Me acompañan...

19 de abril de 2012

Una noche de primavera. La noche.


Fuera junto a la puerta, extrañamente ronroneó el motor de un coche. Allí jamás llegaba nadie porque era lo último del camino. Al momento sonó el claxon de un pequeño modelo, al menos era lo que se desprendía del apenas audible bocinazo. Sorprendido por el ruido, dejé a un lado la novela que tenía entre manos y me levanté del sofá de un súbito brinco. Traté de vislumbrar a través de la ventana pero la lluvia constante de ese día no me permitió observar nada más que sombras entre penumbras. Caminé hasta la puerta, agarré el paraguas abierto que siempre descansaba allí durante los días lluviosos de invierno y me dirigí hacia la valla del jardín. Entre la fina lluvia que blandía la tierra y las luces no muy potentes del coche entreví al otro lado de la cancela la puerta abierta del conductor, y delante, tu pequeña figura quieta, que se mojaba suavemente y el pelo se aplastaba dulcemente contra tu rostro, relajándose a lo largo del cuello. Las nubes acariciaban tu piel con sus múltiples brazos hechos trazas de finísimas gotas de agua.
Me quedé petrificado por un instante, sin reaccionar. Jamás hubiera creído posible la sorpresa tan grande que acontecía. Apenas unas horas antes, entre bromas y deseos te había invitado a mi casa del pueblo y de nuevo habías rechazado la oferta. Como siempre hasta entonces. Pensaba rápidamente cómo habrías dado con el sitio y al momento sonreí sabiendo que sobre demasiadas cosas inciertas, eres muy lista y despierta. Realmente siempre habías tenido todas las pistas en tus manos.
Así que, allí estabas, inmóvil, callada, humedeciendo tu cuerpo bajo la enésima tormenta del fin de semana, con ese gesto tan interesante que tienes cuando inclinas ligeramente la cabecita a un lado implorando que entienda lo que pasa por tu mente y torciendo en el mismo sentido las comisuras de tus labios en una suave uve de esas que cogería entre las manos y protegería eternamente con un cuidado extremo, como una pieza de vajilla china de una milenaria dinastía.
Reaccionando un segundo después, abrí la verja torpemente, enfriándome las manos con los hierros y tropezando con las pizarras del camino que se levantaban por doquier gracias al ímpetu del agua que horadaba el terreno bajo las piedras. Lentamente y sin importarte la lluvia, retrocediste hasta tu coche y con la misma prudencia de siempre lo condujiste dentro del patio frente a la casa.
            La tarde ya era gris plomizo, casi negro por la luna castigada en algún rincón invisible, y la lluvia incesante me ayudaba en mi propósito de abrigarte dentro del hogar y proporcionarte calor para entibiar tu aspecto. Con una pequeña mochila y cogidos de la mano caminamos hasta la entrada, ascendimos los tres peldaños hasta el rellano, vigilados por la visión del farol tenue y austero que apenas ilumina el pequeño recibidor ante la puerta.
            Inmediatamente llegó el primer abrazo. Bajo la tonta luz, realmente inútil contra la nube de humedad que nos rodeaba, imbuidos en el fresco silencio del monte solo quebrado por la naturalidad del agua desintegrándose contra el suelo. Izándote con fuerza entre los brazos te sostuve muy apretada contra mi pecho un par de minutos interminables. Nos cruzamos un primer –hola- susurrado entre los dos. Las miradas inequívocas no se desprendían de nuestros ojos. El brillo de tu pelo mojado y apretado contra tu rostro te hacía una cabecita aún más pequeña y redonda. Me empapaste la ropa por completo pero pensé que así te secarías antes usándome de toalla. El mundo desapareció unos momentos mientras tu mejilla se apoyaba en mi hombro y tus pequeñas manos se escondían bajo el cuello de mi jersey y heladas se acomodaban en el principio de mi espalda. Y la vida se me hizo azul allí mismo. No me habría movido si no hubiera sido por tu tiritona repentina. Pero ya no solté tu mano ni el brillo de tus pupilas cristalinas y voraces en las que me reflejé el resto de la noche.
            Pasamos hasta el comedor deteniéndonos un instante frente a la chimenea en un chaflán de la estancia. Brillaba y refulgía en todo su esplendor despedazando en sus entrañas unos leños mezclados de encina y tocón de olivo. Frotaste las manos frente al hirviente cristal comentando lo calentito que se estaba allí, y las mías se encargaron de aderezar aún más la temperatura de tus dedos ateridos, cubriéndolos suavemente. El tacto de tus manos envueltas por las mías es sensación sublime. La cálida suavidad de tus pequeños dedos, la sedosa piel que tanto cuidas con esmero. Un goce sin igual. Me dan fuerza en la flaqueza, energía en el abandono…
            En la habitación sólo iluminaba una lámpara de pie estilo moderno, reclinable en cualquier sentido, con un globo otrora blanquecino, ahora amarillento. Los conciertos de piano y clarinete se sucedían en la cadena de música, suaves, alternándose en un baile de recopilación de música clásica, de estilo “relajante” tan en boga en estos tiempos. Ideal para el momento porque sólo pensaba en mecerte, acunarte hasta el olvido, o hasta que a ambos nos apeteciera pasar a otros sentidos. . Hasta entonces me había dedicado a leer Villa diamante, de Boris, pero ante semejante visita lo eché desde el sofá sobre la mesa, tensé la manta que cubría el sillón avejentado y con una palmadita sobre los cojines te hice el gesto para sentarnos.
            No recuerdo qué pasó después en el resto del Universo. Como cuando se levanta el telón en el teatro, empezó la obra según te sentaste y dijiste –bueno, pues eso… que he venido- sonriendo nerviosa, perdiendo  tus ojitos entre los míos y las paredes ocres del comedor. Me acuerdo que tomé tus manos con las mías y empecé a acariciarte los dedos con lentitud y cuidado, haciendo girar tus tres anillos de plata, a uno y otro lado de tus dedos, tocándolos suavísimo como plumas de un pajarillo. –No te lo esperabas ¿verdad?- me susurraste entrecortada. –No, nunca hubiera pensado que fueses capaz- le contesté tartamudeando.
            Desde el instante en que nos encontramos frente a frente, las miradas no retrocedieron ni una centésima, siempre huyeron hacia adelante, buscando el corazón más allá de los cuerpos. A medida que tus pómulos recobraban el color y la agradable temperatura de la hoguera caldeaba el ambiente, nos afianzamos el uno con el otro y mis pupilas se encadenaron a tu mirada sin retirarse de la visión. Los ojos se buscaban tiñéndose de lágrimas de deseo y una vez conectados eran incapaces de desprenderse.
De repente caí en la cuenta que era la primera vez que me mirabas fijamente sin desplazar un ápice la vista de mis ojos. Algo había cambiado y me calaba dentro muy hondo. –Voy a quitarte la blusa que está empapada- creo que balbuceé, y asentiste sin decir palabra. La desabotoné tranquilamente, indagando en tus ojos un gesto de rechazo que sabía no llegaría, y cuando cayó al suelo, en medio segundo hice lo propio con el grueso jersey que vestía. Y ese abrazo que empezó minutos antes en la entrada se continuó después bajo las estrellas fabricadas por las chispas caóticas en el espíritu de la chimenea.
Mi cuerpo se unió al tuyo en un despertar de sentimientos agazapados hasta entonces, reventando aromas de primavera por las esporas de nuestras pieles, que ardiendo se calmaban frotándose una contra la otra. Bocas pequeñas las nuestras, pensadas para sobrevivir cogidas de los labios, uniéronse a cámara lenta, buscándose en esas caprichosas formas cóncava y convexa formuladas para permanecer ensambladas como el yin y el yang, transmitiéndose energía, acoplándose en un mar de sensaciones sembrado de olas que van y vienen rompiendo en la garganta, cayendo hasta el estómago y desmenuzándose en el impacto, desparramando calambres de ternura, relámpagos de cariño y truenos de corazones estremecidos por la certeza de saberse inseparables por siempre.
No olvidaré mientras viva el minuto que vivimos hasta el alba, horas concentradas en apenas un puñado de segundos.
Sentados frente al fuego, sobre la manta de hilo grueso tirada en el suelo rústico pero cálido, cara a cara explorando nuestra desnudez con las extremidades de nuestros organismos destinados a entenderse. Tanteabas mis labios débilmente con las yemas de los dedos y los ojos cerrados y yo me dejaba hacer a la par que los dorsos de mis manos moldeaban tus senos recorriéndolos con extrema dulzura, aplicando varias capas de barniz de afecto duradero. Modelaba tu cabeza misteriosa entre mis palmas mientras tú acariciabas a un milímetro el vello erizado por el sentimiento. La ternura en estado puro, vino y se instaló entre nuestras espaldas malheridas y apaciguadas por nuestras manos tan faltas de cariño. Pero ahí nacieron, surgiendo de entre la timidez y la cordura para asirse al cuerpo del otro y envolver las almas con piel de seda y regar los corazones con la sangre contenida entre deseos y palabras. Se mezclaron los labios en posturas imposibles y besos por docenas brotaron en la noche en que nos conocimos. Las piernas se enlazaron en maneras increíbles y entre lazos y curvas los brazos y sus dedos recorrieron las pistas de nuestros pensamientos largamente dedicados, apoyándose en las cunetas de cinturas abrasadas, vientres aplastados y hombros agraciados, con el premio de nuestros cuellos preciosos y tiernos buscando su apoyo en el pecho de cada uno.
Recuerdo el beso que nos vio partir hacia el sueño del amanecer. Cruzados los dos sobre la manta columpiados, en un caos de brazos y piernas mezclados en indagación del alma ajena, dándolo todo en un éxtasis de entrega y dedicación. Los rostros anudados por los párpados henchidos y los labios mimándose despejando el camino a lenguas temblorosas, ceñidas acariciándose hasta un cénit de perdición y sin marcha atrás.
            Después de esto, probablemente ya no habrá nada.
¿Y ahora, qué?

6 comentarios:

  1. Quedara grabado en la memoria esos intimos y pasionalas momentos.

    Deseo aprovechar la oportunidad que me brinda tu post para darte las gracias por acercarte a mi rincón, para celebrar a mi lado los tres años de “Agua de Lunna”.

    A todos y a cada uno de vosotros quiero agradecer, personalmente, vuestro cariño y compañía; sois una de las principales razones para continuar aquí, compartiendo sueños, vivencias, locuras…vida.

    Gracias una vez más por tus palabras de felicitación.

    Besos.

    Lunna.

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  2. Sólo acierto a decir una cosa, que bonito.

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  3. Esas son las mejores historias, las que no esperas y surgen tras un timbre una noche lluviosa, cambiándolo todo de color.
    Gracias a ti por cambiar mi color.
    Un abrazo fuerte desde el mar..

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  4. Lunna,
    Grabado está. Sólo queda que algún día las palabras se conviertan en hechos. Y el corazón vuelva a galopar.

    Beso y espero seguir leyéndote por tu fabuloso rincón durante muchos años más.

    Gata Gallart,
    Siempre me alegra ver que aparte de mí hay gente que también disfruta de mis fantasías . Sólo le falta un pequeño capítulo en el que se deguste alguno de tus manjares entre beso y beso.

    Besazo.

    SiriaC,
    Tras un timbre o una conversación… Y da igual que llueva o nos asfixiemos de calor en una noche de verano. ¿Has sentido cómo tus ojos cambian de color y el brillo del mar se instala en ellos, muriéndose quien te los mira por bucear en esas aguas?

    Abrazo desde el fondo.

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  5. Cuanto lujo de detalles hermosos cielo, me ha encantado
    Ma´s y más besos

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  6. 40añera,
    Es bonito saberse entendido y que además guste. Me encanta llenar los sentidos, y es fácil, sólo tengo que abrir la puerta y brotan solos.

    El doble de besos para ti.

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