Fuera junto a
la puerta, extrañamente ronroneó el motor de un coche. Allí jamás llegaba nadie
porque era lo último del camino. Al momento sonó el claxon de un pequeño modelo,
al menos era lo que se desprendía del apenas audible bocinazo. Sorprendido por
el ruido, dejé a un lado la novela que tenía entre manos y me levanté del sofá
de un súbito brinco. Traté de vislumbrar a través de la ventana pero la lluvia
constante de ese día no me permitió observar nada más que sombras entre
penumbras. Caminé hasta la puerta, agarré el paraguas abierto que siempre descansaba
allí durante los días lluviosos de invierno y me dirigí hacia la valla del
jardín. Entre la fina lluvia que blandía la tierra y las luces no muy potentes
del coche entreví al otro lado de la cancela la puerta abierta del conductor, y
delante, tu pequeña figura quieta, que se mojaba suavemente y el pelo se
aplastaba dulcemente contra tu rostro, relajándose a lo largo del cuello. Las
nubes acariciaban tu piel con sus múltiples brazos hechos trazas de finísimas gotas
de agua.
Me quedé
petrificado por un instante, sin reaccionar. Jamás hubiera creído posible la
sorpresa tan grande que acontecía. Apenas unas horas antes, entre bromas y
deseos te había invitado a mi casa del pueblo y de nuevo habías rechazado la
oferta. Como siempre hasta entonces. Pensaba rápidamente cómo habrías dado con
el sitio y al momento sonreí sabiendo que sobre demasiadas cosas inciertas, eres
muy lista y despierta. Realmente siempre habías tenido todas las pistas en tus
manos.
Así que, allí
estabas, inmóvil, callada, humedeciendo tu cuerpo bajo la enésima tormenta del
fin de semana, con ese gesto tan interesante que tienes cuando inclinas
ligeramente la cabecita a un lado implorando que entienda lo que pasa por tu
mente y torciendo en el mismo sentido las comisuras de tus labios en una suave
uve de esas que cogería entre las manos y protegería eternamente con un cuidado
extremo, como una pieza de vajilla china de una milenaria dinastía.
Reaccionando
un segundo después, abrí la verja torpemente, enfriándome las manos con los
hierros y tropezando con las pizarras del camino que se levantaban por doquier
gracias al ímpetu del agua que horadaba el terreno bajo las piedras. Lentamente
y sin importarte la lluvia, retrocediste hasta tu coche y con la misma
prudencia de siempre lo condujiste dentro del patio frente a la casa.
La tarde ya era gris plomizo, casi
negro por la luna castigada en algún rincón invisible, y la lluvia incesante me
ayudaba en mi propósito de abrigarte dentro del hogar y proporcionarte calor
para entibiar tu aspecto. Con una pequeña mochila y cogidos de la mano
caminamos hasta la entrada, ascendimos los tres peldaños hasta el rellano,
vigilados por la visión del farol tenue y austero que apenas ilumina el pequeño
recibidor ante la puerta.
Inmediatamente llegó el primer
abrazo. Bajo la tonta luz, realmente inútil contra la nube de humedad que nos
rodeaba, imbuidos en el fresco silencio del monte solo quebrado por la
naturalidad del agua desintegrándose contra el suelo. Izándote con fuerza entre
los brazos te sostuve muy apretada contra mi pecho un par de minutos
interminables. Nos cruzamos un primer –hola- susurrado entre los dos. Las
miradas inequívocas no se desprendían de nuestros ojos. El brillo de tu pelo
mojado y apretado contra tu rostro te hacía una cabecita aún más pequeña y
redonda. Me empapaste la ropa por completo pero pensé que así te secarías antes
usándome de toalla. El mundo desapareció unos momentos mientras tu mejilla se
apoyaba en mi hombro y tus pequeñas manos se escondían bajo el cuello de mi
jersey y heladas se acomodaban en el principio de mi espalda. Y la vida se me
hizo azul allí mismo. No me habría movido si no hubiera sido por tu tiritona
repentina. Pero ya no solté tu mano ni el brillo de tus pupilas cristalinas y
voraces en las que me reflejé el resto de la noche.
Pasamos hasta el comedor
deteniéndonos un instante frente a la chimenea en un chaflán de la estancia. Brillaba
y refulgía en todo su esplendor despedazando en sus entrañas unos leños mezclados
de encina y tocón de olivo. Frotaste las manos frente al hirviente cristal
comentando lo calentito que se estaba allí, y las mías se encargaron de
aderezar aún más la temperatura de tus dedos ateridos, cubriéndolos suavemente.
El tacto de tus manos envueltas por las mías es sensación sublime. La cálida
suavidad de tus pequeños dedos, la sedosa piel que tanto cuidas con esmero. Un
goce sin igual. Me dan fuerza en la flaqueza, energía en el abandono…
En la habitación sólo iluminaba una
lámpara de pie estilo moderno, reclinable en cualquier sentido, con un globo
otrora blanquecino, ahora amarillento. Los conciertos de piano y clarinete se
sucedían en la cadena de música, suaves, alternándose en un baile de
recopilación de música clásica, de estilo “relajante” tan en boga en estos
tiempos. Ideal para el momento porque sólo pensaba en mecerte, acunarte hasta
el olvido, o hasta que a ambos nos apeteciera pasar a otros sentidos. . Hasta
entonces me había dedicado a leer Villa diamante, de Boris, pero ante semejante
visita lo eché desde el sofá sobre la mesa, tensé la manta que cubría el sillón
avejentado y con una palmadita sobre los cojines te hice el gesto para sentarnos.
No recuerdo qué pasó después en el
resto del Universo. Como cuando se levanta el telón en el teatro, empezó la
obra según te sentaste y dijiste –bueno, pues eso… que he venido- sonriendo nerviosa,
perdiendo tus ojitos entre los míos y
las paredes ocres del comedor. Me acuerdo que tomé tus manos con las mías y
empecé a acariciarte los dedos con lentitud y cuidado, haciendo girar tus tres
anillos de plata, a uno y otro lado de tus dedos, tocándolos suavísimo como
plumas de un pajarillo. –No te lo esperabas ¿verdad?- me susurraste
entrecortada. –No, nunca hubiera pensado que fueses capaz- le contesté
tartamudeando.
Desde el instante en que nos
encontramos frente a frente, las miradas no retrocedieron ni una centésima,
siempre huyeron hacia adelante, buscando el corazón más allá de los cuerpos. A
medida que tus pómulos recobraban el color y la agradable temperatura de la
hoguera caldeaba el ambiente, nos afianzamos el uno con el otro y mis pupilas
se encadenaron a tu mirada sin retirarse de la visión. Los ojos se buscaban tiñéndose
de lágrimas de deseo y una vez conectados eran incapaces de desprenderse.
De repente caí
en la cuenta que era la primera vez que me mirabas fijamente sin desplazar un
ápice la vista de mis ojos. Algo había cambiado y me calaba dentro muy hondo.
–Voy a quitarte la blusa que está empapada- creo que balbuceé, y asentiste sin
decir palabra. La desabotoné tranquilamente, indagando en tus ojos un gesto de
rechazo que sabía no llegaría, y cuando cayó al suelo, en medio segundo hice lo
propio con el grueso jersey que vestía. Y ese abrazo que empezó minutos antes en
la entrada se continuó después bajo las estrellas fabricadas por las chispas caóticas
en el espíritu de la chimenea.
Mi cuerpo se
unió al tuyo en un despertar de sentimientos agazapados hasta entonces,
reventando aromas de primavera por las esporas de nuestras pieles, que ardiendo
se calmaban frotándose una contra la otra. Bocas pequeñas las nuestras,
pensadas para sobrevivir cogidas de los labios, uniéronse a cámara lenta,
buscándose en esas caprichosas formas cóncava y convexa formuladas para
permanecer ensambladas como el yin y el yang, transmitiéndose energía,
acoplándose en un mar de sensaciones sembrado de olas que van y vienen
rompiendo en la garganta, cayendo hasta el estómago y desmenuzándose en el
impacto, desparramando calambres de ternura, relámpagos de cariño y truenos de
corazones estremecidos por la certeza de saberse inseparables por siempre.
No olvidaré
mientras viva el minuto que vivimos hasta el alba, horas concentradas en apenas
un puñado de segundos.
Sentados
frente al fuego, sobre la manta de hilo grueso tirada en el suelo rústico pero
cálido, cara a cara explorando nuestra desnudez con las extremidades de
nuestros organismos destinados a entenderse. Tanteabas mis labios débilmente con
las yemas de los dedos y los ojos cerrados y yo me dejaba hacer a la par que
los dorsos de mis manos moldeaban tus senos recorriéndolos con extrema dulzura,
aplicando varias capas de barniz de afecto duradero. Modelaba tu cabeza misteriosa
entre mis palmas mientras tú acariciabas a un milímetro el vello erizado por el
sentimiento. La ternura en estado puro, vino y se instaló entre nuestras
espaldas malheridas y apaciguadas por nuestras manos tan faltas de cariño. Pero
ahí nacieron, surgiendo de entre la timidez y la cordura para asirse al cuerpo
del otro y envolver las almas con piel de seda y regar los corazones con la
sangre contenida entre deseos y palabras. Se mezclaron los labios en posturas
imposibles y besos por docenas brotaron en la noche en que nos conocimos. Las
piernas se enlazaron en maneras increíbles y entre lazos y curvas los brazos y
sus dedos recorrieron las pistas de nuestros pensamientos largamente dedicados,
apoyándose en las cunetas de cinturas abrasadas, vientres aplastados y hombros
agraciados, con el premio de nuestros cuellos preciosos y tiernos buscando su
apoyo en el pecho de cada uno.
Recuerdo el
beso que nos vio partir hacia el sueño del amanecer. Cruzados los dos sobre la
manta columpiados, en un caos de brazos y piernas mezclados en indagación del
alma ajena, dándolo todo en un éxtasis de entrega y dedicación. Los rostros
anudados por los párpados henchidos y los labios mimándose despejando el camino
a lenguas temblorosas, ceñidas acariciándose hasta un cénit de perdición y sin
marcha atrás.
Después de esto, probablemente ya no
habrá nada.
¿Y ahora, qué?

Quedara grabado en la memoria esos intimos y pasionalas momentos.
ResponderEliminarDeseo aprovechar la oportunidad que me brinda tu post para darte las gracias por acercarte a mi rincón, para celebrar a mi lado los tres años de “Agua de Lunna”.
A todos y a cada uno de vosotros quiero agradecer, personalmente, vuestro cariño y compañía; sois una de las principales razones para continuar aquí, compartiendo sueños, vivencias, locuras…vida.
Gracias una vez más por tus palabras de felicitación.
Besos.
Lunna.
Sólo acierto a decir una cosa, que bonito.
ResponderEliminarEsas son las mejores historias, las que no esperas y surgen tras un timbre una noche lluviosa, cambiándolo todo de color.
ResponderEliminarGracias a ti por cambiar mi color.
Un abrazo fuerte desde el mar..
Lunna,
ResponderEliminarGrabado está. Sólo queda que algún día las palabras se conviertan en hechos. Y el corazón vuelva a galopar.
Beso y espero seguir leyéndote por tu fabuloso rincón durante muchos años más.
Gata Gallart,
Siempre me alegra ver que aparte de mí hay gente que también disfruta de mis fantasías . Sólo le falta un pequeño capítulo en el que se deguste alguno de tus manjares entre beso y beso.
Besazo.
SiriaC,
Tras un timbre o una conversación… Y da igual que llueva o nos asfixiemos de calor en una noche de verano. ¿Has sentido cómo tus ojos cambian de color y el brillo del mar se instala en ellos, muriéndose quien te los mira por bucear en esas aguas?
Abrazo desde el fondo.
Cuanto lujo de detalles hermosos cielo, me ha encantado
ResponderEliminarMa´s y más besos
40añera,
ResponderEliminarEs bonito saberse entendido y que además guste. Me encanta llenar los sentidos, y es fácil, sólo tengo que abrir la puerta y brotan solos.
El doble de besos para ti.