Me acompañan...

19 de julio de 2010

Diario de un adolescente II

     Un agradable instante en mi día a día: el momento de sacar la basura. A eso de las 11 de la noche. Me planto una camiseta. Ato la bolsa con un nudito ridículo (de tamaño digo) lo suficiente para agarrarla con dos deditos aunque me corte la circulación sanguínea durante un ratito. Cojo las llaves de casa y salgo tímidamente al rellano. Nunca enciendo la luz del descansillo por eso de no gastar inútilmente. Palpo hasta encontrar el botón para llamar al ascensor, y lo pulso. Lo espero con los ojos cerrados imaginando cómo asciende la cabina movida por esos cables temblorosos que visualizo semejantes a los que cuelgan de los mástiles de los veleros, mecidos por la brisa nocturna que los balancea en sus amarres y suenan con un clic particular al golpear contra los mástiles metálicos. El ascensor es lento, pero en esos instantes no me importa. Cuando llego al portal, salgo despacio, aspirando con fuerza las fragancias de las flores que pueblan el jardín comunitario, mezcladas con el olor a humedad de la piscina y el del agua brotada de las mangueras para alimentar las plantas de las jardineras. Las enormes bolas de las farolas iluminan con esa lucecilla tenue y amarillenta los parterres y baldosas de chinarro que enmoquetan todo el suelo del patio interior. Se siente la calma y la tranquilidad solo estropeada por el ruido de los coches que pasan a un centenar de metros tras la valla que rodea toda la finca. A medida que camino hacia la calle, por encima de la verja se observan los colores apagados del parque de los críos que descansa merecidamente. Las luces de los coches que a esas horas son pocos recorriendo la gran avenida junto a la que se encuentra la urbanización. Todo muy oscuro y tranquilo, adormecido o relajado tal vez. Pero cálido y gratamente refrescante a esas horas. Las farolas, luminosos y ventanas de una gran clínica que emerge allí delante, dan un tono agradable al espacio que se levanta frente a mi vista. Azules eléctricos de los letreros publicitarios y tonos amarillos y cremosos del resto de la iluminación. El aire no será puro, pero ya estoy acostumbrado, e incluso me huele bien. No hay movimiento y eso me gusta. La serenidad desborda. Abro lentamente la puerta que da a la acera y en unos segundos la basura ya está en su contenedor. Me detengo, y como si fuera cualquier atardecer sigo con la vista alzada y realizo una inspección de 180 grados, lenta, deteniéndome en cada imagen que vislumbro delante. Y busco.
     A veces... Siempre que vivo este momento pienso en ti. Realmente sería una experiencia, la experiencia mejor dicho. Todos los días imagino que según tiro de la portezuela que da a la calle te encuentro delante. Recostada en tu coche gris aparcado frente a la entrada. Sonriendo, con los brazos cruzados y una bolsa de viaje echada a tus pies. Y cuando te veo, me tiembla todo y recojo con mi brazo un par de goterones de esos que me salen cuando la felicidad extrema revienta dentro de mi cabeza. Solo ha ocurrido una vez. Haces una mueca a un lado con la comisura de los labios, y terminas de derretir lo que resta de una pieza en mi interior. Preguntas con el rostro -¿bueno qué? -mientras sigues sonriendo-. Y no sé qué decir porque tu presencia siempre me bloquea el pensamiento y por supuesto la palabra. Me acerco, dejo la bolsa gris con los desperdicios en el suelo, y te atrapo como nunca antes había hecho. No quiero perderte. No voy a perderte. Ahora ya no. Nos mezclamos con un abrazo lento, pensado para hacer saber y sentir sin dejar de observarnos la mirada mutuamente. -¿Me acompañas? -dices entre lágrimas de intensidad-. -Mira qué pintas tengo, -te sonrío diciendo-. -Para donde vamos, estás perfecto -respondes temblando, sabiendo que, ambos vamos a atravesar la puerta que deseábamos desde siempre. Nos subimos a tu pequeño coche plateado, y mientras nos acomodamos sin perdernos un segundo la mirada, arrancas y nos perdemos camino al aeropuerto...

2 comentarios:

  1. ¿Sabes? Los sueños, a veces, sólo a veces, se cumplen. No dejes de intentarlo nunca.
    Bs

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  2. Pues me apetece decirte eso... que nunca, nunca dejes de soñar. No dejes que esos aeropuertos anhelados desaparezcan de tu imaginario particular.

    Es una orden ;)

    Espero que estés bien, se te echa de menos. Aunque bien pensado, es tiempo de vacaciones... así que si no escribes porque estás por ahí "holgazaneando", estupendo.

    Besazos, Tonetxo.

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