastilla de chocolate derritiéndose sobre su lengua. Nunca podré olvidar la indescriptible sensación de placer e infinitud.

Atroz.

2 de diciembre de 2011

La vida a veces da unos giros...

No sé muy bien cómo empezar esta entrada. A pesar de haberla escrito en mi mente varias veces durante estos dos pasados días acostado sobre una camilla, no tengo claro cómo describirla para recordarla fidedignamente en el futuro.

Nunca pensé que esta experiencia la fuera a pasar yo, pero así ha sido. Siempre creyendo que estas cosas eran para la gente famosa, artistas, modelos, los que viven de su imagen, vaya. ¡Pero la he vivido yo! Y en un estado anímico especialmente delicado.

El asunto es que llevaba arrastrando durante años un problema con la respiración por mi enorme pero estrecha nariz. No recuerdo en qué momento tomé la decisión porque en estos quince años apenas me había vuelto a acordar de este complejo dormitante que sólo retornaba cuando me paraba delante del espejo más de diez segundos (o cuando me colocaba las gafas de la pisci que siempre se me clavaban en el hueso dorsal).

El caso es que estando en la consulta del otorrino, ya digo, se me coló la pregunta: -y ya que estamos, doctor, aparte de corregirme el tabique, ¿no podría limar un poquito el hueso y dejarme una nariz más mona?.
-Claro que se puede -contestó-, lo único que tienes que contactar con un colega mío que es cirujano plástico y que te intervengamos ambos a la vez.

Y con mi estado de ánimo siempre tan boyante y rebosante pleno de energía, ahí que me dispuse a pedirle opinión al otro galeno, (a escondidas de las opiniones y comentarios de mi mujer) y una semana después estaba haciéndome el TAC, la analítica y el electro, y diez días más acordando la operación conjunta para enero o febrero, que con tanta fiesta a la vista, la cosa se iba a alargar irremediablemente.

Pero el lunes al mediodía, estando en el trabajo,  me llama el otorrino y me pregunta -¿no podrías operarte pasado mañana, aunque sea un poco repentino?.
-¿Repentino? Joder, que ni aún he pensado definitivamente si hacerlo o no -le digo yo mientras me perdía en mis eternas dudas existenciales.
-Pues necesito una respuesta ahora porque tengo el quirófano apalabrado y me ha fallado el paciente, así que lo piensas rápido y me lo dices.
-Venga, vale, le respondo inmediatamente. Porque le digo por teléfono, -tendría que consultarlo en casa-, pero inmediatamente pienso, -¿qué y con quién tengo que consultar algo? -Adelante, -le digo-, nos vemos el miércoles a las 8 en la clínica. Y a correr, avisando al jefe, recopilando papeles, pidiendo permisos y autorizando volantes...

No recuerdo la última vez que tomé una decisión así. Ni que haya hecho nada semejante yo solo, sin consultárselo a nadie ni contar con los demás. Sin tener en cuenta las opiniones, todas negativas y oponiéndose, que ya había acarreado el asunto en casa, con una pareja que sólo lo es porque definitivamente, compartimos techo. Menudo apoyo. Fantástico interés.

El caso es que aquí estoy. Me siento feliz. No sé si por el resultado o por haberlo hecho, o por ambas cosas al mismo tiempo. El cirujano plástico me dijo que, con 40 años, si no lo hacía ahora que surgía la oportunidad, no lo haría jamás.
-Porque para ti no es un verdadero complejo, y no te vas a meter en una operación que por sí sola cuesta más de 5000€ así porque sí. O aprovechas la circunstancia de que al ser una intervención compartida te va a costar la mitad, o no volverás nunca más a pensar en esto...

Gracias a mis padres que me han apoyado en todo momento y me han acompañado en el peor momento, a mis hermanos que lo han visto con total naturalidad, a los compañeros a los que se lo he comentado, que tampoco les ha parecido mal. En definitiva, a todos, porque salvo para una persona, todo han sido ánimos y sentimientos positivos.

Ahora, a esperar a que se me deshinche la cara y me bajen los moratones. Y cuando me quite las vendas, que salga lo que quiera. Sin duda, estará estupendamente.

28 de julio de 2010

Geometría del placer

Te echo de menos como te pasa a ti con esas maravillosas escapadas que haces a cualquier parte del Mundo. Quizás hoy más que otros días ¿? Pensando a dónde me gustaría ir en mis inmediatas vacaciones. En cualquier caso, sin ti. Hace un rato he tirado los billetes que guardaba de recuerdo para el fin de semana que nunca disfrutamos allá en mi isla mágica en la que pretendía que de una vez por todas te enamoraras de mí. Pero como el resto, o sea todo, sencillamente, no ocurrió. Espero que tú sí hayas aprovechado la oportunidad y visto el eclipse total de sol el pasado 11 de julio, en la isla de Pascua o en la Polinesia Francesa. Era nuestro sueño y tú perfectamente capaz de haberlo realizado.

Veo tu carita a diario, en los cantantes que a través del CD o la radio entonan para mí nuestras canciones de siempre, las que escuchamos juntos y las que no, pero que sabemos cuáles son nuestras, en mi intimidad y tiempo particular que se agota siempre dentro del habitáculo de mi coche. Sus rostros son el tuyo, imagen muda pero intensa, prendida sobre las ondas que se pierden dentro de mis oídos. Ahora tengo un apartado musical llamado “Canciones de Braulia”, igual que creé el rincón “Estrellas de Braulia” y que siempre revivo cada vez que desempolvo el telescopio.


Por las tardes, te busco en la pradera junto a la piscina, entre los bultitos tostados al sol desparramados sobre las baldosas o el césped artificial, pero no hallo tu tez bronceada.

Ayer, esperé unos minutos, apoyado en una barandilla pinchada en el límite de un mirador, observando la espalda de una mujer que compraba entradas en la taquilla de un cine. Tenía la certeza de que no eras tú, pero su espalda desnuda y morena repetía gemelamente las formas de la tuya y me cautivó desde que la vislumbré varios metros más allá. Me sonrió al darse la vuelta y desapareció tranquilamente hacia la sala. Recordé con otra sonrisa tonta la noche que cenamos allí mismo engullendo dos hamburguesas XXL antes de que a los camareros les diera tiempo a servir el primer plato al resto de personas que nos rodeaban.

Por las noches en el sofá, cuando me siento a ver la tele (el aparato, que no lo que se ve en la pantalla), palpo a ciegas sobre la tela con mi mano, buscando la tuya para enlazarlas y ver, de verdad, una peli juntos. Pero no estás.

De madrugada, cuando ya me acuesto a las mil, sobre la sábana, busco tu pequeña cintura para acariciarla, e insuflarte el cariño que hubieras derrochado durante el día. Pero te has ido.

Durante el día sentado en el trabajo, espero un sobrecito con carta que encienda una luz sonrisa en mi interior, pero siempre se pierde por el camino. El cartero moderno ya no es como el de antaño.

Pero lo que más echo de menos desde que me enteré de que existías, es haber perdido el buzón de mis palabras, el destino de mis sueños. Ya no hay cartas con mi nombre sobre la mesa de tu comedor. Los sentimientos se pelean, se agolpan y aplastan en mi estrecha mente porque no tienen dónde ir ni mucho menos refugiarse. Ya apenas salen a la calle. Ni a tomar el sol un ratito. No cruzan la puerta para dejarse ver por tus ojos, escuchar por tus oídos o tocar por tus siempre cálidas manos. Se limitan a dejarse ver por aquí un ratito, se sientan en el balcón del blog con las piernecitas colgando y bamboleándose intranquilos como los críos que no paran, bromeando entre ellos, desafiantes entre sí, pero siempre tiernos que definitivamente se balancean dejándose acunar, cansados, por la curva que mi cuello se hacía para tu cabecita loca y curiosa.

Por lo demás, estoy bastante bien. Tengo la felicidad asegurada porque no se desprende de mi corazón, ni de mi mente clara y sencilla. Incluso crece contigo, con tu lejanía, despacio, demasiado lentamente, pero crece incesantemente. Cuando un problema me acecha, cuando una tristeza se posa en mi pensamiento como las esporas de la primavera cayendo más que mansamente, recurro a tu recuerdo y rápidamente vuelvo a sentirme feliz. Pensaba que el tiempo y la distancia atenuarían estas ansias mías que brotaron (por primera vez en mi vida), y ciertamente se mitigan, pero tan tan tan lentamente, que he tenido que aprender a ser feliz con esos sentimientos. Sé que olvidar a alguien puede ser terriblemente sencillo pero por las razones que sean, ese alguien evidentemente no eres tú. Así que, tu recuerdo, lo he convertido en el remedio para la melancolía. He transformado los brotes de tristeza en soplos de aire fresco y con fragancia a mar, utilizando tu presencia para ello.

La luz de la media tarde apenas se cuela en estrechas sombras a través de las cortinas anaranjadas de tu dormitorio, cubriendo tu delgado cuerpo con sus haces sobrios y mortecinos, pero calientes, una pequeña fracción de la temperatura de nuestros cuerpos. Y nos templan la mirada y endulzan nuestros labios. Mis manos atadas a las tuyas se desprenden a intervalos para coser con hilos de seda ternuras de punto de cruz sobre la piel de tus leves pechos. La geometría del placer, intrínsecamente ligada a mí. Primeros círculos pequeños con ambos dedos corazones, sobre el tuyo que escucho a unos centímetros sobre ti, o alrededor de los pequeños pezones que me apremian queriendo su ración de toques de ternura. Curvas que en cada vuelta se van expandiendo logrando que mis dedos abarquen el máximo de tu piel y rocen todo lo permisible de ser tocado. Espirales alrededor de un par de suaves y elásticos bultitos, tatuando “sólos tú y yo” una y cien veces, sobre la piel receptiva, agradecida, la de tu cuerpo y la de mis yemas que vuelan por carreteras asfaltadas con sudor para facilitar que mis palmas se deslicen con pasión y dedicación extenuantes hasta tomarse su respiro en el puerto de tu ombligo. El tacto, siempre el tacto ¿verdad? Es mi única virtud. El último o seguro que mi único recurso porque con él me comunicaba contigo de un modo atroz. Con abrazos interminables y repetidos hasta lo indomable. Con los dorsos o las yemas me hacía entender infinitamente mejor que con la palabra. No necesitaba lápiz para explicarte cosas porque era capaz de dibujar eses desde un costado al otro atajando por el valle hendido entre dos colinas hermosas por su tibieza y frescura, de rampas con ascensiones de locura, tersas y dulces como el chocolate que derretíamos en nuestros paladares antes de hundir nuestras lenguas en los pozos que uníamos para compartir el agua que amansaba nuestra sed, la energía de nuestras salivas que calmaban nuestras ansias, que eran sólo nuestras porque éramos nosotros. Los dos.