Sentir los crecientes latidos del corazón en lo más profundo del cuerpo, golpeando el pecho desde muy dentro, con fuerza, pasión y una furia desmedidas, con redobladas energías y a una velocidad vertiginosa. Las suaves e inquietas yemas de los dedos funcionando como electrodos que transfieren energía de un cuerpo a otro, aprovechando cada roce de mis manos sobre las tuyas. El proceso es simple y sencillo como ningún otro, y el resultado, insuperable. Tomar tus manos entre las mías, entrelazando los dedos que encajan perfectamente buscándose en la armonía de la unión y el sabor. Da igual que juntemos un milímetro de piel, o crucemos todos nuestros dedos acostando los míos junto a los tuyos. Es la misma sensación de placer y bienestar, de sentir mi ser enganchado al tuyo, arrastrándose y abandonándose a ti, percibiendo el calor de tus manos y la suavidad de esa piel única y particular que se introduce en la mía para dar y recibir descargas de ternura y amor.
Es lo mejor de la vida, asomarse a esa ventana dibujada con los dedos del deseo y colarme por ella para sentir la brisa fresca perfumada con el tenue olor de tu pelo entremezclado con el pálido y suave aroma de la tersa seda que conforma los trazos de tu cuerpo.
Es lo más de la vida, tenerte desnuda sentada sobre mis piernas, esencia frente a frente y poder escudriñar tus pensamientos en el interior de esa mirada tímida y perdida, ese gesto serio y comedido que se relaja y enternece cuando tus ojos se posan en los míos y sin decir nada, lo adivinan todo, y se trastocan en una mueca que termina en sonrisa, señal para que mis labios busquen los tuyos mientras mis manos te atrapan de nuevo, siempre de nuevo y siempre como si fuera la primera e increíble vez. Mi boca se posa en la tuya y las descargas, ahora se tornan en ráfagas, vientos de sinrazón que van y vienen, de ti hacia mí, de mi interior vacío y listo para emborracharse, hacia el tuyo hechizante y pletórico, torbellinos que nacen en el alma tomando ímpetu y energía y terminando su corto pero intenso viaje en dos corazones íntimamente ligados, comunicados por vasos que en su sangre entremezclan esporas del querer.
Es lo increíble de la vida, disolver lentísimamente nuestros cuerpos en uno único como en una fondue de chocolate y mantenerlos así, da igual el tiempo que sea, asidos el uno al otro por las tímidas manos que no encuentran por más que buscan el sitio exacto donde quedarse porque todos son excepcionales, hasta el último resquicio de tus formas se merece que mis palmas mezan esos retazos de piel con sabor a vainilla. Sublime la sensación de tocar, oler, degustar y percibir toda la magia que exhalan tus poros abiertos ante el roce de mi piel dedicada inexorablemente a la tuya.
Cuando recuerdo un atardecer de verano sobre una inmensa y blanquísima playa de impresionantes aguas azules con olor a vida, caminando lentamente con los pies desnudos acariciando la finísima arena mezclada con la sal de ese infinito mar tamizado por los últimos recuerdos de un sol agotado, se aúnan todas las queridas y buscadas sensaciones para convencerme de que por fin otra vez he vuelto a saborear el único placer de mi existencia y me doy cuenta, de que por sentimientos así, merece la pena luchar y vivir porque ese es nuestro motor, lo que nos hace y mantiene felices y erguidos sobre nuestra Tierra.
Mi anhelo se tumba en la arena a observar la impoluta y limpísima cubierta tornasolada que nos abriga y repentinamente mi rostro cubre tu mirada interrumpiendo tu visión. Nuestros ojos se buscan y enzarzan en una dialéctica muda interrogándose sobre los pensamientos del otro, hasta que tus párpados se cierran hablando a mis labios a los que piden respuesta. Y siempre contestan. Se sumergen en ti pellizcando la imperceptible membrana que cubre tus preciosos y expresivos ojazos, dejando multitud de pequeños besos de gratitud en cada uno de ellos. Volvemos a mirarnos y sonreímos para acrecentar aún más el placer de sentirnos rebosantes de felicidad habiendo llenado los vacíos de nuestros corazones con las ansias y fuerzas guardadas por cada uno de nosotros y atentas para entregarse llegado el momento, a esa persona que consigue que la vida no sea sólo un pasar.
El mar entona una letanía que como susurro, apenas se percibe si no te centras en ella, porque siempre está ahí, infinitamente sonando, ronroneo adormecedor que calma nuestras angustias y nos azota para despejar por siempre incertidumbres que terminan evaporándose en cuanto vuelvo a escribir en tu vientre con un dedo, “te quiero”. Y tú lo adivinas y sin responder, articulas palabras desde tu corazón, “me gusta que me quieras”.
No puedo pedir más. No necesito más. Mi alma está llena y espero que rebose durante mucho tiempo, porque eso es lo que mantiene mi existencia. Así, mi vida, se convierte en una auténtica pasada…
Nunca dejes de vivir, por favor.
ResponderEliminarHay gente que sabe enamorarse, y ahora tengo ganas de gritar por la ventana, no se. Tus palabras han dicho perfectamente lo que yo quería escuchar, y me alegra saber que estas vivo.
besos, besos