Yo no quiero tener algo contigo
lo quiero Todo
buscar juntos de la mano los límites de las miradas
extender los brazos al cielo hasta quebrarnos los codos
y las yemas de los dedos ardan palpando los rayos del sol
ojos enormes, fuera de sí, buscando los extremos de nuestra naturaleza elegida
la de ser
dándolo todo
yo a ti, de cabeza
tú a mí como quieras
mas quiérelo Todo tú también
y alcancemos cimas atados por las muñecas
con los dedos sellados
labios cosidos
ojos atados
sólo dos zapatos para nuestros cuatro pies
las mentes acopladas
y los corazones agitados
¿Recuerdas C, aquellas
noches en la playa? Como tantas otras en aquél verano sublime. El inolvidable.
Días aciagos, largos y oxidantes que esperábamos terminar para hacer lo que más
nos gustaba.
Cuerpo a tierra,
ambos con un sucinto bañador, desgastados de tanto sol y sal por el día.
Mi cintura pegada
a la tuya, derretidas las carnes. Un ente único. Dos volúmenes tendidos. Unidos
por esa conexión entre mentes eléctricamente parejas.
Escondidos detrás
de una de las dunas que jalonaban la costa, a veinte metros de la orilla,
rompiente de sencillas olas normalmente, con sus deseos desmembrados e
inacabados esparciéndose en una ligera espuma, volatilizándose en miles de
minúsculas pompas.
Sin Luna. Sin
color. Sin luz. Sin ruido.
Brillos infinitos
de bombillas inalcanzables iluminando nuestros rostros como única cubierta
sobre nuestros pensamientos.
Espiando a los
pescadores desde la lejanía. Los dos al unísono. Una única mirada. Observando
las puntas de sus cañas, inmóviles, verde fósforo impertérrito testigo de la
mudez de los peces en el mar. Alineadas unas junto a las otras, en una fila de
extravagantes puntas esperando.
Y tú arrojabas
piedras alterando la pesca de aquella gente. Llevábamos una bolsa de cantos
recogidos en la ribera de la ría mientras caminábamos riéndonos de todo,
contándonos deseos y proyectos, llenando nuestra vida y la de los demás.
Enseñándonos lo que deberíamos hacer y leyendo la cartilla al resto del mundo. Solucionando
los problemas de la Humanidad mientras obviábamos los nuestros.
Disfrutábamos la
noche alargando someramente la vida de algún pobre pez víctima del aburrimiento
humano. Asustando a sus pretendidos dueños.
-Dame tu mano-.
Te decía en susurros.
Y unida a la mía
lanzábamos el guijarro con el doble de fuerza.
En una centésima
agachábamos el cuello y escondíamos la cabeza. A veces tú en la mía. Otras, yo
la introducía entre tus brazos. Aguantando la respiración y el sonido. Las
ganas de masticar el mundo desde allí mismo. Palpitando a cien por hora un infinitesimal
centro del Universo en el que Todo somos yo y tú. Un trillón de kilos de sabor
a miel raspados por nuestras lenguas ávidas de piel y saber. Conocimiento. El
corazón hinchado de sangre nuestra, mezclada por los labios de saberse útiles,
una brújula para continuar hacia nuestro norte.
Y nos buscaban en
vano. Insultándonos después de varios lanzamientos cuando ya daban cuenta de la
presencia de los alborotadores.
Mis yemas
agarradas a tu cintura haciéndote cosquillas en el vientre, pretendiendo que tu
risa nos delatase. O tus dedos tratando de meterse en mi boca tratando que me
quejase. Los pies cubiertos de arena pegada, batallando en un desenfrenado
juego de caricias y trasiego de mensajes.
Conteniendo
quehaceres, esperanzas y codicias, preguntas sin respuesta y anhelos. Todos.
De vivir, a plena
alma tendida. Las manos llenas de hierba, y tus pies debajo a su abrigo.
Terminando boca
arriba, visionando la casa de nuestra Luna querida. Mi cintura pegada a la
tuya, derretidas las carnes. Encima, los brazos atados por los dedos
estrechados hasta un límite insalvable.
Hasta cerrar los
ojos vencidos por el sueño de una noche más de verano, y una vida que no
termina por comenzar.
Un silencio abrumador que llena el ambiente
ensordeciendo los oídos con su extrema calma.
Humo denso y negruzco de carbón cubriendo hasta
el último resquicio de un hogar extraño infinitamente enorme desde el primer
día que lo acogió.
Niebla huraña y doliente penetrando desde las
paredes a través de sus oídos, reventándole los tímpanos como un martillo en la
pared.
En el centro, sentado sobre la alfombra nueva,
roja, de pelo suave y artificial, un hombrecillo débil y herido en su corazón,
con los ojos cerrados y la cabeza reventándole con el ruido de la nada.
Golpea la mudez, inmisericorde, con su movimiento
ondulante, imperceptible sólo por la pesada densidad que lo conforma, y se
engancha al estómago engrandeciendo su tamaño, mezclándose con el ácido y
fabricándose un vómito dispuesto a quemarlo todo a su paso.
Penumbra.
Persianas sin levantar y ventanas sin abrir.
Fuerte olor a cerrado, y viejo, la senectud de un piso olvidado, deshabitado
desde antaño. No hay luz en la estancia y T mantiene cerrados sus párpados,
confundido, desorientado en un desierto de sentimientos. En el centro de un
laberinto, agitado como un látigo sin control dentro de su cabeza, zarandeado
por la espiral de un pensamiento insano y repetitivo, una obsesión
incontrolada, un sueño iterativo y monótono. Un querer vertiéndose de una
botella abierta goteando sobre los desperdicios absurdos de las ideas oscuras y
perdidas. Una batalla más, perdida, como todas las anteriores. Un recuerdo
funesto revivido nuevamente, otro más de esos que aparecen cíclicamente. La
misma amargura, idéntica perdición.
Silencio.
Las lágrimas ruedan como troncos sin frontera,
arrastrados por la superficie de un río manso. Pesadumbre y tristeza cogidas de
la mano caminando de puntillas sobre los maderos que río abajo flotan y se
hunden, alternativamente a su libre albedrío.
Nunca encontrará esa misma imagen de él. Entrega
hasta lo imposible. Ternura interminable y unas ganas de querer sin límite
humano ni lógico.
Mierda… Otra vez la misma historia. Y pensar que
llegó a creer que podría ser…
De nuevo volver a hincar la rodilla en el suelo y
asirse con fuerza a lo que siempre lo mantendría con vida, la sangre de su
sangre. Se prometió a sí mismo (de nuevo) entre sollozos no volver a tropezar
de nuevo así. No necesitaba, ni quería, ni debía permitirse otra
lucha más. Cada vez que caía, el golpe dolía el doble que el anterior, y ya no
estaba en edad de poner más tiritas al corazón. Se sentía extenuado, abatido,
hundido hasta el fondo de una profundidad abismal, la misma que miró sentado
desde el borde de un acantilado frío y gris apenas hacía dos meses.
que estoy pensando en abrir las puertas y ventanas,
de par en par,
a ver si sale la nube,
el lodo se descuelga,
y su sitios,
los ocupa algún rayo de sol.
En apenas diez minutos, T apuró su bebida fría y absorto en sus pensamientos decidió regresar a casa. Mientras se incorporaba con un movimiento lento, ya típico de él en los últimos tiempos, la joven del portátil hizo un gesto semejante. Sus miradas cruzadas, ininterrumpidas, escarbando en canteras de mármol frío alojadas en sus retinas, soldadas con hilo de acero, imposible de cortar. Tranquilamente, con inapreciable caminar, se acercó hasta su mesa y depositó en ella un pequeño libro desgastado. Media vuelta sobre sus botas y regresa hasta su sitio, donde a velocidad de caracol coge el abrigo, el portátil y una sonrisa que allí descansaba encima del plástico de la mesa. Pasa delante de T que imantado por sus ademanes no acierta a reaccionar en modo alguno. Un suave soplo de brisa invernal la empuja despacito hasta depositarla fuera del local.
T, baja la mirada y toma el libro con una mano, haciendo deslizar una veintena de hojas con su áspero pulgar –debería darme crema con más frecuencia- piensa sin pensar. E. E. Cummings es el autor de las páginas que Ella le ha regalado sin venir a cuento.
A una hora en coche de la gran ciudad, serpentea un arroyo minúsculo cercano al pueblo en el que vive T. Sus aguas irrisorias se nutren del sobrante del manantial que alimenta el depósito del pueblo. Es una pseudo corriente ridícula que alimenta su alma de vez en cuando, con el sonido del cristal rebotando en unas pequeñas piedrecillas en el lecho. En sus márgenes se sienta T, a observar cómo el sol se pone en la cumbre de las montañas que allí mismo nacen. Bajo los olivos abandonados y las nogueras que dormitan aún en marzo. No fuma pero a menudo se pregunta si eso acallaría algo las voces que lleva dentro. El paisaje lo calma. Los muros ajados y cubiertos de maleza de la época visigoda, el zumbido de las abejas resonando cerca, los romeros florecidos, y tomillos desangrándose en aromas primaverales, los espinos erguidos enganchando su parte de vida –estaría bien ser zarzamora- dice con tibieza. –Así engancharía los dedos de Ella igual que han prendido hebras de lana de las ovejas recién pasadas-.
Allí sentado, inundándose de tierra mojada y mala hierba despuntando, plenándose de olor a campo olvidado, proyecta con incertidumbre su próximo paso. Está planeando su vida con Ella desde hace muchos meses. Desde el principio hasta el fin. Ah no, que ya no existe el fin. Entonces desde el comienzo hasta el futuro. Sabe que es Ella porque la necesita todos los días y respiran el mismo oxígeno. No la conoce pero percibe que es Ella. No olvida el sabor de tantas tardes disfrutadas sin querer, una tajada de bacalao en Casa Labra junto a un vino, y a su padre que siempre adivina lo que le apetece y de la mano y en silencio lo acompaña los viernes o sábados a verla a Ella, entre las calles de Madrid.
T es un hombre de ciudad que en el campo vomita ansiedades. Anoche explorando el impecable cielo observó los pies descalzos de Ella, -no le gustan los zapatos- recordó sonriendo, mientras observaba sus propios pies desnudos haciéndose un hueco en la hierba. Y jugó mentalmente con los dedos de Ella, sentados frente a frente echando una guerra de deditos hasta que vencida permitía que sus pies cubrieran los suyos y los abrigara con su calor, y las plantas de él se derritieran con sus empeines y los cuatro fundiéndose formaran sólo dos para caminar con un único cuerpo por este camino complejo y enrevesado.
Qué difícil es estar. Complicada en extremo la mente que no cesa de interrogarse. Lo más difícil de esta vida debe ser centrarse y poner límites, templarse y establecer cauces. Mantener el equilibrio y servirse de la sensatez para caminar con paso más o menos firme. T es un caballero enfermo nacido en siglo equivocado que deambula buscando respuestas sencillas. Quizás no haya sido el tiempo equivocado, sino todo lo demás.
T sacó del bolsillo interior de su chaqueta un papel doblado y lo introdujo en el libro que Ella le había dejado. Le comentó a la camarera visiblemente enfadada que la joven lo había olvidado sobre la mesa y le instó a que lo guardara y devolviera si el algún momento regresaba por allí.
Desplegaste tus alas y navegas por nuestro cielo, Vigilante desde las cumbres, Atenta a todos los pasos, Deslizándote entre las nubes.
Te conseguí la Luna en su máximo esplendor Quizás rendida por eso, Aproveché la ocasión Agazapado guerrero anhelando el suceso.
Ahora cabalgas sobre su lomo Alas de Pegaso batiéndose incólumes Como los pensamientos de tu mente inquieta Zozobrando entre el me gustaría pero no sé.
Pues olvida o aparca Escucha los latidos y vuelve a sentir Igual que insuflaste tus ganas en mí Desde que esa esfera de Luna puse en tu jardín.
Igual que hago yo, alimentándome de ti Comiendo en tus letras energía infinita Hasta que choquen nuestras formas Y de allí, surja un nuevo espíritu.
Todo está dicho y pensado Todo sonreído y disfrutado Hasta donde nos permite nuestra magia ¿Hacemos un posible aquí y ahora?
Abandonarse a sentir. T lo echa de menos y como sucedáneo lo encuentra en sus batallas. Pero el recuerdo del abrazo en silencio lo persigue. Y el de caminar junto a una sombra que lo desee tanto como él a Ella lo castiga. Qué complicada es la mente.
De nuevo enfrentándome a mi propio pensamiento. Buenas noches cabeza imposible.
Tras una intensa parada no buscada, heme otra vez por estos lares en los que me pierdo siempre. Seguro que jamás me he encontrado y son burbujas las que asoman a intervalos, de tiempos mejores.
No puedo dejar de agradecer a todos los que me seguís de vez en cuando, vuestro apoyo inestimable. Os recuerdo más que a los que debiera (según me dice el psicólogo), aunque las circunstancias me obliguen a dedicarme a menesteres menos dichosos y placenteros que sin duda es leeros a todos vosotros.
Pero cuando la mente está turbia y da vueltas hasta espesarse tanto, hay que hacer una parada y soltar lastre. Habitualmente es negro, oleoso y maloliente, como bocanadas de petróleo indeseable. Hoy no. Realmente no tenía nada que contar, sencillamente me apetecía desentumecer los dedos frente al teclado porque me ardía la cabeza. Demasiado tiempo libre estos días. Las ganas de sentirme bien y de que tú también lo hagas me han despedido hoy hasta aquí.
Por qué necesitamos escribir… palabras que resuenan en mi cabeza incesantemente. Y por qué decimos lo que decimos y se lo dirigimos a quien lo hacemos…
Estoy cansado de bucear en el vacío. Agotado de mirar solo, las estrellas aquí detrás en el jardín agreste, cuidado pero estilo desenfadado que me rodea en esta inmerecida casa de pueblo alcarreña que me acoge.
Fin de semana pasado por estrellas, con Luna creciente y planetas titilantes guiñándome los ojitos. Me han perseguido hasta lo alto del tobogán de los críos pequeños del miniparque que por aquí dejaron tiempos mejores. Miríadas de estrellas han caído sobre mi piel mojándola durante estas noches. Me esperan todos los anocheceres cuando arribo de trabajar y me saludan graciosamente desde lo alto. Es imposible no enviarles un hola cuando la misma cuesta arriba hacia la puerta proyecta el parabrisas del coche hacia lo alto del abismo, hasta la profundidad imposible del abrigo que me calienta continuamente aunque no lo busque. Y por el día toma el relevo mi Sol, siempre a mi lado, cobijando mi sonrisa escondida, la que guardo para ti, y soplártela con un susurro, polvo de estrellas que tuerzan tus comisuras en V de complicidad.
Esto es caótico. Singular y estúpidamente obsesivo. Incoherencia prendida en la mente de un imposible, de un absurdo que tiene los días contados porque el destino no pinta bien. El mareo permanente se adueñó hace tiempo de este pensamiento inmundo que da vueltas incesantemente sin final, naciendo en ti y terminando en Ella.
No hago más que sentarme en la ladera de la montaña durante horas, agarrándome las piernas, haciéndome un ovillo, buscándote allá arriba e interrogándome, hasta que el frío y las lágrimas empañan mis cristalinos que se tornan opacos. Sí, bueno, me acompaña Vetusta Morla en un replay indefinido tratando de apaciguar esta sesera derretida.
¿Qué me ocurre T.? Pero no hay respuestas. Frases de ilusión y esperanza me construyo uniendo puntitos en mi bóveda celeste, saltando de estrella a estrella como en los trazados invisibles numerados de los niños. Sólo que allí pongo palabras de vida robadas a un ángel que vuela cerca pero seguro que inalcanzable silbándome ternuras con aliño de café caliente recién hecho.
Me acostaré bajo las tres mantas pirenaicas que dulcemente depositó madre a los pies de la cama. Y bajo el calor de la felpa soñaré de nuevo con tus alas replegadas ocultando tus ojos marrones y mejillas de pomelo, paseando cogido a tu cintura, junto al Sena, para celebrar que los destinos a veces chocan y estallan fuegos almibarados con naranjas de alúmina en vapores que entumecen los sentidos.
T. conoció a C. apenas tres meses antes. Por una de esas casualidades de la vida que se dan cada tres o cuatro años bisiestos.
Llevaba ya mucho tiempo deambulando por tierra de nadie, lodazales mundanos de cotidianeidad rutinaria, perdido el horizonte y con exceso de adrenalina escupida por una situación personal deforme, degradante y una vida perdida entre el azote de sus semejantes, un trabajo alienante y el tiempo libre muriendo colándose por los enormes huecos de su corazón quebrado.
Así que su psicólogo, un buen día le espetó –necesitarías buscarte un entretenimiento al que dedicaras mucha concentración y te sirviese para calmarte un poco, –clases de costura y confección, una cosa que está de moda y apacigua el cuerpo quieras o no. Y por una vez en su vida, hizo caso a su terapeuta.
El primer día fue tan especial que Especial desde entonces se forjó en este recuerdo. Llegó de los primeros, ocultando su rostro tímido, algo avergonzado por ser el único hombre apuntado a las clases de patronaje. Se sentó al fondo del aula, en un esquinazo junto al gran ventanal que la presidía.
C. llegó la última, acompañada de una conocida con la que charlaba amistosamente. Se sentaron al otro lado de la clase, en el sitio opuesto al de T. frente a frente porque las mesas estaban dispuestas en forma de U alrededor de tres de las cuatro paredes de la clase. En la cuarta estaba la pizarra y la mesa de la profesora.
T. se quedó boquiabierto, anonadado ante el aura que C. desprendía. Sus ojos se perdían con el movimiento de sus labios al hablar y se enredaban con el meneo de sus manos y dedos como batutas oscilando al ritmo de las puntadas. T. intentaba descifrar el significado de las frases que Ella escribía en el aire al compás de las agujas de punto. No se le daba nada mal, pero sorprendentemente a él tampoco. Era tarea que no le desagradaba, incluso le gustaba. Coser, aunque chapuceramente, le proporcionaba paz, tranquilidad y muchísima calma interior. Su madre le había enseñado un poquito con más paciencia que ganas durante tantos años de convivencia juntos.
Las clases se sucedían todos los miércoles y por un par de horas, su mente vagaba entre los pinchazos sobre los dedos torpes e inhabituados y las ráfagas lanzadas por las pestañas de Ella. Destellos ¿de qué? pensaba T. aturdido. Pero allí estaban. Las miradas se cruzaban sin cesar, turbadamente, sin buscarse pero coincidiendo siempre. Pero no había más. Sin palabras, sin sonidos, sólo el roce de los párpados cerrándose lentamente tañendo campanas de alegría cuando los ojos se cruzaban.
El segundo día, la profesora pidió a los alumnos que escribieran su mail en un papel para enviarles los deberes y alguna información a través del ordenador. La hoja empezó por el extremo de X. rellenándola la primera. A continuación lo escribió Ella. Cuando el papel llegó a T, además de poner el suyo, copió el de C. en su cuaderno de apuntes. Había conseguido un gran tesoro. Esa tarde marchó a casa con pálpitos en el corazón y una sonrisa de oreja a oreja, -aunque para lo que me va a servir, -pensó para sus adentros.
Cuando quedaban cuatro días para terminar el curso, a la salida de la clase, empezó a acompañar a C. y su amiga un trecho por la calle. Ya sabía que X. giraría en la primera esquina despidiéndose hacia su casa. Y Ella seguiría un par de calles más abajo. Las había observado en otras ocasiones desde cierta distancia. Pudieron charlar de nada y del tiempo, del contenido de las clases y de los deberes. Poco más porque C. vivía a 5 minutos de la academia.
Una noche, después de llegar a su casa, T, venciendo a su enorme timidez y falta de valor en cualquier ámbito de la vida, escribió una bonita carta de amor. Una flecha envenenada y atrevida disfrazada de sueño increíble y certero. En su subconsciente y profundamente dormido, había pensado en C, en su pelo rematado por un flequillo castaño y denso, en su carita redonda marcada por unos labios gruesos y en sus ojos oscuros y brillantes enormes sobre sus pómulos invitando a ser comidos. En sus manos bailando entre las telas de la clase y en su voz contenida y risueña hablando de nada, y del tiempo. Y se lo mandó a su mail.
Pero no recibió respuesta. Pensó que un sueño, sólo es eso, una fantasía tonta de adolescente marginal caído en el cuerpo maduro de un señor perdido en el mundo de los mayores. No hizo mElla sobre la coraza de C. que además en las clases de patronaje se había tejido un grueso forro para protegerse del crudo invierno y de los proyectiles de algún que otro perverso malintencionado.
Allá por finales de febrero terminaron las clases de costura, corte, confección y otros menesteres similares. Todo desapareció de repente. La magia se fue con Ella. La risa se perdió con el polvo de su caminar. La luz se marchó agarrada a su espalda. -¿Puedo darte dos besos de despedida? –le dijo T. a C. a escasos metros del portal. Nunca supo cómo le salió semejante atrevimiento. Pero Ella aceptó y sin dudarlo un segundo alzó los brazos y en un tímido abrazo alrededor de su cintura le presentó un par de tibios besos en ambas mejillas. Y una sonrisa enorme, tímida y escondiendo el deseo de hablar, de decir, de mascullar. Pero se tragó las palabras con su propio aliento. T, como siempre, no supo reaccionar. No le preguntó por el sueño enviado por mail, no le dijo una palabra acerca de nada atragantado por la simple presencia de Ella, llevaba mil cosas apuntadas en la cabeza y todo desapareció instantáneamente.
Y allí terminó todo. El tiempo, todo lo lleva a su fin.
Esa misma noche, T. volvió a dejar volar sus manos sobre el teclado. Con los ojos cerrados movía los dedos certeramente sobre las letritas leyendo a oscuras los apuntes descolocados en su mente. Pensaba en batallas, en caballeros y princesas, en los dedos sobre la espalda de su musa, en miradas frente a frente, observados pícaramente por el silencio tan presente en todos sus instantes.
Releyó el texto un par de veces, meditó si enviárselo o no durante un par de horas, y por fin pulsó sobre la tecla intro.
Al día siguiente amaneció un día hermoso, de primavera adelantada, de sol amarillo gigante, de luz azulada desparramada por un cielo diáfano. Un hermoso jueves uno de marzo llamado a ser infinito.
Después de trabajar resolvió salir a dar un paseo mientras rememoraba en susurros de perturbado el rostro de C. Era inevitable, así que dirigió sus pasos hacia la academia que lo había acogido en su seno de felicidad hasta apenas un día antes. Se preguntó qué estaría haciendo Ella, e imantado por su magnetismo inexplicable solventó la decisión de su destino en cero coma. Caminó hasta el parque que cercaba la casa de C. y dio gracias a Dios por haber puesto allí un precioso columpio de altura más que suficiente para ascenderlo y sentado allá arriba vislumbrar el interior de la casa de Ella. A través de las cortinas recogidas observó pequeños movimientos en la casa y adivinó su cuerpo reclinado sobre un portátil, encendido, pantalla brillante al acecho, sentada frente a una pequeña mesa de comedor. Sonaba música, agradable, "my baby just cares for me" de la Simone tal vez (qué malo era para recordar nombres de canciones y artistas). La ventana, a apenas cinco metros del columpio, marco perfecto y regalo de dioses para gratitud de T. que con la barbilla apoyada sobre las manos, escudriñaba con tensión, observando su rostro a través de unas gafas verdes, nuevas a todas luces, o al menos, no las había visto antes durante las clases del curso.
Un minuto después, C. echó su rostro encima de las palmas de las manos apoyadas en los codos, y hecha un ovillo, blandiendo una perfecta y enorme sonrisa en curva espléndida y magnífica, tomó un último sorbo de la bonita taza de café alojada en su palma, ajena a la mirada de su caballero montado en columpio.
Y en un gesto lento y limpio de juventud cargado de emoción y vida, se mordió con ternura la manga de su enorme jersey de lana, al tiempo que una sublime descarga de deseo sobre su espalda giró su cuello hacia la ventana…
Arduos en demasía, estrechos de pensamientos, intrincados los caminos de sentimientos, ya recorridos por una casta de vagabunda que hoy escasea. En una suerte, mala, de desgaste infortunado de pensamientos arrastrados por esos angostos trechos. Una tristeza enorme para este paladín de lo imposible, saber, que los caballeros impenitentes acechantes cuales bandidos en sus orillas, han medrado sin margen de error sobre esta soberana elegante después que luchadora y embajadora otrora, de la fe hasta el abrazo de dos, alegría de vivir hasta encontrar el abandono a los sentimientos del corazón y el conjuro de un enlace divino, a riesgo con probables infinitesimales de terminar multiplicada por dos y finalmente por mil, pero en algo enorme y sublime. Que no llegó nunca a buen puerto y convirtióse en una pena de caminar errante, siempre a ojos de este polichinela infame.
Peregrino inocente o tal vez ciego, fantástico caminante llevado por un potente viento del norte soplando por encima de su cabeza. Hasta que un escollo en el mismo camino habitado por princesas imposibles, ya digo, fue cazado por hechizo inverosímil, niebla densa y oscura planeando por recodo perdido. De repente, un tropiezo de magníficas dimensiones, pero peldaño superado. Y a partir de ahí, un cambio en la mente de este cruzado desorientado pero pertinaz, guiado únicamente por los pálpitos del corazón y el deseo del alma.
El turismo queda para los amantes de las visiones contemplativas. Espectáculo, el de los demás que se deshojan en algarabía de carcajadas y buenas voluntades, estómagos satisfechos.
Sofá no para espaldas cansadas sino alfombra para voluntades deseosas. ¿Es eso un triunfo de qué? De la vida tal vez. Del sentir, seguro.
Es un destino de peregrinaje tan formidable como Santiago. Quizás un punto de partida.
¿Te acompañaré algún día hasta el carnaval de Venecia?
"Nuestro corazón está inquieto hasta que encuentre paz en ti"
(Por lo visto es de San Agustín, "Confesiones")
Corazón contra corazón
Piensa durante un rato de duermevela inhóspita, de infortunado sueño, en una habitación oscura, negra como un abismo en invierno al borde de un pensamiento escurrido e inalcanzable. Sin una hebra de luz que la cruce. Un cuarto cálido, atemperado, en el que estar desnuda sea lo apetecible. Por temperatura candente y por confort para el alma. Una estancia perfectamente esférica, de paredes torcidas como palmas de manos dispuestas a abrazarte, medio globo cual iglú en un trópico construido para acoger almas despiertas, cansadas por la historia, y dispuestas a redimirse, a darse la oportunidad definitiva. Una mullida superficie, suave y blanda como las plumas de ave de los nórdicos en boga, quizás varios kilos de plomo confeccionados con vello evaporado, exactamente redonda, encajada hasta las manos que la rodean, un colchón enorme y dispuesto para ti, que susurras desde el cansancio ajustado a la gran circunferencia que conforman sus paredes dobladas, abrigos para tu ser. Un soporte tierno, textura suave y acariciadora hasta la extenuación, tejida únicamente para rozar tu piel y sustituir la mía en la ausencia. Diván para tu espalda herida de desamparos.
Sólo una puerta.
Se abre para la esperanza. Entras despacio, ligeramente a tientas, aclimatando tus ojos a la nada. Aferrándote con garra a las paredes de tejido amable y al edredón que te llama con brisa de labios encendidos, los míos. Yo ya lo hice, apenas un minuto antes. Mi vista ya habituada al paisaje aciago y comprendido de la oscuridad, alimentada por la rutina, tiempo nuboso que todo lo enturbia.
Adolezco de enjambres con sorpresa, previsible segundo acto.
Se cierra para las tormentas. Trátese de conservar el perfume de tu rostro y las muescas de las palmas de tus manos, de sostener entre nuestros dedos la ciega tensión de mi mirada, vacunándonos contra desasosiegos y las malas artes de la vida afuera.
El tiempo no se escucha aquí dentro, ni se siente, ni se sufre.
Momento de llegar hasta el centro de este casquete esférico que nada promete pero, ofrece una visión del horizonte impecable, de un futuro sólo alegre, certeza de baño en sonrisa de gel escurrido con el sudor de tu corazón henchido y rabiosamente grandioso y mi mente que sobra y las lindes se deshacen para fabricar elixir Factum factis de ingredientes únicos, modestos pero imprescindibles.
Lapso para sentarse en el foco, apostados tus cuatro sentidos frente a los míos, perderse en el olvido que ofrece el lugar, y brazos extendidos en cruz, unirlos manos contra manos completando un círculo de porqués prendidos en tu pelo y cosidos en mi fango mental. No es fruslería, no creas. Guerras se han lanzado por menos fuerza espiritual. En cuestiones del alma, dos burlados pero confinados al destierro juntos, pueden lograr mover montañas. Con el calor y osadía de mi pecho sucumbiendo a la cuna del tuyo y la energía de mis mejillas acumulándose en la placidez de tus hombros, o los destellos de tu nívea barbilla emplazada en el requiebro de mi cuello, llegaremos donde ni pensamos.
Y eso únicamente con el tacto. Pergeñemos una treta con el olfato, el gusto y el oído y en vez de manejar montañas, quedémonos con el corazón. Empresa más razonable y por mí, infinitamente más deseada. Digámonos bagatelas atemperando el espíritu y alimentando nuestras corazas herrumbrosas. Hundamos nuestros olfatos en sinergia de un destino añorado, buscado, perfume de ganas sublimado por miles de poros necesitados de gritar ¡queremos querer! Acabemos lamiéndonos las huellas de los rostros, aliviándonos labios agrietados, sorbiendo párpados rendidos, besándonos bocas necesitadas con arrojo y definitiva decisión.
Anoche entre tinieblas, anduve perdido en nuestras calles. Recorría esta ciudad oscura y enrevesada caminando por las ondas irreconocibles del pensamiento dormido, intranquilo y alerta, escalando los pliegues sinuosos de un cerebro roído que sólo piensa en tu vello seductor y maldito. Era yo diminuto como un grano de arroz y descansaba sentado con las piernas torcidas, forzadas a un pseudo loto. Tú, enorme como intuyo, ingente poblada de certezas, sabana de horizonte inabarcable, en lo que yo reposaba, amoldado a tu piel y contemplando su llanura pálida, eterna para mis ojos, rociada de tímidos valles, suave y tejida de espigas mecidas por la brisa de los susurros. Tranquila, inmóvil, apacible hasta lo inmenso. Apenas se escuchaba el batir de esta hierba tuya acunada por escalofríos de paz y sosiego. El cielo dañaba mis córneas castigándome tiñéndolo todo de un azul imposible y cegador, sinsentido en la oscuridad de mi noche. La luz escondida a mi espalda, inmensa rellenando el espacio frente a mi mirada perdida. Serena, húmeda por las lágrimas de un paisaje embriagador de alcohol evaporado, emergido de los tallos de ese seductor hado, hebras de imperceptible vello. Manto de inmensidad blanda y dulce, tinta pastel dorada por un atardecer que me perseguía cercenando el sueño, robándolo poco a poco para arrojarlo al vertedero del infierno de lo intocable, altar prohibido e inalcanzable, mientras el sol le guiñaba un ojo a mi espalda y mis hombros aterciopelados combatían por emparejarse con las olas de tu pelo invisible ondeando siluetas de roces bajo las ondas de nuestro viento de rumores, algaradas de vigilias regaladas con sabor a miel y sonrisas de caramelo rosa y empalagosamente dulce, tortura recíproca de gestos deliberados, disparos de cariño y munición carente de amor imposible.
Mi ser transformábase en súplica sobre la piel de tu cuerpo infinito, sin pensar, sin concluir, sin llegar a ningún sitio, sólo abandonándose como suele ser costumbre, a enorme y tierna boca de labios suplicantes. Indecisa al inicio, anhelante de ti, persistentemente. De tu olor a sal y sabor a tierra, camino andado con garra, curiosidad y extrayendo lo permitido de los deseos. Textura la de tu piel sedada por un, repito porque es imagen sobre este paraíso que llamé sueño, ínfimo vello transmisor de diabluras, quereres, amores y caprichos inarrancables. Perdida en borrachera de humedades y fragancias de fragor por los ecos de tu voz, abierta en una enorme cuna con forma de S doble, los labios grapados auscultaban la piel de tu espalda llegando una y cien veces hasta el abismo de tus hombros, palpando las raíces de pelitos imposibles, sorbiendo los pocitos de poros insondables contenedores de la luz y la esencia de tu sí. Desinflándose lánguidamente en cada beso entregado, atenuándose chupito a chupito, deshaciéndose con cada relámpago atravesado desde tu alma inquieta y sangrante llegado hasta el centro de mi lengua soldada a ti.
Y a tus párpados benditos que apenas aplacan la esperanza y la furia que con desdén crecen implacablemente como un agujero negro en el claro de tu pecho.
Ya no hay tinta ni pluma que reflejen el sentido,
los escritos se marcharon a buscarse su camino.
Tu piel volvióse tamiz y los versos recordados,
por los poros se colaron atravesando tus dedos.
Quererte no quiere ser recuerdo
en versos cincelados desgarrando ese Te quiero
perdida en tu rumbo y ajena al laberinto de palabras
desangrados murieron, deshechos en lamentos.
El alma quedó tatuada, recuerda las sogas tejidas
con anhelos y secretos masticados por nuestras bocas
el miedo pasto de llamas incendiado por mis labios, y los tuyos
asas son lianas talladas en tu inquieta alma, y mis manos,
miembros atroces prendidos cual colgajos
acunando extenuados amargo rostro infranqueable.
Tu mente creció trepando hasta la cúpula de los cielos Grabé el poso en la frente, suave con las yemas anhelantes
y la marca endeble, enfermiza, cayó mecida por tus vientos
imposible detenerlos, pluma arrancada por rabiosos dientes.
Duerme el calendario con sonrisas marcadas en el octubre de ayer,
la esperanza prendida en sus hojas, pese a sólo quedarle tres.
Forjado con piel extirpada de mis párpados suplicantes
Impermeable a toallas arrojadas, a miedos acechantes y quiméricos deseos, a lágrimas es.
Palabras y más palabras, cosidas en tu piel
Murmullos en susurros desgranados con esperanza
sonando a vida, radiantes colores sentenciados a amarga hiel
Pensamientos retorcidos que jamás desembocarán en fortuna.