Me acompañan...

17 de mayo de 2010

Solo tengo ganas de ti

Hoy no tengo ganas de escribir. Ayer tuve muchas y anteayer más aún. A medida que ha ido mejorando el tiempo, mi interés por la palabra escrita ha ido decreciendo, como decimos en mi oficio, de un modo inversamente proporcional. Y mira que tengo pensamientos que plasmar e ideas que contar, ¡buf! Podría llenar un par de bolsas ecológicas de esas azules que venden en el Ikea para que te lleves la compra de cualquier manera. Muchísimos y muchísimas. Pero hoy no. Me siento raro. Es una sensación como si no estuviera presente en el presente. Últimamente sé que siempre estoy así, pero lo asumo de un modo consciente y vivo con ello todos los días. Pero hoy estoy, como que no estoy. Esa recurrencia de que pasan los días y voy perdiendo mi tiempo encerrado entre cuatro grises y sucias paredes no cesa. Peor aún, me castigo obsesivamente con aquello que me contaste una vez, ya sabes –hay que aprovechar que mañana te puede caerte un ladrillo sobre la cabeza y hoy podría ser tu último día- Y claro, por la noche después de acostarme me pregunto si he sido feliz, y me digo insistentemente: mañana será el día. Mañana sí que sí. Mañana nos encontraremos una vez más, nos intercambiaremos las manos, fundiremos un segundo nuestros labios con el calor de nuestras bocas deseosas, y entonces, cuando me tumbe de nuevo sobre mi sábana azul, sonreiré con la complicidad del que sí se ha sabido feliz por un día.
Hoy me ha dado por cerrar los ojos con frecuencia, con la misma que pasan los minutos en mi micro reloj del monitor, para concentrarme en un recuerdo diáfano y claro, tremendamente definido y perfecto. En esa experiencia que revivo ahora y que en su día fue incompleta, cambio los personajes, muevo las horas hasta el alba, y sitúo el escenario hasta colocarlo con nuestras miradas hacia el oeste.
Estamos sentados en el borde rocoso de un pequeño puerto sin barcas, formado por un par de espigones que entre ambos retienen una pequeña cantidad de agua extrañamente verdosa y cristalina, como ya es difícil ver, limpia como no estamos acostumbrados a disfrutar. Juntos pero no pegados, separados por un estrecho resquicio por el que apenas cabe un papel de fumar, suficiente para que la brisa del calmoso mar nos refresque algo la piel que suda ligeramente bañada por la humedad de esta tarde veraniega cerca del continente africano. Ambos contemplamos a una docena de niños del lugar que juegan saltando, zambulléndose en el agua ruidosamente, saliendo de ella sin cesar y sin cansancio aparente, y que no paran de reír incluso cuando bucean por algunos segundos. Se palpa la felicidad y la alegría en esta juventud que si fuese inteligente, firmaría ahora mismo quedarse como están en un destino que no tendría parangón.
Y nosotros, que llegamos aquí como siempre pasa en los mejores momentos de la vida, por azar. Un viaje de turismo relámpago para relajarnos de la mundana y estresante cotidianeidad, a una costa que yo ya conozco bien porque me pertenece ya que la quiero como si fuera yo. Cuando arribamos con esa suerte, nos miramos a la cara fijamente, pensamos lo mismo, y con dos sonrisas inconmensurables, nos concedimos el deseo de quedarnos un tiempo para disfrutarlo con fruición.
Tan amable, tan sentido, tan discreto. Este lugar y estos pensamientos son las locuras intrínsecas a mí, y afortunadamente, he logrado contagiárselas a ella, que ya las exterioriza como yo, hacia mí y hacia mí.
Y henos aquí en pausa. De nuevo, una vez más, aprendiendo a ser felices poco a poco. Dedicándonos a ensanchar el corazón sin pensar en el mañana. Columpiándonos sin temor en la cuerda que cruza mi cabeza tirando de su alma para aplastarla contra la mía, de parietal a parietal como dos noray que abrazan una amarra en la que asirnos fuertemente contra las tempestades de la vida. Ella, con los pies desnudos balanceándose rítmicamente junto a los míos. Cubiertos con unas camisetas ligeras y desteñidas, la ocasión así lo requiere, y los bañadores, imprescindibles para el chapuzón unos instantes antes, entre las cálidas e inmerecidas aguas que mi pequeña sociedad ruidosa e infantil nos han prestado y que no para de disfrutarlas como a nosotros nos gustaría, de ese sentimiento indefinido pero vital, que nos ha congelado tan lejísimos de Madrid para darnos la oportunidad de volver a saborearlo.
Nuestro sol se pone. Ese aliado que bendijo nuestra unión ya hace algún tiempo, se esconde para nosotros. En pocos minutos su cara enorme y fulgurante dejará de reírse con nosotros para envolvernos con su áurea, más amable, más blandita, más llevadera. Tan maravillosa como la cuna que sirves con tu hombro a mi cabeza indomable. Como dice el anuncio, porque nosotros lo valemos. Nos perdemos en el horizonte con el ocaso. Pero nos encontramos en nosotros mismos. Todo lo tenemos aquí, no necesitamos ir hasta San Nicolás para rubricar nuestro amor. Pero una ayuda, tampoco viene mal ¿verdad?

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