Ayer regresé de unos días locos, fríos y extrañamente cálidos.
Lo mejor, descansar junto a un lago de postal,
cristalino como pocos, helado como ninguno, arropado por un manto de nieve y una bufanda de sol
vigilado por un rincón idílico en el que las parejas se sentaban a disfrutarlo,
dejando escapar suspiros, palabras de emoción, ternuras, y tal vez futuro.
La suerte estuvo a mi lado porque no me dejó demasiado tiempo para añoranzas, ni proyectos, ni gélidos pensamientos.
Apenas algún rato para,
recostado en una hamaca,
volver a caer en ti, como siempre desde que tropecé contigo,
como si hubiera sido ayer mismo,
y perderme,
entre las risas de los niños jugando en la orilla con sus bicis, el agua y las piedras,
en el olor a madera y vida escapando de los sauces, pinos, hierbas y cristales de rocío,
en el calor de un sol que allí siempre se hace de rogar y que llegó conmigo,
para iluminar aquél precioso entorno,
y mi pensamiento.
Me está costando tanto echarte de esta cabeza loca...
Ni el sabor ácido de algunas mandarinas consigue salvarnos de tanta melancolía, ¿verdad?
ResponderEliminarMuchos besos.
Es una sensación completamente inexplicable, ¿verdad?
ResponderEliminarBeso.