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| Tu piel |
Anoche entre tinieblas, anduve perdido en nuestras calles. Recorría esta ciudad oscura y enrevesada caminando por las ondas irreconocibles del pensamiento dormido, intranquilo y alerta, escalando los pliegues sinuosos de un cerebro roído que sólo piensa en tu vello seductor y maldito. Era yo diminuto como un grano de arroz y descansaba sentado con las piernas torcidas, forzadas a un pseudo loto. Tú, enorme como intuyo, ingente poblada de certezas, sabana de horizonte inabarcable, en lo que yo reposaba, amoldado a tu piel y contemplando su llanura pálida, eterna para mis ojos, rociada de tímidos valles, suave y tejida de espigas mecidas por la brisa de los susurros. Tranquila, inmóvil, apacible hasta lo inmenso. Apenas se escuchaba el batir de esta hierba tuya acunada por escalofríos de paz y sosiego. El cielo dañaba mis córneas castigándome tiñéndolo todo de un azul imposible y cegador, sinsentido en la oscuridad de mi noche. La luz escondida a mi espalda, inmensa rellenando el espacio frente a mi mirada perdida. Serena, húmeda por las lágrimas de un paisaje embriagador de alcohol evaporado, emergido de los tallos de ese seductor hado, hebras de imperceptible vello. Manto de inmensidad blanda y dulce, tinta pastel dorada por un atardecer que me perseguía cercenando el sueño, robándolo poco a poco para arrojarlo al vertedero del infierno de lo intocable, altar prohibido e inalcanzable, mientras el sol le guiñaba un ojo a mi espalda y mis hombros aterciopelados combatían por emparejarse con las olas de tu pelo invisible ondeando siluetas de roces bajo las ondas de nuestro viento de rumores, algaradas de vigilias regaladas con sabor a miel y sonrisas de caramelo rosa y empalagosamente dulce, tortura recíproca de gestos deliberados, disparos de cariño y munición carente de amor imposible.
Mi ser transformábase en súplica sobre la piel de tu cuerpo infinito, sin pensar, sin concluir, sin llegar a ningún sitio, sólo abandonándose como suele ser costumbre, a enorme y tierna boca de labios suplicantes. Indecisa al inicio, anhelante de ti, persistentemente. De tu olor a sal y sabor a tierra, camino andado con garra, curiosidad y extrayendo lo permitido de los deseos. Textura la de tu piel sedada por un, repito porque es imagen sobre este paraíso que llamé sueño, ínfimo vello transmisor de diabluras, quereres, amores y caprichos inarrancables. Perdida en borrachera de humedades y fragancias de fragor por los ecos de tu voz, abierta en una enorme cuna con forma de S doble, los labios grapados auscultaban la piel de tu espalda llegando una y cien veces hasta el abismo de tus hombros, palpando las raíces de pelitos imposibles, sorbiendo los pocitos de poros insondables contenedores de la luz y la esencia de tu sí. Desinflándose lánguidamente en cada beso entregado, atenuándose chupito a chupito, deshaciéndose con cada relámpago atravesado desde tu alma inquieta y sangrante llegado hasta el centro de mi lengua soldada a ti.
Y a tus párpados benditos que apenas aplacan la esperanza y la furia que con desdén crecen implacablemente como un agujero negro en el claro de tu pecho.

Escribo aqui, porque me apetece, y lo que me apetece...
ResponderEliminarLástima que tengo que saber que esos sentimientos solo los despierto en el mundo onírico. Pues en la realidad como cada día tropiezo, con quien dejándole tocar el alma, me arrebata la esperzan de creer que alguien pudiera amarme.
Tantas veces rota, olvidada, ignorada, condenada a tenerme que olvidar los besos y promesas que un día llenaron de alegrías, de caramelos rosas, de sabores a mil y a a sal, a tierra mojada.
Empalagosamente dulce, pero no tanto como para crear adicción, se van sin mirar atrás, sin importar el daño. me quedo siempre con una sonrisa, pues mejor poner esa careta que la del dolor que deja.
Al siguiente solo le pido fe en mis delirios, corazón para mis sueños y ganas para mis miedos...