Te echo de menos como te pasa a ti con esas maravillosas escapadas que haces a cualquier parte del Mundo. Quizás hoy más que otros días ¿? Pensando a dónde me gustaría ir en mis inmediatas vacaciones. En cualquier caso, sin ti. Hace un rato he tirado los billetes que guardaba de recuerdo para el fin de semana que nunca disfrutamos allá en mi isla mágica en la que pretendía que de una vez por todas te enamoraras de mí. Pero como el resto, o sea todo, sencillamente, no ocurrió. Espero que tú sí hayas aprovechado la oportunidad y visto el eclipse total de sol el pasado 11 de julio, en la isla de Pascua o en la Polinesia Francesa. Era nuestro sueño y tú perfectamente capaz de haberlo realizado.
Veo tu carita a diario, en los cantantes que a través del CD o la radio entonan para mí nuestras canciones de siempre, las que escuchamos juntos y las que no, pero que sabemos cuáles son nuestras, en mi intimidad y tiempo particular que se agota siempre dentro del habitáculo de mi coche. Sus rostros son el tuyo, imagen muda pero intensa, prendida sobre las ondas que se pierden dentro de mis oídos. Ahora tengo un apartado musical llamado “Canciones de Braulia”, igual que creé el rincón “Estrellas de Braulia” y que siempre revivo cada vez que desempolvo el telescopio.
Por las tardes, te busco en la pradera junto a la piscina, entre los bultitos tostados al sol desparramados sobre las baldosas o el césped artificial, pero no hallo tu tez bronceada.
Ayer, esperé unos minutos, apoyado en una barandilla pinchada en el límite de un mirador, observando la espalda de una mujer que compraba entradas en la taquilla de un cine. Tenía la certeza de que no eras tú, pero su espalda desnuda y morena repetía gemelamente las formas de la tuya y me cautivó desde que la vislumbré varios metros más allá. Me sonrió al darse la vuelta y desapareció tranquilamente hacia la sala. Recordé con otra sonrisa tonta la noche que cenamos allí mismo engullendo dos hamburguesas XXL antes de que a los camareros les diera tiempo a servir el primer plato al resto de personas que nos rodeaban.
Por las noches en el sofá, cuando me siento a ver la tele (el aparato, que no lo que se ve en la pantalla), palpo a ciegas sobre la tela con mi mano, buscando la tuya para enlazarlas y ver, de verdad, una peli juntos. Pero no estás.
De madrugada, cuando ya me acuesto a las mil, sobre la sábana, busco tu pequeña cintura para acariciarla, e insuflarte el cariño que hubieras derrochado durante el día. Pero te has ido.
Durante el día sentado en el trabajo, espero un sobrecito con carta que encienda una luz sonrisa en mi interior, pero siempre se pierde por el camino. El cartero moderno ya no es como el de antaño.
Pero lo que más echo de menos desde que me enteré de que existías, es haber perdido el buzón de mis palabras, el destino de mis sueños. Ya no hay cartas con mi nombre sobre la mesa de tu comedor. Los sentimientos se pelean, se agolpan y aplastan en mi estrecha mente porque no tienen dónde ir ni mucho menos refugiarse. Ya apenas salen a la calle. Ni a tomar el sol un ratito. No cruzan la puerta para dejarse ver por tus ojos, escuchar por tus oídos o tocar por tus siempre cálidas manos. Se limitan a dejarse ver por aquí un ratito, se sientan en el balcón del blog con las piernecitas colgando y bamboleándose intranquilos como los críos que no paran, bromeando entre ellos, desafiantes entre sí, pero siempre tiernos que definitivamente se balancean dejándose acunar, cansados, por la curva que mi cuello se hacía para tu cabecita loca y curiosa.
Por lo demás, estoy bastante bien. Tengo la felicidad asegurada porque no se desprende de mi corazón, ni de mi mente clara y sencilla. Incluso crece contigo, con tu lejanía, despacio, demasiado lentamente, pero crece incesantemente. Cuando un problema me acecha, cuando una tristeza se posa en mi pensamiento como las esporas de la primavera cayendo más que mansamente, recurro a tu recuerdo y rápidamente vuelvo a sentirme feliz. Pensaba que el tiempo y la distancia atenuarían estas ansias mías que brotaron (por primera vez en mi vida), y ciertamente se mitigan, pero tan tan tan lentamente, que he tenido que aprender a ser feliz con esos sentimientos. Sé que olvidar a alguien puede ser terriblemente sencillo pero por las razones que sean, ese alguien evidentemente no eres tú. Así que, tu recuerdo, lo he convertido en el remedio para la melancolía. He transformado los brotes de tristeza en soplos de aire fresco y con fragancia a mar, utilizando tu presencia para ello.
La luz de la media tarde apenas se cuela en estrechas sombras a través de las cortinas anaranjadas de tu dormitorio, cubriendo tu delgado cuerpo con sus haces sobrios y mortecinos, pero calientes, una pequeña fracción de la temperatura de nuestros cuerpos. Y nos templan la mirada y endulzan nuestros labios. Mis manos atadas a las tuyas se desprenden a intervalos para coser con hilos de seda ternuras de punto de cruz sobre la piel de tus leves pechos. La geometría del placer, intrínsecamente ligada a mí. Primeros círculos pequeños con ambos dedos corazones, sobre el tuyo que escucho a unos centímetros sobre ti, o alrededor de los pequeños pezones que me apremian queriendo su ración de toques de ternura. Curvas que en cada vuelta se van expandiendo logrando que mis dedos abarquen el máximo de tu piel y rocen todo lo permisible de ser tocado. Espirales alrededor de un par de suaves y elásticos bultitos, tatuando “sólos tú y yo” una y cien veces, sobre la piel receptiva, agradecida, la de tu cuerpo y la de mis yemas que vuelan por carreteras asfaltadas con sudor para facilitar que mis palmas se deslicen con pasión y dedicación extenuantes hasta tomarse su respiro en el puerto de tu ombligo. El tacto, siempre el tacto ¿verdad? Es mi única virtud. El último o seguro que mi único recurso porque con él me comunicaba contigo de un modo atroz. Con abrazos interminables y repetidos hasta lo indomable. Con los dorsos o las yemas me hacía entender infinitamente mejor que con la palabra. No necesitaba lápiz para explicarte cosas porque era capaz de dibujar eses desde un costado al otro atajando por el valle hendido entre dos colinas hermosas por su tibieza y frescura, de rampas con ascensiones de locura, tersas y dulces como el chocolate que derretíamos en nuestros paladares antes de hundir nuestras lenguas en los pozos que uníamos para compartir el agua que amansaba nuestra sed, la energía de nuestras salivas que calmaban nuestras ansias, que eran sólo nuestras porque éramos nosotros. Los dos.