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| Estufa fría del parque Juan Carlos I |
Llevaba ya mucho tiempo deambulando por tierra de nadie, lodazales mundanos de cotidianeidad rutinaria, perdido el horizonte y con exceso de adrenalina escupida por una situación personal deforme, degradante y una vida perdida entre el azote de sus semejantes, un trabajo alienante y el tiempo libre muriendo colándose por los enormes huecos de su corazón quebrado.
Así que su psicólogo, un buen día le espetó –necesitarías buscarte un entretenimiento al que dedicaras mucha concentración y te sirviese para calmarte un poco, –clases de costura y confección, una cosa que está de moda y apacigua el cuerpo quieras o no. Y por una vez en su vida, hizo caso a su terapeuta.
El primer día fue tan especial que Especial desde entonces se forjó en este recuerdo. Llegó de los primeros, ocultando su rostro tímido, algo avergonzado por ser el único hombre apuntado a las clases de patronaje. Se sentó al fondo del aula, en un esquinazo junto al gran ventanal que la presidía.
C. llegó la última, acompañada de una conocida con la que charlaba amistosamente. Se sentaron al otro lado de la clase, en el sitio opuesto al de T. frente a frente porque las mesas estaban dispuestas en forma de U alrededor de tres de las cuatro paredes de la clase. En la cuarta estaba la pizarra y la mesa de la profesora.
T. se quedó boquiabierto, anonadado ante el aura que C. desprendía. Sus ojos se perdían con el movimiento de sus labios al hablar y se enredaban con el meneo de sus manos y dedos como batutas oscilando al ritmo de las puntadas. T. intentaba descifrar el significado de las frases que Ella escribía en el aire al compás de las agujas de punto. No se le daba nada mal, pero sorprendentemente a él tampoco. Era tarea que no le desagradaba, incluso le gustaba. Coser, aunque chapuceramente, le proporcionaba paz, tranquilidad y muchísima calma interior. Su madre le había enseñado un poquito con más paciencia que ganas durante tantos años de convivencia juntos.
Las clases se sucedían todos los miércoles y por un par de horas, su mente vagaba entre los pinchazos sobre los dedos torpes e inhabituados y las ráfagas lanzadas por las pestañas de Ella. Destellos ¿de qué? pensaba T. aturdido. Pero allí estaban. Las miradas se cruzaban sin cesar, turbadamente, sin buscarse pero coincidiendo siempre. Pero no había más. Sin palabras, sin sonidos, sólo el roce de los párpados cerrándose lentamente tañendo campanas de alegría cuando los ojos se cruzaban.
El segundo día, la profesora pidió a los alumnos que escribieran su mail en un papel para enviarles los deberes y alguna información a través del ordenador. La hoja empezó por el extremo de X. rellenándola la primera. A continuación lo escribió Ella. Cuando el papel llegó a T, además de poner el suyo, copió el de C. en su cuaderno de apuntes. Había conseguido un gran tesoro. Esa tarde marchó a casa con pálpitos en el corazón y una sonrisa de oreja a oreja, -aunque para lo que me va a servir, -pensó para sus adentros.
Cuando quedaban cuatro días para terminar el curso, a la salida de la clase, empezó a acompañar a C. y su amiga un trecho por la calle. Ya sabía que X. giraría en la primera esquina despidiéndose hacia su casa. Y Ella seguiría un par de calles más abajo. Las había observado en otras ocasiones desde cierta distancia. Pudieron charlar de nada y del tiempo, del contenido de las clases y de los deberes. Poco más porque C. vivía a 5 minutos de la academia.
Una noche, después de llegar a su casa, T, venciendo a su enorme timidez y falta de valor en cualquier ámbito de la vida, escribió una bonita carta de amor. Una flecha envenenada y atrevida disfrazada de sueño increíble y certero. En su subconsciente y profundamente dormido, había pensado en C, en su pelo rematado por un flequillo castaño y denso, en su carita redonda marcada por unos labios gruesos y en sus ojos oscuros y brillantes enormes sobre sus pómulos invitando a ser comidos. En sus manos bailando entre las telas de la clase y en su voz contenida y risueña hablando de nada, y del tiempo. Y se lo mandó a su mail.
Pero no recibió respuesta. Pensó que un sueño, sólo es eso, una fantasía tonta de adolescente marginal caído en el cuerpo maduro de un señor perdido en el mundo de los mayores. No hizo mElla sobre la coraza de C. que además en las clases de patronaje se había tejido un grueso forro para protegerse del crudo invierno y de los proyectiles de algún que otro perverso malintencionado.
Allá por finales de febrero terminaron las clases de costura, corte, confección y otros menesteres similares. Todo desapareció de repente. La magia se fue con Ella. La risa se perdió con el polvo de su caminar. La luz se marchó agarrada a su espalda. -¿Puedo darte dos besos de despedida? –le dijo T. a C. a escasos metros del portal. Nunca supo cómo le salió semejante atrevimiento. Pero Ella aceptó y sin dudarlo un segundo alzó los brazos y en un tímido abrazo alrededor de su cintura le presentó un par de tibios besos en ambas mejillas. Y una sonrisa enorme, tímida y escondiendo el deseo de hablar, de decir, de mascullar. Pero se tragó las palabras con su propio aliento. T, como siempre, no supo reaccionar. No le preguntó por el sueño enviado por mail, no le dijo una palabra acerca de nada atragantado por la simple presencia de Ella, llevaba mil cosas apuntadas en la cabeza y todo desapareció instantáneamente.
Y allí terminó todo. El tiempo, todo lo lleva a su fin.
Esa misma noche, T. volvió a dejar volar sus manos sobre el teclado. Con los ojos cerrados movía los dedos certeramente sobre las letritas leyendo a oscuras los apuntes descolocados en su mente. Pensaba en batallas, en caballeros y princesas, en los dedos sobre la espalda de su musa, en miradas frente a frente, observados pícaramente por el silencio tan presente en todos sus instantes.
Releyó el texto un par de veces, meditó si enviárselo o no durante un par de horas, y por fin pulsó sobre la tecla intro.
Al día siguiente amaneció un día hermoso, de primavera adelantada, de sol amarillo gigante, de luz azulada desparramada por un cielo diáfano. Un hermoso jueves uno de marzo llamado a ser infinito.
Después de trabajar resolvió salir a dar un paseo mientras rememoraba en susurros de perturbado el rostro de C. Era inevitable, así que dirigió sus pasos hacia la academia que lo había acogido en su seno de felicidad hasta apenas un día antes. Se preguntó qué estaría haciendo Ella, e imantado por su magnetismo inexplicable solventó la decisión de su destino en cero coma. Caminó hasta el parque que cercaba la casa de C. y dio gracias a Dios por haber puesto allí un precioso columpio de altura más que suficiente para ascenderlo y sentado allá arriba vislumbrar el interior de la casa de Ella. A través de las cortinas recogidas observó pequeños movimientos en la casa y adivinó su cuerpo reclinado sobre un portátil, encendido, pantalla brillante al acecho, sentada frente a una pequeña mesa de comedor. Sonaba música, agradable, "my baby just cares for me" de la Simone tal vez (qué malo era para recordar nombres de canciones y artistas). La ventana, a apenas cinco metros del columpio, marco perfecto y regalo de dioses para gratitud de T. que con la barbilla apoyada sobre las manos, escudriñaba con tensión, observando su rostro a través de unas gafas verdes, nuevas a todas luces, o al menos, no las había visto antes durante las clases del curso.
Un minuto después, C. echó su rostro encima de las palmas de las manos apoyadas en los codos, y hecha un ovillo, blandiendo una perfecta y enorme sonrisa en curva espléndida y magnífica, tomó un último sorbo de la bonita taza de café alojada en su palma, ajena a la mirada de su caballero montado en columpio.
Y en un gesto lento y limpio de juventud cargado de emoción y vida, se mordió con ternura la manga de su enorme jersey de lana, al tiempo que una sublime descarga de deseo sobre su espalda giró su cuello hacia la ventana…

Precioso! ;)
ResponderEliminarBesos.
Me encantó!...que ternura despiertan tus palabras...!
ResponderEliminarbesotees
chatnoir
ResponderEliminar¿Crees que le gustaría a Blancanieves?
Beso enorme :)
Esteer
ResponderEliminarDisfrutemos de las caricias de mis palabras mientras duren. Lo bueno, que tengo ternura por kilos, para regalar :)
Besazo.
Lo bueno de que exista Blancanieves, es que nunca dejará de creer en la ternura.
ResponderEliminarQue vive para y por el arte, que sueña con pintores, escultores y escritores que abogan por hacer posible los sueños.
hay un mundo allá fuera de nuestros relatos, pero no nos pertenecemos ni nos identificamos, nos dejan estar como embajadores del nuestro...
Este texto desprende amor y cariño.
ResponderEliminarEs hermoso =)